Volumen 21 - Nº 122
Abril - Mayo 2011

Cartas de lectores

 

Acerca de las hormigas argentinas

El biólogo estadounidense Edward O Wilson escribió en 1949 (Nature Revealed. Selected Writings 1949-2006, The Johns Hopkins University Press): En 1942, mientras buscaba hormigas en mi barrio en Mobile (Alabama), descubrí el nido de una invasora cerca de los muelles y luego hice público el hallazgo como una de las primeras dos observaciones realizadas en los Estados Unidos. En 1949, en el Departamento de Conservación de Alabama, llamamos a esa hormiga invasora hormiga colorada argentina (Argentine fire ant), por referencia a su supuesto país de origen [...], denominación que luego cambiamos por la de hormiga importada. El Departamento de Agricultura de los Estados Unidos le dio el nombre oficial de hormiga colorada importada.

Hubiera sido interesante considerar ese antecedente y también ampliar lo del origen argentino, aunque la literatura sobre el asunto no es unánime. La atribución tiene algo de echarle la culpa al otro, semejante a lo de gripe española para denominar a la pandemia de 1918. Según las fuentes se puede leer que se trata de una especie nativa de la Argentina, Paraguay, Uruguay y el sur del Brasil, o que proviene de la cuenca del Plata.

Entre los comentarios jocosos que aparecen en internet, uno sostiene que (al estilo del león herbívoro) primero se comen a las hormigas locales y luego se vuelven vegetarianas. Otro dice: ¿Hormigas argentinas? Seguro que hablan sin parar. Un tercero sugiere que a lo mejor se psicoanalizan entre ellas para ser más eficientes. Y hay quien aconsejó en España que les den un balón de fútbol a ver si se distraen y dejan de comérselo todo.

Héctor Ciapuscio
Buenos Aires

Accidentes en centrales nucleares

Después de leer el editorial ‘Los peligros de la radiactividad’, publicado en el número anterior de Ciencia Hoy con motivo de los daños sufridos por la central nucleoeléctrica japonesa de Fukushima Dai-ichi, me pregunto: ¿qué posibilidades hay de que un accidente nuclear pueda generar una catástrofe global?

María L Bordenave
Olavarría


Ciencia Hoy responde

La expresión ‘catástrofe global’ contenida en la pregunta de la lectora seguramente se refiere a una explosión nuclear –o a una cadena de ellas–, y a que esto pueda provocar, por ejemplo, cambios climáticos del tipo de los que supuestamente originaron la extinción de los dinosaurios hace unos setenta millones de años. Si eso es a lo que apunta la pregunta, la respuesta es: prácticamente ninguna posibilidad.

Los accidentes en las centrales nucleares, por la forma en que están diseñadas y construidas esas instalaciones, no provocan explosiones nucleares, como las de las bombas que destruyeron Hiroshima y Nagasaki, o las que las potencias nucleares hacían detonar a modo de ensayo antes de que acordaran la supresión de esas pruebas. Y la ausencia de una explosión nuclear excluye, a fortiori, que tenga lugar una reacción en cadena de esas explosiones.

Accidentes como el acaecido en Japón consisten en explosiones químicas, producidas no por un proceso de fisión nuclear, como son las otras, sino por aumento descontrolado de temperatura en el reactor. La consecuencia de esas explosiones químicas es que eyectan material radiactivo a la atmósfera. Sus efectos peligrosos para el ambiente y la salud humana son los creados por los mayores niveles locales o generales de radiación.

Es interesante notar que análisis del hielo de la Antártida realizado en busca de cesio y estroncio, dos elementos radiactivos abundantes y de vidas medias largas, encontró allí rastros setenta veces mayores de ellos veinte años después del cese acordado de explosiones nucleares en la atmósfera, que veinte años después de Chernobyl.

El peor accidente posible en una central nucleoeléctrica es, precisamente, el que sucedió en la nombrada de Ucrania, de antiguo diseño y dudoso mantenimiento. Allí, una explosión por acumulación de hidrógeno mandó a la atmósfera prácticamente todo lo que podía mandar, contaminó un área de 150.000km2, o unos 220km a la redonda (con 12 x 1015Bq de radiación), y tuvo las consecuencias que se explicaron en el editorial en cuestión. Imaginemos un accidente aun más catastrófico, que volcara en la atmósfera muchos becquereles más de radiación, cosa muy improbable con el diseño moderno de las centrales, pero quizá posible como resultado de un acto terrorista o de guerra. El daño dependería de los vientos, de las precipitaciones y de las poblaciones asentadas en el recorrido de los materiales radiactivos que se diseminen, pero no tendría en ningún caso escala global.

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