Volumen 21 - Nº 122
Abril - Mayo 2011



 

El uso de plaguicidas
en la agricultura

En este número de CIENCIA HOY el lector encontrará un informe especial de cuatro artículos dedicado a un tema de gran importancia económica para la Argentina –lo mismo que para otros países agrícolas–, porque es parte central de una cadena de cambios relativamente recientes en las técnicas de cultivo y, como tal, uno de los factores que dieron lugar a notables incrementos de producción y rentabilidad en la agricultura pampeana. Nos referimos al uso de plaguicidas o pesticidas, que junto con la aplicación de la ingeniería genética a la creación de variedades particulares de las especies cultivadas, y la siembra directa, llevaron a la mencionada transformación.

Llevaron también, en algunos momentos, a considerable polémica, por los efectos ambientales, incluida la salud humana, que podrían producir tanto los organismos genéticamente modificados como los plaguicidas, polémica que en ocasiones llegó a enfrentamientos ruidosos de defensores y detractores, con sus correspondientes repercusiones en ámbitos políticos y en los medios.

Los actores centrales de esos enfrentamientos han sido los productores rurales y la industria de los insumos agrícolas entre los primeros, y ecologistas de diverso matiz unidos a corrientes de opinión política hostiles al mundo empresarial entre los segundos, cada uno con su cortejo de medios de comunicación ideológicamente atraídos por la respectiva posición. Y como suele suceder en casos de este tipo, el público y sus representantes políticos tienden a quedar en posición de espectadores de un intercambio de argumentos e invectivas que no terminan de comprender, debido a que no reciben información objetiva, explicada en palabras simples, sobre la índole y las perspectivas del asunto. Esto último se intenta presentar en el actual número de la revista.

A nadie se le escapa que la producción agrícola es una de las actividades económicas más relevantes de casi todos los países, entre ellos los iberoamericanos. Una porción significativa de las economías regionales de esos países se sustenta en dicha producción, las agroindustrias tienen peso creciente en ellos y los productos agrícolas ocupan un lugar particularmente importante entre sus exportaciones. En los últimos años, CIENCIA HOY publicó dos informes especiales que apuntaron a describir con cierta profundidad el sector agropecuario argentino. El primero analizó la investigación en ciencias agropecuarias realizada en estas tierras (‘Ciencias agropecuarias en la Argentina’, 70: 31-62, 2002); el segundo, que ocupó un número completo, se detuvo en los detalles de los cambios mencionados en el primer párrafo, en particular los acaecidos en la pampa húmeda (‘La transformación de la agricultura argentina’, 87: 6-61, 2005).

Las polémicas comentadas se mezclaron con otras ajenas a la tecnología agrícola, como el avance de cultivos sobre reservas naturales provinciales en el noroeste del país, y el intenso y persistente enfrentamiento entre –para usar la expresión habitual– campo y gobierno, desencadenado por las políticas fiscal, cambiaria y comercial vigentes en los últimos cuatro o cinco años.

La multiplicación del uso de productos químicos para el control de las plagas, en particular del herbicida glifosato, ha estado casi siempre en el ojo de la tormenta. En determinadas localidades de las zonas agrícolas se organizaron movimientos populares que se dieron a conocer con el nombre de pueblos fumigados, y denunciaron casos de abortos, malformaciones congénitas y otros problemas de salud, supuestamente causados por la aplicación de productos químicos en las tierras circundantes.

El ámbito académico no se mantuvo ajeno a casi nada de lo relatado, incluso a las polémicas. Así, en el primer semestre de 2009, investigadores del Laboratorio de Embriología Molecular y Neurociencias de la Facultad de Medicina (UBA) difundieron un informe, que tuvo gran repercusión en los medios, sobre alteraciones de embriones de anfibios expuestos a distintas dosis de glifosato. El tema fue comentado en nuestro editorial ‘Glifosato: ¿cómo se toman las decisiones y se informa al público?’ (112: 4-5, 2009). En esa ocasión, el Conicet convocó a un grupo multidisciplinario de especialistas para evaluar la información científica disponible acerca de la acción de ese herbicida en la salud humana y el ambiente; sus conclusiones se dieron a conocer en julio de ese año.

Una de las deficiencias más serias encontradas en las argumentaciones de la mayoría tanto de propulsores como de adversarios del uso de pesticidas agrícolas es su defensa cerrada y escasamente crítica del empleo o la supresión, según la posición del argumentante. En esa clase de debates, repetidos idénticos para muchas otras situaciones –como las plantas de pasta de celulosa–, las cosas son buenas (y deben promoverse) o malas (y deben excluirse). No se admiten posiciones intermedias.

La realidad, sin embargo, no obedece a ese esquema. Los plaguicidas, los organismos genéticamente modificados, las plantas industriales en general y las mismas ciudades tienen simultáneamente consecuencias deseables e indeseables, ocasionan beneficios y perjuicios ambientales y hasta sanitarios. La misma agricultura tradicional, aun la de los pueblos primitivos, alteró sustancialmente el ambiente. Pero también alimentó a la humanidad.

Toda actividad humana y todo producto de la tecnología tienen efectos ambientales, empezando por la mera vida de las personas, que al respirar toman oxígeno del aire y liberan dióxido de carbono, es decir, incrementan el efecto invernadero de la atmósfera, y para alimentarse modifican irremediablemente las plantas, los animales y los paisajes. Pero si no hay alternativas posibles a respirar, sí las puede haber a cómo producir alimentos, aunque de ellas solo tienen posibilidad de ser usadas las que rindan resultados cualitativos y cuantitativos compatibles con las necesidades actuales de la población mundial.

En este marco, la tarea de los científicos y tecnólogos es, ante todo, determinar sobre bases teóricas y empíricas ciertas la índole y magnitud de los efectos ambientales y sanitarios de las nuevas tecnologías. Esto no es sencillo, porque se requieren años de observaciones y registros, que hay poco entusiasmo por hacer, de modo que muchas supuestas conclusiones, en un sentido o en el otro, reposan sobre pies de barro.

Además, el gran desafío que enfrenta la comunidad académica para iluminar la discusión pública es transmitir lo anterior al público en términos en que este lo pueda entender, incluso señalar con claridad los límites del conocimiento, y dónde termina lo comprobado y comienza lo supuesto. Mostrarle qué beneficios traen las prácticas de la agricultura moderna y qué riesgos se esconden en su aplicación, de suerte que los ciudadanos puedan formarse un juicio propio sobre las loas beatíficas de los partidarios lo mismo que sobre las predicciones apocalípticas de los opositores.

El informe especial sobre pesticidas de uso agrícola de este número de CIENCIA HOY procura brindar un panorama lo más preciso y completo posible acerca de su empleo, desde qué tipo de sustancias son a cómo se utilizan, qué beneficios brindan y qué peligros encierran tanto para las personas como para el entorno. No busca minimizar ni simplificar los problemas que acarrea la utilización de esos productos, sino más bien hacerlos explícitos, y poner de relieve tanto lo que sabemos como lo que ignoramos en la materia. Si lo primero nos ayuda a tener cierta confianza en las decisiones que se tomen, lo segundo nos induce a ser cautelosos y mantener una actitud signada por cierto escepticismo acerca del ritmo con que se pueden hacer cambios. Esperamos que los cuatro artículos publicados ayuden al lector a comprender mejor el tema y sus implicancias, y le proporcionen herramientas para participar en los debates políticos en su torno.

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Pág. 4-5