Volumen 16 - Nº 96
Diciembre 2006
Enero 2007

Este editorial y tres artículos del presente número están dedicados al cambio climático global, un fenómeno cuya magnitud y consecuencias se discuten, lo mismo que la necesidad o conveniencia de tomar medidas para contrarrestar sus efectos. Ya no se discute demasiado, por lo contrario, sino que hay razonablemente amplio acuerdo, acerca de un par de cosas, a saber: (i) que la temperatura media global de la Tierra se incrementará a medida que transcurra el siglo actual, como consecuencia de la emisión por diversas actividades humanas de gases causantes del efecto invernadero (principalmente dióxido de carbono o CO2); y (ii) que la magnitud de ese incremento se ubicaría entre, aproximadamente, 1,40C y 5,80C.

Si bien las cifras parecen bajas, el rango de variación (y por ende de incertidumbre) que se está considerando es enorme (más de 4 veces). Se ha estimado que en los valores inferiores de ese rango de temperaturas las consecuencias ambientales no serían menores, pero no alcanzarían niveles de tragedia. En cambio, a medida que esos valores asciendan y se acerquen a los superiores, se multiplicarían los efectos catastróficos, a resultas del ascenso del nivel del mar (producto del derretimiento de los hielos polares, sobre todo antárticos), huracanes, incremento de lluvias en ciertas regiones y desaparición de ellas en otras, más destrucción de sistemas productivos, sobre todo agrarios, pérdida de instalaciones costeras, posibles desplazamientos masivos de población y hasta incremento de la mortalidad en regiones tropicales, ya sea por las altas temperaturas o por la difusión de enfermedades como la malaria o el dengue.

La realidad es que predecir el cambio climático global con más precisión no parece en estos momentos factible, dada la complejidad de los fenómenos atmosféricos que determinan el clima, y las interacciones de estos con las superficies sólidas y líquidas del planeta, así como con la biosfera. Esa incertidumbre no facilita ponerse de acuerdo sobre qué hacer para protegerse de los peligros que se avecinan, ya que, si se ignora la magnitud de esos peligros, es difícil determinar cuánto, sensatamente, conviene gastar en obtener protección de ellos. Por otro lado, cualquier cosa que se postule hacer para lograr dicha protección, incluso una protección mínima, requiere invertir recursos en conseguirla, es decir, renunciar a otros usos posibles de esos recursos, que seguramente rendirían beneficios inmediatos, en aras de lograr unos beneficios futuros más bien inciertos. A esto se agrega el hecho de que las generaciones actuales deben pagar los costos pero serán las futuras las que recibirán los beneficios.

Lo dicho permite entender que detrás del concepto del cambio global, además de esconderse el problema científico (que está lejos de encontrarse resuelto) de entender su índole y estimar su magnitud, acechan un problema económico, que es determinar cuánto se justifica invertir en protección (en una situación en que la probabilidad de una catástrofe puede ser baja pero las consecuencias de ella son inconmensurables), y un problema político, que es cómo tomar la decisión colectiva de hacerlo, dado el carácter de bien público planetario que tiene el controlar las emisiones que provocan el cambio. Lo último significa, por un lado, que no se lograría el objetivo si unos países tomaran las medidas necesarias y otros las evadieran, sobre todo en un mundo económicamente unificado, y por otro lado, que existen fuertes incentivos para que cada país trate de ser el único evasor.

 

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