Volumen 8 - Nº43 -Nov/Dic 1997

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Revista de Divulgación Científica y Tecnológica de la
Asociación Ciencia Hoy

ENSAYO

Sokal Ataca de Nuevo

Miguel de Asúa

Sí, pero...

Este libro es, en realidad, dos libros. El primero de ellos critica el empleo de términos y nociones científicas en lo que los autores llaman el discurso "posmoderno". El segundo es un análisis de lo que Sokal y Bricmont denominan "relativismo cognitivo". Ellos reconocen que estas son dos líneas diferentes, aunque las suponen ligadas y afirman que se "refuerzan mutuamente" (p. 206) -lo cual es cierto sólo en parte-. La fusión de estas dos empresas de crítica analítica podría, si se quiere, estar justificada pragmáticamente por el hecho de que el verdadero blanco del libro es el medio universitario norteamericano, único donde convergen los resultados de la filosofía francesa contemporánea (cultivada en departamentos de literatura y humanidades) y una interpretación relativista de la ciencia (cultivada en muchos programas de estudios de la ciencia), de un modo muy peculiar y reconocible en cierta retórica caracterizable como sincrética, exhuberante, agresiva, minuciosa y acumuladora de citas procedentes de campos del saber muy alejados entre sí. Pero entonces, ¿por qué se publica el libro en París? Aceptamos que lo que los autores llaman "la actitud desenvuelta respecto del discurso científico" (p. 206) y el relativismo cognitivo son dos ingredientes del complejo retórico-conceptual-institucional propio de las universidades norteamericanas que Sokal tiene en mente. Pero esto no debería hacernos perder de vista el hecho de que se trata de cosas que pertenecen a órdenes diferentes. La primera es más bien una cuestión de un discurso particular (el de los mandarines parisinos y sus turiferarios); la segunda toca algunos de los problemas más complejos que viene tratando la filosofía desde la antigüedad.

Aunque a cada rato los autores se muestran como físicos curiosos, en realidad, van bastante más allá de lo que declaran ir. De hecho, en varias ocasiones actúan como científicos sociales. Sin ir muy lejos, no sólo el epilogo del libro propone líneas metodológicas para un diálogo verdadero entre las dos culturas" (pp. 186-192) -bastante lógicas-, sino que Sokal y Bricmont se dedican a especular "¿Cómo se llega a este estado de cosas?" (pp. 192-197) o resuelven (a su satisfacción) el problema de por qué la izquierda se volvió irracionalista (pp. 198-204). Más aún y como vimos, todo el capítulo 11 defiende la idea de que una de la raíces del abuso de la terminología científica por parte de los filósofos estaría en Bergson. El tono ligero de la argumentación no da demasiado pie para el análisis menudo y los autores se atajan subrayando su carácter provisorio y conjetural.

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Pero no por eso pierde uno el derecho a preguntarse qué quiere decir exactamente "el olvido de lo empírico" o como es que el "cientismo en ciencias humanas" y (a la vez, parece) "la formación filosófico-literaria tradicional" pudieron provocar el posmodernismo y el relativismo cultural (pp. 192-197).

Si analizamos el capitulo sobre el relativismo cognitivo, vemos que Sokal y Bricmont parten de una discusión sobre el solipsismo y el escepticismo para llegar a afirmar la tesis de que la epistemología del siglo XX separó a la ciencia de la realidad cotidiana y que esto, a la larga, condujo a un escepticismo no racional (p. 61). El camino elegido incluye resúmenes y someras discusiones de la filosofía de la ciencia de Popper, de la tesis de Duhem-Quine, de las filosofías de la ciencia de Kuhn y de Feyerabend, del "programa fuerte" de sociología de la ciencia, y culmina con una crítica de los estudios sociológicos sobre la ciencia de Bruno Latour. Los autores enhebran con hilvanes no siempre resistentes una serie de cuestiones que están lejos de poder encadenarse como los pasos de un teorema. Sokal y Bricmont identifican (al menos por la vía de la filiación) el escepticismo de Hume, el convencionalismo (no mencionado, pero discutido), el problema de la carga teórica de los términos observacionales, las críticas a Kuhn, la sociología de la ciencia de Edimburgo y la de Bruno Latour. Es cierto que todas estas posiciones filosóficas y sociológicas tienen un ligero aire de familia y se puede argumentar que, en mayor o menor medida, muchas de ellas son afines a algún tipo de relativismo cognitivo. Pero el argumento no deja de padecer problemas "técnicos" -aquí los autores tienen que pagar el precio de sus propias convicciones-. Veamos algunos ejemplos. La idea de Quine de la subdeterminación de las teorías (dicho fácil: teorías lógicamente incompatibles pueden encajar con la evidencia disponible) es considerada una "nueva versión del escepticismo radical de Hume" (p. 69); la idea (original de Sellars y Hanson, y difundida por Kuhn) de la carga teórica de los términos empíricos de una teoría (es decir, que todo enunciado empírico contiene más o menos hipotecas teóricas) es asimilada al relativismo sin más; las polémicas levantadas por Quine y Kuhn, y que ya llevan tres décadas, parecen solucionarse en tres renglones con una cita de Tim Maudlin (p. 75). Todo esto me parece bastante discutible y hace pensar que Philip Kircher -un importante filósofo de la ciencia- quizás no se equivoca mucho cuando afirma que, enfrentados a los estudios de los filósofos e historiadores de la ciencia, muchos científicos "fantasean que ellos podrían hacerlo mejor, si pudieran disponer de un par de fines de semana libres" ("A Plea for Science Studies", La Recherche, junio de 1997).

