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Volumen 16 - Nº 93 Junio-Julio 2006 |
> Quejas de la Academia de Ciencias de Buenos Aires
En La Nación del 5 de mayo, en la página editorial, se transcribe un editorial de Ciencia Hoy (número 91 de febrero/marzo 2006) en el que se expresa, acerca del conflicto suscitado en torno a las fábricas de pasta de celulosa de Fray Bentos: Ningún científico o entidad académica dio un paso al frente para orientar a la sociedad. Nadie reclamó que lo hicieran. Nadie recordó que es justamente para eso que la sociedad costea la existencia de universidades e institutos de investigación. El debate quedó estancado en el nivel de las barricadas políticas y de los intereses en pugna […] Un análisis académico independiente podría proporcionar a la sociedad orientación fundamentada acerca de lo que está en juego […] La falta de esos análisis constituye un incumplimiento por parte de científicos e instituciones académicas de una parte sustancial de su misión social. Esa equivocada información y falsa acusación ignoró u ocultó la actividad científica aclaratoria realizada y difundida por el Instituto de Investigación y Desarrollo de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires. En 2005, en efecto, Juan Agustín Moretton dio en la sede de esta una conferencia pública en la que transmitió información toxicológica y biomédica. Fue impresa luego con el título ‘Toxicología de la elaboración de la celulosa’, enviada a los gobernadores de las provincias del Litoral y entregada en el Uruguay. La publicación se encuentra a disposición de los interesados en Av. Alvear 1711, Buenos Aires 1014 (info@ciencias.org.ar).
> Fin de una polémica
Sobre la carta de los doctores Ortiz y Rubinstein publicada en el número 91 de Ciencia Hoy, podría hacer numerosas observaciones. Me limitaré a dos. ¿Cómo es posible que los editores, después de la fuerte y unánimemente negativa reacción generada por el artículo original, permitan que Rubinstein nuevamente se aproveche de Ciencia Hoy para atribuirse un papel que nunca tuvo en el proyecto Auger? ¿Cómo es posible que se permita a estos ‘historiadores’ manifestar que no tienen comentario alguno que hacer sobre mis datos biográficos, que estaban equivocados, en lugar de disculparse por sus numerosos y garrafales errores?
Con la publicación de esta carta, Ciencia Hoy da por terminada la controversia
suscitada por el artículo ‘Impacto de los países escandinavos
en el desarrollo de la física en la Argentina: 1960-2000’, publicado
en el número 88 de agosto/septiembre 2005, y ventilada en la sección
Cartas de lectores de los números 89 y 91. El lector podrá juzgar
por sí mismo el valor de los argumentos.
Comparto con Alejandro D González la impaciencia por los numerosos errores de unidades y conceptos físicos que aparecen en las publicaciones. Por eso me plugo su artículo ‘Medios de comunicación y física de la energía’ (Ciencia Hoy 92, abril/mayo 2006, pp. 10-19). Sin embargo, el autor incurrió en una imprecisión que quiero destacar (nuevamente, el cazador cazado). Dice, en efecto, que la unidad habitualmente usada para el gas natural es el metro cúbico. Sin embargo, todos los físicos saben (y algunas personas normales también, y los normales son la mayoría) que la cantidad de gas en un metro cúbico depende de su presión y temperatura, por lo que la unidad adecuada para medir el gas natural debería ser el kilogramo. No sé cómo están construidos los medidores de gas de nuestras viviendas, pero quiero pensar que lo que realmente miden son los kilogramos de gas y no los metros cúbicos, porque, de ser así, la empresa que vende gas estaría favoreciendo a los que viven cerca de las estaciones de bombeo y a los consumidores invernales, y perjudicando a los alejados y estivales. ¿Podría alguien aclarar esto?
Aprovecho la oportunidad para hacer un comentario sobre la energía eléctrica comparada con las otras. Si bien desde el punto de vista de la física la energía es igual que cualquier otra, la eléctrica es de mayor calidad (¿menor entropía?), ya que con ella podemos hacer funcionar un acondicionador de aire, escuchar una sinfonía de Mahler, enviar y recibir mensajes de correo electrónico, ver una película y mil otras cosas más, que con un trozo de carbón no podríamos lograr. Realmente, usar electricidad para calentar es un desperdicio.
Aclaración del autor
El gas natural podría venderse al peso, pero no sería simple pesarlo, porque no es líquido a temperatura ambiente. Se optó, pues, por medir su volumen a presión constante. La presión es regulada por dispositivos mecánicos en distintos puntos de la red. Existen plantas reguladoras para alta presión (por ejemplo, en la entrada de una ciudad), otras para media presión (digamos, en la entrada de un barrio), y, finalmente, hay un regulador colocado inmediatamente antes del medidor de cada usuario, del que sale gas con una presión de 10.530 mm de columna de agua, levemente superior a una atmósfera. Si la temperatura varía en la red de distribución, el regulador actúa para que la presión en el medidor sea la estándar de provisión. Si, en cambio, se modifica luego de haber pasado el gas por el medidor, habrá una variación en la llama de los artefactos, pero el consumo ya habrá sido facturado. El precio, además, tiene en cuenta el poder calórico del combustible, cuyo valor estándar es de 9300 kcal/m3.
Si definimos la calidad de la energía por el rendimiento del equipo final que la transforma, arribaríamos a la conclusión de que la eléctrica sería de mejor calidad. Pero hay que producir y transportar la electricidad. Si consideramos el rendimiento de todas las etapas, podremos sacar otra conclusión. Por ejemplo, es usual producir electricidad en centrales de carbón, con rendimientos menores al 40%, del que se deben, además, restar las pérdidas por transporte. En tal caso, sería mejor calefaccionarse con carbón que usar una estufa eléctrica. Los EEUU y China producen más del 50% de su electricidad con carbón. En cambio, a la electricidad proveniente de una central nuclear no se podría aplicar ese razonamiento. En Suecia, cerca de la mitad de su energía eléctrica es de origen hidráulico y otro tanto es nuclear; ese país usa electricidad de forma casi exclusiva para cocinar y calentar agua de uso doméstico, y la complementa con el quemado de basura para calefacción. Las centrales de última generación que queman residuos forestales en Finlandia tienen un rendimiento global del 80%, por lo que una estufa eléctrica doméstica tiene allí mayor rendimiento que una que quemara los residuos en la vivienda.
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