![]() |
Volumen 17 - Nº 98 Abril - Mayo 2007 |
En el curso de los últimos años se ha instalado en la Argentina –como ya
lo había hecho en muchos otros países– un activo debate sobre las normas legales
y morales aplicables a la sexualidad y a la reproducción. Entre sus inmediatas
causas locales se cuentan la posición del ministro de Salud sobre el aborto
y la reciente sanción de la ley sobre educación sexual temprana en las escuelas. Ciencia Hoy consideró conveniente alejarse en este número de los temas habituales
de sus editoriales para participar en este debate. Lo hace con el propósito
de colocar la controversia en su contexto histórico y científico, y de fijar
una posición que ayude a superar ciertos enfrentamientos que oscurecen el
debate y constituyen diálogos entre sordos, dado que enfrentan posiciones
tan extremas como intransigentes (las cuales, para peor, tienden a monopolizar
la atención de los medios). Las ideas que sustentan la ética sexual de nuestras sociedades están insertas
en un contexto cultural que tuvo su origen hace veinte siglos, cuando convergieron
las tradiciones grecorromana y judeocristiana. Tal convergencia fue facilitada
por la ocupación de Palestina por Alejandro el Magno y sus sucesores a partir
del año 331 antes de nuestra era, que estuvo seguida por la incorporación
de ese territorio a la órbita romana con la toma de Jerusalén por Pompeyo
(año 63 antes de nuestra era). Así se inició un proceso que culminó con la
destrucción del Segundo Templo de Jerusalén en el año 70. En términos históricos, el mundo ecuménico del Imperio Romano favoreció que
el cristianismo, inicialmente una secta marginal del judaísmo, se transformara
en una religión de designios universales, los que concretó en el siglo IV
cuando fue adoptada como religión oficial del Imperio. Como parte de la mencionada
convergencia cultural, si bien el cristianismo adoptó la estructura conceptual
de la filosofía griega y el ordenamiento jurídico de Roma, se inclinó por
las normas éticas de Israel para regir la conducta sexual y reproductiva.
Dichas normas, que hasta hace muy poco eran mayoritariamente aceptadas en
nuestras sociedades, se caracterizaban por ser radicalmente opuestas a las
de la civilización grecorromana, para la cual el aborto provocado y el abandono
de recién nacidos no deseados eran actos normales. También lo eran las relaciones
sexuales libres, incluyendo las homosexuales. La tradición moral judía, en
cambio, rechazaba el aborto y el infanticidio, y solo consideraba lícitas
las relaciones heterosexuales dentro del matrimonio, orientadas a la procreación.
A estas normas el cristianismo agregó la indisolubilidad matrimonial (Marcos
10:11-12; Mateo 19:9; Lucas 16:18) y, desde Pablo de Tarso (Primera epístola
a los Corintios 7:25-40), la consideración de la virginidad como modo de vida
superior al matrimonio. En los últimos dos siglos, ante ciertos avances de la medicina de base científica,
determinadas ramas del cristianismo generaron un conjunto adicional de prescripciones.
Así, hubo un transitorio rechazo del uso de la anestesia general durante el
parto, para no violar el mandato bíblico parirás tus hijos con dolor
(Génesis 3:16). La difusión de diversos dispositivos y métodos para evitar
embarazos o contagio de enfermedades de transmisión sexual llevaron a establecer,
como hoy lo sostienen la Iglesia Católica y algunas protestantes, que la abstinencia
es el único camino aceptable para lograr tales propósitos, incluido, dentro
del matrimonio, su uso durante los períodos de fertilidad propios del ciclo
menstrual femenino. A partir de la segunda década del siglo XX, el predominio de estas normas
de la tradición judeocristiana fue desapareciendo en los países occidentales,
y se hicieron gradualmente aceptables para la sociedad conductas que antes
hubieran sido delictivas o, por lo menos, violatorias de las buenas costumbres.
