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Volumen 17 - Nº 97 Febrero-Marzo 2007 |
![]() ![]() Herbert Butterfield, The Origins of Modern Science (edición revisada en rústica de Nueva York: Free Press, 1965), y The Whig Interpretation of History (edición de Londres: Bell, 1951). |
Sir Herbert Butterfield (1900-1979) fue profesor de historia moderna en la Universidad de Cambridge durante medio siglo y master de Peterhouse, el college más antiguo de dicha universidad. Butterfield escribió muchos libros y dos de ellos fueron fundacionales: The Whig Interpretation of History [La interpretación whig de la historia] (1931) y The Origins of Modern Science [Los orígenes de la ciencia moderna] (1949). Muchos historiadores de la ciencia fuimos educados con estos dos libros como genios tutelares, vigilantes y simétricos. Inmediatamente después de haber publicado su obra sobre la revolución científica, Butterfield pasó dos períodos como conferencista invitado en la University of Notre Dame (Indiana). Según una tradición local, fue allí donde tuvo que atender él mismo el parto de su esposa, porque el médico no llegó a tiempo. Es dable dudar de la literalidad de esta historia, pero a partir de la lectura de sus libros podemos inferir que Butterfield era, como Sócrates, un buen partero de ideas. De las ideas de Butterfield y de la literalidad de la historia trata este ensayo.
La historia, la ciencia y el pasadoLa historia y la ciencia (me refiero a las ciencias experimentales) no se llevan demasiado bien. Clío está continuamente mirando hacia atrás, con mirada cavilosa y aire preocupado, mientras que Urania escruta el horizonte de futuros posibles, ávida de novedades e impaciente con el pretérito imperfecto e inútil (la única musa científica era esta, lo cual habla de la noble antigüedad de la astronomía). Se presupone que el científico descubre cosas, abre picada en la selva de la ignorancia para contemplar, como Vasco Núñez, un océano nuevo, rutilante y pródigo en caminos a recorrer (algunos comerciales, otros, más seductores, los que conducen a nuevas aventuras). Junto con las primeras materias de la carrera aprendemos que la ciencia moderna, la que comenzó a andar con paso firme en el siglo XVII, camina sobre el cadáver del pasado. Como lo demuestran las novelas de ciencia ficción, el imaginario de la ciencia suele identificarse con el mundo del futuro. En una biblioteca científica lo que interesa son los últimos números de los journals mientras que los volúmenes de hace unos pocos años suelen ‘ir a depósito’, ya que ocupan espacio y nadie los usa. Bueno, un historiador de la ciencia bien podría usarlos. De hecho, yo comencé mi carrera como tal cuando me di cuenta de que me interesaban más los pocos libros viejos que había en el laboratorio donde trabajaba que los papers recientes. Encontré fascinante ese museo de experimentos antiguos, de aparatos vetustos, de teorías descartadas. Porque, no nos engañemos, lo que entusiasma al historiador profesional es el pasado. No, como suelen otorgar los ‘legos’ en un intento de generosa disculpa, el pasado como un excusable instrumento ‘para entender el presente’, sino el pasado por su valor de tal –aunque sepamos que ese pasado no se puede aprehender sino desde el presente. Por supuesto, uno está convencido de que, a la larga, el conocimiento del pasado enriquece nuestro modo de entender el mundo actual porque nos familiariza con el comportamiento humano, pero la pasión que enciende la llamarada de la vocación histórica, omnímoda e irrefrenable, es la de conocer la génesis de las cosas, no la de explicar el ayer por el hoy.
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