Volumen 21 - Nº 126
Abril - mayo 2012


 

Dolores de crecimiento

En los últimos años hemos asistido a un cambio importante en materia de política científica nacional. La elevación de la secretaría responsable del sector al rango de ministerio y el aumento de los recursos estatales destinados a promover la investigación, con el consiguiente incremento de los subsidios para financiarla, de las becas para formar investigadores y del número de integrantes de la carrera del investigador científico del Conicet, así como diversos programas especiales orientados a fomentar determinadas áreas del conocimiento, o a eliminar obstáculos a la producción científica, produjeron un bienvenido fortalecimiento de la ciencia en la Argentina. A esto se sumó un inédito esfuerzo de difusión.

Como sucede en todo proceso de crecimiento rápido, ocurrieron ciertos desajustes que, últimamente, desembocaron en apreciables tensiones entre miembros de la comunidad científica. Algunos de esos desajustes, como la escasez o estrechez de instalaciones físicas y equipos, tienen soluciones que no resulta complicado imaginar ni diseñar, y solo es cuestión de un poco de tiempo y de dinero para salir de ellos. Pero en otros casos las dificultades no resultan tan sencillas de remediar.

El ejemplo más llamativo de esta segunda categoría de desajustes es la relación entre el número de becarios del Conicet y el de sus investigadores de carrera, que se puede apreciar en la tabla adjunta. Para los lectores menos familiarizados con la actividad científica, aclaremos que quienes la realizan profesionalmente suelen en buena medida pertenecer a dicha institución o algunas otras con procedimientos similares, como el INTA, la CNEA, ciertas selectas universidades estatales y privadas y muy contadas firmas comerciales. Para ingresar en ellas requieren haber obtenido un doctorado que incluya una tesis de investigación. Como los estudios doctorales, emprendidos luego de concluidos los de grado, duran en la práctica lo mismo o algo más que estos, y no dejan tiempo para trabajar en otra cosa, se ha establecido un sistema de becas que cubre todos los años del doctorado y, para ciertas disciplinas, algunos más llamados de formación posdoctoral. La obtención de esas becas, además, lo mismo que el ingreso en una carrera de investigador, se realizan por rigurosos y exigentes concursos, en los que, inevitablemente, hay seleccionados y excluidos.

Como consecuencia del aumento del número de becas que mencionamos en el primer párrafo, se produjo también, con la demora del caso, un crecimiento de la cantidad de doctores formados en el país y en busca de un lugar en el que desempeñarse como científicos. Pero sucede que la cantidad de vacantes para nuevos investigadores en las entidades indicadas en el párrafo anterior no mantuvo el mismo ritmo de crecimiento, con el resultado de que un cierto número de los flamantes doctores no pudieron, por lo menos en lo inmediato, comenzar sin más sus carreras profesionales de la manera que lo esperaban.

Esta coyuntura local coincidió con una disminución de la demanda de investigadores en los países líderes de la ciencia mundial, producida por los ajustes presupuestarios que resultaron de los recientes años de retracción económica, con lo que la tradicional posibilidad de obtener empleo en el extranjero también se hizo dudosa. El resultado fue la existencia de no pocos descontentos, de protestas públicas y peticiones a las autoridades, y de toda clase de propuestas sobre qué hacer.

Un extremo del espectro de esas propuestas está ocupado por quienes exteriorizan una visión que podríamos llamar mercantil de la ciencia y se preguntan si tiene sentido invertir dinero público en hacer descubrimientos que no suelen crear beneficios prácticos inmediatos para la sociedad que financió su costo, y cuya única consecuencia tangible es su publicación en revistas científicas de circulación internacional que solo pueden entender los especialistas. Con esa lógica, se podría dejar que otros hagan los descubrimientos y solo entrenar gente para que sea capaz de leer las publicaciones en que aparecen, con lo que supuestamente se llegaría al mismo resultado con mínimo gasto y no sería necesario invertir en investigación.