Sokal y Bricmont despotrican contra la noción de "carga teórica" de los términos empíricos y, a la vez, contra la idea de la subdeterminación de las teorías, pues consideran ambas asociadas al escepticismo cognitivo. Admitido: una cierta interpretación podría concluir esto. Pero creo que, de hecho, el asunto es bastante más complicado. Los autores partidarios del "realismo científico" sostienen la "carga teórica" de los términos empíricos sin ser relativistas (muy por el contrario). Y son los autores partidarios del "empirismo constructivista" (convencionalistas y, si se quiere, relativistas) los que niegan la "carga teórica" de los enunciados empíricos, defendiendo a capa y espada la posibilidad de la distinción "teórico-observacional". Los que niegan la subdeterminación de teorías y la "carga teórica" a la vez (como lo hacen Sokal y Bricmont) son los pocos defensores de las corrientes de la filosofía de la ciencia que estuvieron vigentes en la década del 50 (incluyendo la variante posterior de Popper). Uno hubiera deseado una apreciación más justa de la complejidad del estado de la cuestión por parte de autores que la exigen del prójimo (para el "realismo científico" ver, por ejemplo, Jarrett Leplin, ed., Scientific Realism, University of California Press, 1984 y -para citar otro caso de colaboración belga-norteamericana- los trabajos en Igor Douven y Leon Horsten, eds., Realism in the Sciences, Leuven University Press, 1996; para el "empirismo constructivista" ver Bas van Fraassen, The Scientific Image, Oxford University Press, 1980 y la serie de artículos en P. Churchland y C. Hooker, eds., Images of Science, University of Chicago Press, 1984). Para concluir -y dirigién- dome a aquellos que prefieren los argumentos históricos a los filosóficos- hay que mencionar que el historiador de la astronomía Norriss Hetherington ha mostrado claramente, a través de minuciosos estudios de casos históricos coleccionados en un libro que alcanzó bastante repercusión, la "carga teórica" de muchas observaciones científicas (Science and Objectivity: Episodes in the History of Astronomy, Iowa State University Press, 1988).

Los autores de Impostures intellectuelles despliegan todos estos problemáticos argumentos para cimentar su tesis, nada inocente y de gran alcance, según la cual una de las causas del relativismo cognitivo en ciencia habría sido que la filosofía de la ciencia se separó de la razón común. Para oponer a estas vacías abstracciones de la filosofía de la ciencia un modelo correcto, Sokal y Bricmont se dedican a asimilar la metodología de la ciencia a una investigación detectivesca y al sentido común (p. 88 y pp. 94-96). Ahora bien, uno no puede dejar de preguntarse: ¿por qué debe la metodología científica necesariamente asimilarse al "sentido común"? De hecho, Sokal y Bricmont acusan vivamente a algunos de los escritores que critican por utilizar los términos científicos (que poseen un significado especifico y definido como tal) como palabras corrientes con el significado del "sentido común" (ver ejemplos en página 100 y en página 180, nota 232). De nuevo, parece que aquí los médicos deberían tomar una dosis mayor del remedio que recomiendan.

