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Volumen 17 - Nº 97 Febrero-Marzo 2007 |
Al mandar a imprenta este primer número de 2007, los editores de Ciencia
Hoy se preguntan –como también lo harán, seguramente,
muchos lectores de la revista– qué tratamiento les cabrá
a los temas de educación superior, ciencia, tecnología y cultura
en las plataformas electorales de los políticos, cuando, dentro de
poco, estos proclamen sus candidaturas para competir en las próximas
elecciones nacionales y provinciales. Parece oportuno, pues, poner sobre el
tapete algunos de los interrogantes que, en los últimos tiempos, más
afloran en las preocupaciones de la comunidad académica. Antes de hacerlo, sin embargo, se imponen dos aclaraciones. La primera es
que nos referiremos a cuestiones universitarias, científicas, tecnológicas
y culturales, con prescindencia de todas las demás, porque esta es
una revista de divulgación científica. No queremos dar a entender
que tales cuestiones deban inevitablemente tener en los planes de gobierno
y las políticas públicas una prioridad más alta que todo
el resto. No se interprete este editorial como un reclamo corporativo. Tenemos
clara conciencia de que otras urgencias deben también solicitar la
atención de los ciudadanos, de sus mandatarios electos y de los funcionarios
que estos designen. Estamos seguros, incluso, de que algunas de esas otras
cuestiones –la educación básica, la distribución
del ingreso, el cuidado primario de la salud, para solo poner tres ejemplos–
serían consideradas tan prioritarias por buena parte de nuestros lectores. La segunda aclaración, concordante con lo anterior, es que creemos
necesario que los políticos indiquen, sin eufemismos, sus reales prioridades,
y que presenten plataformas electorales que no consistan en un conjunto de
maravillosos objetivos cuya magnitud y ambición los hacen inalcanzables,
sino en medidas concretas, financiables con recursos disponibles y ejecutables
en plazos a ser señalados. Con estas aclaraciones, veamos qué
asuntos universitarios, científicos, tecnológicos y culturales
esperaríamos que incluyeran las plataformas electorales. A la cabeza de las preocupaciones de la comunidad académica posiblemente
haya que poner a la cuestión universitaria, a la que hemos dedicado
más de un editorial de Ciencia Hoy. Hay amplio acuerdo entre los integrantes
de dicha comunidad –lo mismo que en la opinión pública
general– en que el sistema universitario adolece de marcadas deficiencias.
Los indicadores habituales con que se miden los resultados de la tarea universitaria
arrojan valores decepcionantes, tanto en materia de la educación que
reciben quienes acceden a los estudios, como por el número de estos
con relación al total de la población de la edad relevante,
para no mencionar la exigua proporción de egresados comparados con
los ingresantes. Por otra parte, el gobierno anunció su intención
de promover una reforma de la ley de educación superior, cuya versión
actual fue cuestionada en estrados judiciales por la UBA. Además, el
financiamiento de las universidades nacionales crea serias dificultades al
conjunto de estas, tanto por razones de insuficiencia de los recursos totales
como de su forma de distribución entre instituciones. Y para complicar
aún más las cosas, las formas de gobierno de esas universidades
no están resultando adecuadas para hacer un uso eficiente de los presupuestos
disponibles, para promover la obtención de mayores recursos y para
producir una modernización acorde con la evolución académica
mundial. Están, en realidad, produciendo todo lo contrario: convirtiendo
a las universidades en un escenario más del ejercicio de la política
de partidos, y a sus cargos directivos en trofeos de la puja por el poder. Conviene recordar que si bien en número las universidades estatales
son comparables a las privadas, atienden a una porción mayoritaria
de la matrícula y concentran casi la totalidad de la investigación
científica y de la producción académica original en ciencias,
humanidades y tecnológica. Las posibles formas de corrección de estos rasgos negativos hacen
aflorar inmediatamente tanto cuestiones conceptuales o ideológicas,
como fuertes intereses corporativos y las mencionadas pujas por el poder político.