Así, la virginidad prematrimonial dejó de ser un valor y se tornaron normales
las relaciones sexuales prematrimoniales. A esto se agregó la creciente aceptación
de la homosexualidad, el libre uso de procedimientos anticonceptivos, el fomento
de métodos que no exigen la abstinencia para prevenir las enfermedades como
el sida y, en los países de más alto nivel de vida, la despenalización y aceptación
social del aborto, por lo menos en las etapas iniciales del embarazo. En consonancia
con estos cambios, la televisión vernácula reemplazó la tradicional picaresca
porteña por programas que mencionan explícitamente al sexo, algunos conducidos
por supuestos sexólogos, los cuales, sin embargo, no abordan cómo evitar enfermedades
de transmisión sexual o embarazos no deseados. Parece razonable concluir que en estos cambios tuvo influencia la llamada
liberación femenina, debida, por un lado, al masivo ingreso de las mujeres
en el mundo laboral como consecuencia de los requerimientos de mano de obra
durante las dos guerras mundiales, y, por otro lado, a la difusión de los
anticonceptivos orales femeninos (popularmente, la ‘píldora’), que proporcionaron
a las mujeres, por primera, vez la capacidad de regular su fertilidad. En otro orden de cosas, el procedimiento de fertilización in vitro,
cuya eficacia quedó demostrada con el nacimiento, en julio de 1978, del primer
ser humano gestado de ese modo, agregó un nuevo ingrediente al cambio de costumbres
sexuales y reproductivas. Cada uno de estos nuevos procedimientos vinculados con la sexualidad y la
reproducción merecieron la férrea oposición –con el argumento de que se oponen
a sus creencias– de algunos o muchos sectores o grupos religiosos, a los que
el resto de los integrantes de la sociedad (y a veces ellos mismos) suelen,
por eso, denominar fundamentalistas. Desde el estricto punto de vista de la salud pública, las normas preconizadas
por el fundamentalismo solo serían eficaces si todos los miembros de
la sociedad las aplicaran, pues únicamente así se evitarían el contagio de
enfermedades de transmisión sexual, los embarazos no deseados y, en consecuencia,
los abortos provocados. Es evidente que ello es imposible de lograr, sobre
todo en las actuales sociedades pluralistas. De hecho, la experiencia mundial
muestra que, independientemente de las creencias predominantes en cada sociedad,
los procedimientos rechazados por muchos grupos religiosos son los únicos
eficaces para impedir el contagio de enfermedades como el sida, y para evitar
abortos debidos a embarazos no deseados. La prescindencia generalizada de estos métodos tiene efectos devastadores,
en particular en los pobres y marginales. Esto sucede con la epidemia de sida
que está diezmando a la población de África, y ocurre también con los embarazos
en adolescentes de familias de bajos ingresos, habitualmente abandonadas por
sus ocasionales parejas. En países como la Argentina, en los que el aborto
provocado es un delito, la legislación penal no tiene el efecto de que se
eviten, sino de que se realicen clandestinamente. En esas condiciones, quienes
no los pueden pagar se someten a ellos sin los más elementales requisitos
higiénicos, lo que los transforma en una de las principales causas de muertes
de mujeres jóvenes. El aborto inducido es el aspecto de la ética reproductiva que encierra más
dilemas morales. La razón para prohibirlo es equipararlo al asesinato, ya
que cercena una vida que se inicia y tiene la potencialidad de convertirse
en un ser humano. Médicamente, esta afirmación es sin duda cierta una vez
que el feto alcanzó suficiente madurez (en general después de las 24 semanas
de embarazo) como para convertirse, con ayuda hospitalaria, en un ser humano
autónomo. El asunto es más dudoso cuando el avance del embarazo es insuficiente
para permitir el desarrollo del embrión fuera del útero. En tal caso, podría
argüirse que no solo el óvulo fecundado o el embrión inmaduro son seres humanos
en potencia, y que cualquier célula del organismo también tiene esa potencialidad
de convertirse en un ser autónomo. Sin embargo, innumerables células humanas
con dicha potencialidad resultan destruidas por día, por causas naturales
u otras. Aun aceptando los argumentos religiosos contra el aborto provocado, resulta
claro que la única manera eficaz de reducirlos es la libre difusión de información
y de medicación anticonceptiva, lo que, al mismo tiempo, está excluido por
muchos que prohíben el aborto (aunque también hay grupos religiosos que, en
esas circunstancias, aceptan excepcionalmente la anticoncepción por la doctrina
del mal menor). En el futuro, los abortos quizá puedan evitarse por el trasplante
del embrión de la mujer que no lo desea a una que quiere ser madre, pero ello
por el momento es técnicamente imposible. Solo quedarían, en tal caso, como
sujetos de aborto provocado aquellos embriones para los cuales un diagnóstico
genético prenatal muestre la existencia de enfermedades incurables, pero esta
causa de aborto podría también desaparecer en el futuro con el desarrollo
de terapias genéticas que permitan la corrección de la enfermedad. Las razones del rechazo de base religiosa de la fertilización in vitro
obedecen en parte a las mismas razones que el rechazo del aborto: que el procedimiento
implica la fertilización de más óvulos de los que se implantan, y que los
restantes se destruyen o se guardan congelados. Si bien no parecen existir (ni hay mayormente quien proclame) razones de
orden social que se opongan al libre ejercicio privado de la sexualidad –cualquiera
sea la orientación sexual de los participantes–, hay por cierto aspectos éticos
que, para la mayoría, deben condicionar ese ejercicio, en particular: Parece posible, hoy en día, elaborar un conjunto de principios éticos para
las conductas sexuales y reproductivas que sean coherentes con las exigencias
de la salud pública y con las nociones sociales aceptadas sobre la vida sexual.
A partir de un sustrato común, esas normas pueden ser distintas para diferentes
grupos sociales. En el contexto de una sociedad pluralista, todas las que
no causen daño deben merecer respeto, aunque su práctica solo pueda ser exigida
a quienes adhieran a las creencias que las sustentan. Lo que no es aceptable,
es que una determinada creencia imponga su particular modo de ver el mundo
a los que no la comparten. Pasaron muchos siglos y corrió mucha sangre para que se aceptase que las
creencias no deben influir o interferir con los resultados de la indagación
científica. Es hora de aplicar esto a la relación entre las creencias y la
ética reproductiva.