Seguramente nuestros lectores advertirán de inmediato la falacia de este razonamiento, que se basa en la premisa de que el único propósito de la investigación científica es crear beneficios prácticos inmediatos para la sociedad. Sin desconocer que ese también es un objetivo deseable, una visión más realista toma varias otras cosas en cuenta, principalmente que la creación de conocimiento genera beneficios prácticos no inmediatos y, sobre todo, abundantes beneficios no prácticos, inmediatos y mediatos. Lo primero, porque muchas veces busca responder a una pregunta y termina contestando otras a las que no había prestado atención. Y lo segundo, porque el conocimiento científico y la capacidad de crearlo valen de por sí, además de valer por sus efectos. La educación y la ciencia son partes esenciales de una sociedad de hombres y mujeres libres. Y son el sustrato necesario para que operen las instituciones y se pueda crear bienestar y riqueza en la sociedad del conocimiento, en la que domina la tecnología de la información.

Enfocar la mirada exclusivamente en este último razonamiento, por otra parte, lleva al otro extremo del arco de propuestas que se han difundido para paliar los dolores del crecimiento: las de quienes ponen a la ciencia por encima de todo otro objetivo social y no admiten que, ante los límites impuestos por la escasez de los recursos, pueda concedérsele otra prioridad que la primera.

Si bien no hay muchos que adopten posiciones tan extremas, las diferencias entre quienes están un poco más cerca de una o de la otra conducen muy concretamente a distintas políticas científicas y crean tensiones entre sus defensores y sus opositores. Esto es lo que está aflorando en las discusiones sobre los desajustes explicados.

Volviendo a la tabla, se pueden señalar por lo menos dos situaciones que dan lugar a esa clase de tensiones. La columna de la derecha indica un número medio anual estimado de nuevos doctores, calculado sobre la base del número de becarios y de una duración promedio de seis años de los estudios doctorales. ¿Puede o incluso debe el Conicet incorporar a todos a la carrera del investigador? Y si no lo hace, ¿qué sentido tiene haber invertido recursos en formarlos?

Considérese también la columna anterior a esa, que indica el número de becarios por investigador, y adviértanse las enormes diferencias entre ramas de la ciencia. El número de doctorandos por investigador en sociología y demografía es de casi seis veces el correspondiente a física. Tomando las grandes agrupaciones de disciplinas, los doctorandos por investigador en ciencias humanas y sociales son 2,3 veces más abundantes que los de las ciencias exactas y naturales. Podríamos encontrar variadas explicaciones a estas disparidades, pero, ¿son razonables? Nuevamente, las respuestas variarán y conducirán a su propio capítulo de pujas y tensiones.

Si bien no es nuestra intención –ni función– tomar partido sobre qué política sería adecuado adoptar, quizá podamos permitirnos unas reflexiones que faciliten reaccionar bien ante los dolores del crecimiento experimentado por el sistema científico argentino.

La primera de ellas es que el número deseable de becarios doctorales en una determinada disciplina no puede ser exclusiva función del número de investigadores. Ni, inversamente, el número de investigadores sola función del de becarios. De ser así, como más investigadores necesitan más becarios, y más becarios que se doctoran procuran que se abran más posiciones de investigador, no solo esa retroalimentación generaría un insostenible mecanismo de continuo crecimiento, sino también un sistema científico progresivamente endogámico y aislado de lo que sucede fuera de sus fronteras.

Los estudios doctorales son la forma más alta de educación académica y sus beneficios van más allá de que una persona adquiera la capacidad profesional de investigar. De ahí que tendemos a considerar muy positivo el incremento del número de becas doctorales, y nos gustaría que quienes se beneficien de ellas aprecien la oportunidad que tuvieron.

Que el sistema científico forme más doctores que los que puede en lo inmediato emplear tiende a hacer más competitivo el acceso a las posiciones de investigador profesional, lo que ayuda a elevar la calidad de quienes lleguen a ellas y, por extensión, la de la producción científica y, en general, la de la educación universitaria en ciencias. Al mismo tiempo crea una presión para que esa clase de graduados busque colocación en otras actividades, lo que permitiría una diseminación más amplia de los beneficios de su formación. Y tener eso en claro desde el inicio –cosa que sería deseable que los organismos becantes hagan ver– seguramente fomentará entre futuros doctorandos una actitud más abierta y flexible ante las alternativas de su futuro laboral.

