Volumen 15 - Nº 87
Junio-Julio 2005


Igual que en otras regiones del mundo, la agricultura comenzó en la Argentina en los lugares de asentamiento de población humana y se extendió con ellos, para mantener o incrementar la producción de fibras y alimentos. Este avance, generalmente centrífugo, generó grandes cambios ambientales, con consecuencias locales y regionales. La mayoría de estos cambios fue provocada intencionalmente, para afianzar la estructura y la estabilidad de los ecosistemas agrarios y, así, poder mantener los servicios de producción y satisfacer las demandas de los mercados o, en términos más generales, de la sociedad. Sin embargo, la continua necesidad de mejorar los procedimientos agrícolas y la producción, es decir, de incorporar tecnología ante crecientes demandas sociales, genera el riesgo de ocasionar disturbios ambientales severos, que pueden llegar a comprometer la misma producción e, incluso, afectar la diversidad de la vida. Para analizar los riesgos ambientales y productivos relacionados con el avance actual de la agricultura argentina, conviene hacer un breve repaso de la historia con una mirada agronómica y ecológica. Nos vamos a centrar principalmente en la región pampeana y hacer ocasional referencia a lo que ocurría paralelamente en otras regiones del país. Se advertirá, de ese modo, que el estado natural de los ecosistemas es el cambio, y que una parte importante de las transformaciones estructurales de las pampas ya había ocurrido antes de las innovaciones tecnológicas más recientes.

La historia agrícola de la Argentina podría dividirse en dos grandes períodos: el primero, hasta mediados del siglo XIX y el segundo, desde entonces hasta nuestros días. La mitad inicial de dicha historia se localizó, principalmente, fuera de la región pampeana y estuvo orientada al consumo interno. Los primeros cultivos traídos por los españoles incluyeron el algodón, en Tucumán, y los viñedos, en Mendoza, donde se produjo vino ya a fines del siglo XVI. En la región pampeana, el relato que nos interesa comenzó hacia 1580, cuando se inició el reparto de solares y chacras en Buenos Aires y su área circundante. Tal reparto permitía delimitar las ciudades, identificar a terratenientes y propietarios de animales y separar áreas urbanas de las correspondientes a sembradíos y pastoreo de animales. La tarea se hizo siguiendo las leyes de Indias, con trazados geométricos que delimitaban áreas rectangulares separadas, al comienzo, por zanjas y cercos y, más tarde, por alambrados y caminos. Esos trazados, que aún persisten, tuvieron un cometido preponderante en los cambios de la flora y la fauna precolombinas, es decir del ambiente natural de una zona con baja densidad de población originaria, y moldearon los ecosistemas agrícolas de la región.

Muchas especies utilizadas para los cercos mencionados, como el añapindá (Acacia bonariensis), el tala (Celtis tala) o la cina-cina (Parkingsonia sp.), fueron los primeros árboles plantados en el ambiente pampeano. Esas introducciones de especies leñosas se fueron extendiendo con los asentamientos coloniales y el avance de la frontera en territorio indígena. Las especies de los cercos, muchas nativas de zonas aledañas, como las estepas arbustivas y el bosque xerófilo que rodean los pastizales pampeanos, provocaron la lenta llegada y el gradual asentamiento de aves de dichas zonas o de otras. Las aves, a su vez, reforzaron la difusión de los árboles, que, además, fue promovida por los incendios, el pastoreo y la dispersión de semillas por parte de los animales domésticos. Los flujos comerciales entre colonos e indígenas y el crecimiento del área ocupada por animales traídos de Europa también promovieron la dispersión de malezas, como los cardos (géneros Xantium, Silybum y Carduus) y la chinchilla (Tagetes minuta). Todos estos procesos estructuraron el agroecosistema pampeano.

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