![]() |
Volumen 17 - Nº 97 Febrero-Marzo 2007 |
No solo es malo no entender lo que se encuentra cuando no se sabe lo que se busca, peor aún es creer que se sabe lo que se busca y con toda inocencia e ignorancia fabricar entidades para que parezca que aquello que se creía que se buscaba realmente se ha encontrado. Artículos, informes de investigación, proyectos de tesis y, más aún, tesis presentadas para conseguir un título en algunas de las especialidades de las ciencias sociales en ciertas universidades, muestran que esta indeseable confusión es más que frecuente. Algunos ‘comunicadores’ del ‘método de las ciencias’ comprendieron mal cuáles eran los problemas y procedimientos científicos y produjeron millares de manuales y cursos de ‘metodología de la investigación’ para las ciencias sociales que llevan, a los que creen que las practican, a proponerse un plan de actividades difícil de entender desde los más conocidos axiomas de la lógica. Así, se ha difundido y convertido en práctica la creencia de que cualesquiera dos conceptos (generalmente de moda en los periódicos en el momento del supremo instante de la creación, como ‘internet’, ‘género’, ‘configuración familiar’, etc.) relacionados lingüísticamente por un conectivo causal, son buena base para llevar a la práctica una ‘investigación’. Esa investigación contará, en los casos a los cuales nos referimos, con una ‘hipótesis’, una ‘muestra’, una serie de datos obtenidos de ese grupo de personas y alguna medida para relacionar esos datos y llegar a la conclusión de que lo que se suponía era cierto. Los entrevistados son, en realidad, un número no justificado de gente, elegida según alguna definición caprichosa del azar, a la que se le preguntan cosas en persona o por teléfono. Las conclusiones a las que se llega provienen de la aplicación de una fórmula para medir regresiones que hoy día se buscan en algún programa de la computadora del autor del trabajo o de quien le analice los datos. Los resultados así obtenidos darán cuenta, supuestamente, de la relación establecida en la ‘hipótesis’ según los ‘datos’ conseguidos en esas entrevistas.
De toda esta serie de procederes, nos ocuparemos aquí solo del que sale de las arcas de las computadoras: el uso de una fórmula para medir la regresión que se puede encontrar en ellas. Bien, aclaremos antes de llegar a ese uso, que los que se dedican a las ciencias sociales no tienen, en general, especial predilección por las matemáticas, ni conocimiento de los vericuetos de la probabilidad, ni preparación en el uso de medidas estadísticas. Quizá por esa falta de preparación están convencidos de que un trabajo, para ser científico, tiene que hacer uso de fórmulas que provienen de esas disciplinas. Así es como surgieron, por ejemplo, las increíbles aplicaciones de la fórmula del sencillo concepto de ‘permutaciones’ a los datos sobre las llamadas ‘relaciones de parentesco’ en antropología. Las perogrulladas a las que se llegaron en los varios artículos sobre el tema provenían, como lo señaló Edmund Leach, del hecho de que los matemáticos que los elaboraron no entendían la naturaleza del hecho antropológico al que se estaban refiriendo y de que los antropólogos que habían pedido asistencia matemática (Lévi-Strauss el primero) no tenían la más mínima preparación para aplicar ni comprender el análisis combinatorio.
Los datos que se recogen en las entrevistas son, en general, aparte de algunos estrictamente censales, opiniones de los entrevistados sobre el problema que preocupa al investigador. Estas opiniones son las que van a ser relacionadas de algún modo con parte de los datos censales, o entre sí, para poder concluir, seguramente, en que la ‘hipótesis’ que dio lugar al trabajo era correcta. Ahora bien, ni las opiniones, ni la mayoría de los datos censales, a menos que se puedan convertir en monedas, litros, gramos o centímetros, se pueden representar en su conjunto por medio de una variable continua, ni interval ni de razón. Pueden representarse por medio de categorías que, en el mejor de los casos, solo podrán ordenarse según algún criterio, sin que sea posible establecer ninguna indicación de la amplitud de la distancia entre ellas, simplemente porque el concepto de ‘distancia’ en estos casos no tiene sentido. Son conjuntos de categorías nominales, a veces ordenadas, y como tal se comportarán en el análisis. Llamarlas ‘variables’ es casi una licencia conceptual.
![]() |
| Pág.
30/31 |