Volumen 16 - Nº 92
Abril-Mayo 2006

La contemplación de un paisaje marino suele despertarnos una sensación de paz. Su atención derivará, casi inevitablemente, hacia el eterno desperezo de las olas que arriban a la costa. Al internarse mar adentro en cambio, una vez perdidas de vista las turbulentas rompientes, la falta de variedad en la superficie del océano amenaza con adormecer el ánimo del observador. Sin barcos a la vista, sin las maniobras de algún ave o el resuello de algún cetáceo, la contemplación del mar abierto carece de estímulos para la mirada inadvertida. Sin embargo, nada difiere tanto de esa apariencia de quietud y uniformidad como la complejidad que esconde el océano en sus entrañas. Si el océano fuese un medio uniforme, la vida en él debería distribuirse homogéneamente, pero este no es el caso. ¡Si lo sabrán los pescadores, a quienes la búsqueda de los cardúmenes les lleva la vida! Si pensamos en el fondo del océano y en las especies que viven en él, resulta fácil imaginar que los distintos tipos de organismos se distribuyen según la diversidad de tipos que el fondo marino puede ofrecer: rocas, arena, limo, oquedades, bajíos o grandes profundidades. Pero, ¿cómo se distribuyen aquellos organismos que habitan la columna de agua, aquellos que no traban jamás relación con el fondo? ¿A qué responde la ordenación de la vida en los gigantescos volúmenes acuáticos de nuestro mar? Trataremos de elucidar algunos procesos que sirvan de respuesta, al menos parcial, a tal interrogante. Y aunque tentados a ir directo al grano, deberemos primero dar algunos rodeos explicando ciertos conceptos de la ecología de los océanos, para demostrar que dos aspectos que se manifiestan en dirección vertical (la luz y la fuerza de gravedad) organizan de manera primaria la vida en el mar.

La vida vegetal en el océano

Tal como ocurre en los ambientes terrestres, en el mar las plantas son los únicos sistemas vivientes capaces de fabricar sus propias sustancias orgánicas (con excepción de otros organismos, como algunas bacterias muy particulares). El resto de los organismos, como los animales, dependen pues de la producción vegetal, de modo que si conseguimos revelar cómo se distribuyen las plantas marinas, estaremos muy avanzados en el camino de dar explicación a la distribución general de la vida. La síntesis de materia orgánica por las plantas, a través del proceso denominado fotosíntesis, requiere básicamente de energía solar y nutrientes (ciertos compuestos del nitrógeno, fósforo, silicio), más algunos elementos como el hierro, cobre, zinc, etc. La luz solar experimenta diversos procesos en su interacción con la superficie del océano (reflexión y refracción) y en su viaje hacia las profundidades (dispersión, absorción). Debido a ellos existe una atenuación de la cantidad de luz, y un cambio en su calidad (diferentes longitudes de onda son absorbidas en distintas profundidades) a medida que aumenta la profundidad: la mayor parte del volumen de los mares es un reino de sombras, inadecuado para el desarrollo vegetal. La capa iluminada del océano se llama zona fótica, y solo en ella puede prosperar la vida vegetal. Esta capa posee un espesor muy variable; es reducida en las turbias regiones costeras y mayor en los transparentes mares tropicales, pero es siempre muy delgada en comparación con las enormes profundidades del océano, que en promedio alcanzan unos 3800 metros. Más aún, solo en una estrecha zona bordeando los continentes llega suficiente luz solar hasta el fondo como para permitir la existencia de las grandes algas multicelulares que viven fijadas al sustrato. En el resto del dominio marino, la exigua capa fótica, extremadamente alejada del fondo, solo da cabida (a excepción de algas flotantes del tipo de los sargazos) a la existencia de pequeñas algas planctónicas unicelulares, denominadas en su conjunto fitoplancton. El grueso de la producción vegetal del océano corresponde al fitoplancton, sostén principal de las redes alimentarias del mar.

 

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