Volumen 19 - Nº 112
Agosto-Septiembre 2009

Demolido cabildo de Santa Fe. Foto de José de Iriondo, ca. 1890, Museo de la Ciudad, Buenos Aires. La modernización del edificio colonial, igual que lo sucedido con el cabildo de Buenos Aires, incluyó colocar un reloj en su torre, pues las campanadas de las iglesias ya no satisfacían la necesidad de los vecinos de conocer la hora con alguna precisión.

Antes de la difusión del ferrocarril y del telégrafo, no había mayor necesidad de que se usara una hora uniforme en todo el territorio de un país y cada localidad solía establecer su hora como mejor le parecía. Con los cambios en los medios de transporte y comunicación, para la segunda mitad del siglo XIX se había hecho claro que se requería cambiar ese estado de cosas, lo que dio lugar a discusiones científicas y diplomáticas sobre la implantación de horas uniformes en los territorios nacionales. En 1894, el gobierno nacional fijó como hora oficial vigente en todo el territorio argentino la del meridiano de Córdoba.

Se recomienda comenzar la lectura de este artículo por el recuadro ‘Hora solar y hora civil’, redactado por los editores.

El péndulo oscilante en la sala meridiana del Observatorio de Córdoba reglaría en el mismo instante todas las relaciones de la vida de la Nación y como un corazón gigantesco transmitiría sus pulsaciones en todo el país. De un golpe se habría destruido la anarquía horaria que actualmente existe.

Gabriel Carrasco, La unidad horaria en la República, Peuser, Rosario, 1893.

La Argentina fue el primer país de América del Sur en el que el gobierno estableció una hora única para todo el territorio. La disposición legal inicial data de 1891 y fue obra de la Municipalidad de Rosario, que estableció como hora oficial para esa ciudad la del Observatorio de Córdoba.

Mientras esto sucedía, algunas empresas de ferrocarriles con estaciones en la provincia de Santa Fe seguían usando la hora de Buenos Aires, fijada alternativamente por los observatorios de La Plata o Naval de Buenos Aires. La situación se mantuvo así hasta que, por decreto del Poder Ejecutivo Nacional del 25 de septiembre de 1894, se adoptó la hora establecida por Rosario en 1891, es decir, quedó como hora oficial para todas las oficinas públicas nacionales la del meridiano de Córdoba. Un decreto anterior, del 1 de agosto de ese año, había establecido la misma hora para todas las vías férreas del país.

La sanción de esos decretos constituyó el corolario –pero también el inicio– de una larga historia vinculada con la unificación horaria del territorio argentino, que ha sido poco estudiada: la creación de un espacio nacional temporalmente unificado de manera que la comunicación entre, por ejemplo, La Quiaca y Buenos Aires pudiera realizarse en un tiempo común. Gabriel Carrasco, uno de los impulsores del decreto, sostenía en el libro citado en el epígrafe: Empecemos en la anarquía actual por entendernos respecto del tiempo (que todo lo envuelve) que así acabaremos quizas por entendernos respecto a todo lo demás. Curiosamente, ese consenso no fue fácil de alcanzar.

 

IndiceInicioSiguiente
Pág. 37-42