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Volumen 17 - Nº 98 Abril - Mayo 2007 |
Aquella tarde de mayo de 1999, Anna esquiaba sobre la superficie congelada de un arroyo noruego. De pronto, el hielo cedió bajo sus esquíes. Anna cayó de cabeza al agua y quedó atrapada entre el hielo y el poco profundo lecho del arroyo. Los esquíes impidieron que se la llevara la corriente, pero todos los esfuerzos que hizo por salir del agua fueron inútiles.
Cuando el equipo de rescate abrió un agujero en el hielo para sacarla, Anna llevaba 80 minutos sumergida y estaba clínicamente muerta. Le practicaron la habitual técnica de resucitación (respiración artificial y presión rítmica sobre el pecho) y una ambulancia aérea la llevó hasta el hospital más cercano.
Apenas llegó al hospital, le introdujeron un tubo en la garganta para proporcionarle oxígeno puro. Luego le abrieron una arteria de la pierna e hicieron pasar su sangre por una máquina que lentamente la fue entibiando. En ese momento, la temperatura rectal de Anna era 13,7°C.
Después de un mes en terapia intensiva y varios meses de rehabilitación, Anna se recuperó casi por completo. Sus funciones mentales no resultaron afectadas y al poco tiempo volvió a esquiar. Es una de las pocas personas que experimentaron un descenso de la temperatura corporal de más de 20°C y vivieron para contarlo.
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