Está en juego en esto la vieja y muy importante cuestión de
la libertad académica, que adoptó en estas tierras una forma
algo distinta (y no necesariamente mejor), conocida con el nombre de autonomía
universitaria. Ella subyace, por ejemplo, a las discusiones entre universidades
estatales y gobierno sobre el presupuesto que este asigna a aquellas, lo mismo
que a los desacuerdos sobre muchas disposiciones de la ley de educación
superior. Está, además, el enojoso asunto del arancelamiento
de los estudios, que esconde, en realidad, una no menos enojosa lucha distributiva,
con sus dos caras: la de quienes enarbolan la bandera de la equidad para aferrarse
a sus privilegios, y la de quienes quedan excluidos de las oportunidades que
tienen los demás por su marginación económica. No menos dominante en las preocupaciones de los académicos es la
investigación científica, que tiene en el país una distinguida
tradición pero cuyo ejercicio actual se realiza en condiciones poco
favorables. Igual que con la educación superior, los indicadores generalmente
aceptados como medida de la producción científica alcanzan valores
de los que nadie se siente orgulloso. De la misma manera, existe amplio acuerdo
en que el organismo oficial promotor de la actividad, el CONICET, ha perdido
la eficiencia que tuvo cuando nació hace casi medio siglo. Si bien
el remedio que suele recomendarse con mayor frecuencia para este estado de
cosas –el incremento del presupuesto estatal destinado a la investigación–
seguramente tendría efecto positivo, sobre todo si hace más
atractivos los salarios de los investigadores, en nuestra opinión es
insuficiente. Entre las cuestiones a encarar se cuentan cómo evitar la emigración
de los mejores e, idealmente, lograr la repatriación de los que se
fueron y todavía son relativamente jóvenes, acción que
estuvo en la base del renacimiento de la ciencia en la Argentina cuando se
creó el CONICET. Ello no se logrará solo con sueldos razonables,
sino que requiere instituciones abiertas, acceso competitivo a dinero para
gastos de investigación, promoción más por mérito
que por antigüedad, y fuertes incentivos para la producción de
calidad (que equivalen a limitar la permanencia en el sistema de quienes no
alcancen niveles adecuados de rendimiento). Ciertas características
actuales de la carrera del investigador científico constituyen obstáculos
al logro de tales propósitos. Nos referimos, por ejemplo, a los tiempos
mínimos de permanencia en cada categoría de la carrera, que
inevitablemente llevan a la posibilidad de recibir subsidios y dirigir becarios
solo después de los 40 años. Sería, en realidad, conveniente
reducir a tres las categorías de la carrera del investigador, pues
las actuales cinco ocasionan una permanente búsqueda de antecedentes
para la promoción; es decir, conducen a publicar mucho y rápido,
en detrimento del estudio profundo de los temas. Sin duda, los cincuenta años de existencia han traído su carga
de vicios al CONICET, cuyas formas de corrección serían buenos
temas para las plataformas electorales. Uno de esos vicios es la pérdida
de productividad de institutos inicialmente productivos. Quizá una
manera de remediar esto fuese que los institutos (unidades ejecutoras, en
la jerga actual) dejen de ser estructuras permanentes y tengan una existencia
limitada, por ejemplo, a seis años, renovables si una evaluación
externa encontrara razones suficientes para recomendarlo. Otro de los vicios
a combatir es la tendencia universal a rechazar candidatos externos a las
instituciones para ocupar posiciones superiores vacantes. Esta endogamia,
con su vicio asociado de nepotismo, tiene otra manifestación: asignar
los recursos para investigación menos por la calidad del plan de trabajo
que por los antecedentes del solicitante, lo que tiende a convertir a los
subsidios en premios a la tarea pasada más que en estímulos
a la producción futura. Existen en la Argentina instituciones que han perdido el rumbo. Algunas
tuvieron enorme peso en el sistema científico-tecnológico y
ahora parecen avanzar sin pausa hacia la irrelevancia. El caso paradigmático
es la Comisión Nacional de Energía Atómica, para la que
este proceso lleva más de una década y, según cómo
se mire, podría haber empezado hace casi 20 años. Ello no deja
de ser paradójico en momentos en que el gobierno anunció el
lanzamiento de un nuevo plan nuclear que, sin duda, ni la institución
en su forma actual ni nadie más en el país tendrían capacidad
de formular ni, mucho menos, ejecutar. Las menciones de la CNEA y de la piadosa fantasía del nuevo plan
nuclear argentino, unidas a algún otro anuncio gubernamental no menos
ingenuo e ilusorio, como el tren-bala entre Rosario y Buenos Aires, llevan
a plantear un tema adicional que quisiéramos ver aparecer en las plataformas
electorales: la educación e investigación tecnológicas.
El debate entre las llamadas ciencia básica y aplicada podrá
ser de índole académica, pero la asignación de recursos
y el apoyo que necesitan estas actividades constituyen materia política.
La antigua educación técnica en los niveles secundario y terciario
no universitario, la formación tecnológica en la universidad
y la investigación en tecnología deben estar entre las áreas
más descuidadas del sistema educativo y científico. También entra de manera dominante en las preocupaciones de la comunidad
académica la modernización de los sistemas de información,
en particular el acceso electrónico a las publicaciones científicas
y la conexión a redes teleinformáticas avanzadas. Si bien ambas
cuestiones son altamente técnicas, no pueden resolverse de manera eficiente
por medio de decisiones individuales y descentralizadas de cada institución
académica, casa de estudios o centro de investigación: se necesita
definir una política nacional, que luego puede ejecutarse en forma
descentralizada. Y no se trata de algo trivial, pues es requisito inevitable
para formar parte de la vanguardia del mundo actual del conocimiento. Relacionado igualmente con la información, pero en ámbitos
normalmente asociados por el público y los políticos con la
cultura, creemos oportuno mencionar dos instituciones cuya decadencia ha sido
sistemática y cuya situación actual no responde ni a sus objetivos
institucionales ni a lo que el público supone que son y espera que
sean. Se trata del Archivo General de la Nación y de la Biblioteca
Nacional. Ambas son instituciones antiguas cuyo propósito no ha perdido
vigencia en el mundo presente. Ambas tienen funciones esenciales que cumplir
en una sociedad civilizada. Ninguna las está cumpliendo. ¿Podemos
hacer el esfuerzo de recuperarlas? ¿Estamos dispuestos a hacerlo? ¿Podemos
darnos el lujo de perderlas? En esto, como en los otros temas que mencionamos,
nos gustaría conocer las ideas de los políticos y analizar sus
propuestas.