La recepción del libro

Impostures intellectuelles tuvo una curiosa recepción en su país de origen. Muchos medios periodísticos reaccionaron con un rasgo muy oscuro de la sociedad francesa: el chauvinismo. La serie de artículos que Le nouvelle observateur dedicó al tema (número del 25 de septiembre al 1 de octubre) se titula: "¿Nuestros filósofos son impostores?". Sokal y Bricmont son acusados por Kristeva de "francofobia" debida al miedo a la colonización cultural de las universidades norteamericanas por el pensamiento francés. Asimismo, la autora insinúa "intereses" vinculados a la "nueva partición del mundo" que pudieran estar detrás del ataque de Sokal y Bricmont. Sugestiones del mismo tenor habían sido deslizadas por Bruno Latour en un artículo que publicó antes de la aparición del libro ("Y a-t-il une science aprés la guerre froid?", Le Monde, 18 de enero de 1997). Da pena leer que un autor original y respetado (aún por los que disentimos de él), compara a Sokal con una "mélange de Voltaire et de McCarthy" y al revuelo provocado por el paper publicado en Social Text, con una nueva "guerra fría" desatada por físicos que no tienen nada en qué ocuparse ahora que se acabó la contienda con el Este. Fleury y Limet insisten con la acusación de "francofobia" y no ahorran calificativos para lo que ellos consideran un "delito de deshonestidad" del que no estaría ausente alguna "bajeza" -Fleury, editor de Hachette, había rechazado publicar una versión previa del libro que le fue enviada confidencialmente a su pedido, lo cual no fue obstáculo para que reprodujera en su artículo pasajes de ella que fueron suprimidos en la versión publicada por Odile Jacob (ver Vincent Fleury y Yun Sun Limet, "L'escroquerie Sokal-Bricmont", Libération, 6 de octubre y Sokal, "Réponse á Vincent Fleury et Yun Sun Limet", Libération, 18 de octubre).

Pascal Bruckner, quien asume la defensa de Baudrillard, argumenta que existiría una cultura anglosajona "del hecho y la información" y una cultura francesa "de la interpretación y del estilo" cuyo modo de expresión natural sería el ensayo, rico en sugestiones (no sabemos si esto es cierto, pero nos permitimos dudar de que a los eruditos franceses, que están editando los textos de las tablillas de la biblioteca de Mari, los haga demasiado felices ser llamados "ensayistas").

Entre las respuestas a Impostures intellectuelles, la más articulada parece haber sido la del físico Jean-Marc Lévy-Blond, profesor de Niza, quien argumenta sobre la base del carácter metafórico de los términos científicos utilizados por los "posmos" (ver Lévy-Blond, "La paille des philosophes et la poutre des physiciens", La recherche de noviembre y la respuesta de Sokal, "Du bon usage des métaphores", idem). Lévy-Blond también trae a colación varios casos de físicos que afirmaron muy sueltos de cuerpo barbaridades filosóficas, manifestando así una creencia en la hegemonía metodológica y epistemológica de la física a la vez que un supino desconocimiento de otras áreas del saber humano. Sokal y Bricmont, en su libro, admiten que "los problemas tratados por las ciencias humanas son enteramente complejos" (p. 194) y afirman que, aunque alguna vez se reduzca el estudio de lo humano a las bases biológicas de nuestro comportamiento, eso no quiere decir que estas pierdan independencia, como no la perdió la química cuando fue reducida a la teoría cuántica (p. 187). Estas afirmaciones -dejando de lado a) su tono implícitamente paternalista y b) el problema, filosóficamente no trivial, de cuán reducida está la química a la cuántica- pueden (o no) ser consistentes con la innegable simpatía con que los autores citan a menudo los argumentos (muy discutidos) del destacado científico Steven Weinberg, popularizados en el capitulo 2 de Dreams of a Final Theory (New York, Pantheon, 1992), a favor de un reduccionismo fisicalista que Sokal califica como "sofisticado" (ver Sokal, "Du bon usage des métaphores"; ver asimismo S. Weinberg, "Sokal's Hoax", The New York Review of Books, 8 de agosto, 1996, vol. 43, n° 6 y las respuestas del distinguido historiador de la física de Princeton Norton Wise y de Michael Holquist y Robert Shuman, profesores de literatura comparada y de biofísica y bioquímica molecular de Yale, New York Review of Books, 3 de octubre de 1996, vol. 43, n° 5; ver también el meduloso y extenso artículo en defensa de los estudios de historia, filosofía y sociología de la ciencia dentro de un marco de racionalidad, de Philip Kitcher en La recherche, citado más arriba).

Muchos de los que nos dedicamos a las ciencias humanas abogamos con energía a favor de la racionalidad, el rigor y la transparencia discursivas, en la creencia de que existe la realidad y que el mundo es, en principio, inteligible. Pero, por supuesto, no estaríamos dispuestos a restringir dicha racionalidad a la de las matemáticas ni consideramos suficientemente fundamentados o dignos de demasiada atención los intentos de reduccionismo fisicalista.