Para analizar las disparidades entre disciplinas del número de doctorandos por investigador, resulta ilustrativo recordar las viejas rivalidades entre lo que a veces se llamó investigación guiada por la curiosidad académica e investigación orientada a resolver problemas. Junto con varias otras cosas, ese enfrentamiento se vislumbra en la tensión creada por dichas disparidades. La realidad es que todo país necesita un sistema científico que incluya a ambos tipos de ciencia, y que, en consecuencia, la pregunta a hacerse es cuál es el mejor equilibrio que se puede lograr entre ellos. Hay, sin embargo, un criterio al que siempre es importante dar fuerte prioridad: la calidad de la investigación, medida de la forma que resulte más adecuada a la disciplina de que se trate. Nos resistimos a aceptar que solo por razones de tema (o de ubicación geográfica, dicho sea de paso) se termine eligiendo a estudiantes, investigadores o proyectos de menores méritos que los desechados por dichas razones. No puede estar más allá de nuestro ingenio encontrar cómo cumplir al mismo tiempo con los criterios temáticos o geográficos y los de calidad.

Las cuestiones comentadas van más allá del sistema científico y afectan, por lo menos, a todo el mundo de la educación superior, que se beneficiaría si hiciera suyas algunas ideas que están muy claras en el primero, como la importancia de la investigación para la calidad de la formación universitaria, un concepto ajeno a muchas universidades y poco comprendido por los medios y el público. Como escribió Alfred North Whitehead, el conocimiento no se conserva mejor que el pescado: debe consumirse, por así decirlo, recién sacado del agua (de la mente del investigador).

Otra mejora que podrían introducir las universidades es hacer más flexibles los programas de doctorado para que sus graduados puedan moverse con facilidad entre ellos y las maestrías de orientación no académica, y así estar en mejores condiciones de acceder a variadas opciones laborales, académicas y no académicas. Los dolores del crecimiento, después de todo, suelen ser más síntoma de salud que de enfermedad. Veámoslos como una oportunidad más que como un trastorno.

Áreas del conocimiento
Becarios
Investigadores
Becarios
por investigador
Nuevos doctores por año
INGENIERÍA
Ciencias agrarias
415
276
1,50
69
Ingenierías civil, eléctrica, mecánica y relacionadas
266
226
1,18
44
Hábitat
89
81
1,10
15
Informática
81
51
1,59
14
Ingeniería de procesos industriales y biotecnología
538
496
1,08
90
Total
1389
1130
1,23
232
CIENCIAS BIOMÉDICA
Ciencias médicas
668
723
0,92
111
Biología
1293
855
1,51
216
Bioquímica
446
378
1,18
74
Veterinaria
138
107
1,29
23
Total
2545
2063
1,23
424
CIENCIAS EXACTAS Y NATURALES
Ciencias de la tierra, del agua y de la atmósfera
453
471
0,96
76
Matemáticas y computación
212
166
1,28
35
Física
289
549
0,53
48
Astronomía
62
114
0,54
10
Química
470
408
1,15
78
Total
1486
1708
0,87
248
CIENCIAS HUMANAS Y SOCIALES
Derecho, ciencias políticas y relaciones internacionales
293
111
2,64
49
Filología, lingüística y literatura
264
147
1,80
44
Filosofía, psicología y ciencias de la educación
496
246
2,02
83
Historia, antropología y geografía
752
518
1,45
125
Sociología y demografía
588
193
3,05
98
Economía, ciencias de la gestión y de la administración pública
146
75
1,95
24 
Total
2539
1290
1,97
423
TECNOLOGÍA
Tecnología
163
159
1,03
27
Total
163
159
1,03
27
TOTAL GENERAL
8122
6350
1,28
1624

Número de becarios y de investigadores de carrera del Conicet, clasificados según las áreas del conocimiento que usa esa entidad. Tabla elaborada con datos de 2010 dados a conocer en http://www.conicet.gov.ar/web/conicet.acercade.cifras/tablas-y-graficos

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