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Volumen 17 - Nº 98 Abril - Mayo 2007 |
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La primera vez que se recurrió al análisis de ADN como parte de una investigación criminal fue en 1986. Ese año una joven había sido violada y brutalmente asesinada en una pequeña localidad de Inglaterra. En 1983 se había cometido en la misma localidad un crimen similar, perpetrado de manera muy semejante. El análisis de ADN realizado con muestras de semen recogidas de los cadáveres mostró que el perpetrador era el mismo, pero su comparación con el perfil genético del único sospechoso –que, además, había confesado su culpa– no indicó coincidencia. La prueba, en su estreno judicial, sirvió para probar la inocencia del imputado.
Notablemente, el caso se resolvió mediante un análisis masivo de perfiles genéticos de varones adultos residentes en la zona. En una primera búsqueda, en la que se estudiaron más de 4000 perfiles genéticos, no se encontró a nadie con rasgos coincidentes con los deducidos del semen. Sin embargo, un año después se descubrió que uno de los pobladores, llamado Colin Pitchkord, había eludido la investigación logrando que se analizara la muestra de un amigo en lugar de la suya. Sus características genéticas coincidieron con las derivadas de las muestras de semen obtenidas del cuerpo de las víctimas. Pitchkord fue así el primer violador serial identificado por un estudio de ADN, algo que se logró por una búsqueda masiva. No solo se demostró la utilidad del análisis del ADN para la investigación penal, sino que se estableció un precedente para el sistema forense en materia de búsqueda de perfiles genéticos de grupos humanos.
A partir de entonces, la identificación de rastros biológicos mediante el análisis comparativo de ADN se fue incorporando paulatinamente a la investigación penal, hasta convertirse hoy en una herramienta forense de rutina. En los días que corren, no es poco frecuente que se haga referencia a este tipo de investigación en novelas y películas policiales, así como en series de televisión. Es conocido por la mayoría que, a partir de los rastros biológicos, es posible llegar al individuo que los generó. Sin embargo, si no se tiene en archivo el perfil genético del individuo en cuestión, no es posible identificarlo, excepto que se dé con él mediante un relevamiento masivo o dirigido de sospechosos. Algo parecido ocurre con una huella dactilar: se la podrá encontrar en la escena de un crimen, pero no se sabrá a quién corresponde si no se encuentra una coincidente e identificada en un archivo, o se da con el individuo buscado tomando las huellas de los sospechosos.
A excepción de situaciones de incesto, en la mayoría de los delitos sexuales la víctima no conoce al atacante, lo que hace muy difícil su identificación. En tales circunstancias, la prueba de ADN resulta una herramienta importante, porque, por lo general, existen rastros, como el semen, directamente vinculados con el hecho que se investiga. Pero localizar al agresor es una ardua tarea que no siempre logra su objetivo.
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