Volumen 16 - Nº 91
Febrero-Marzo 2006

Novedades sobre el origen del hombre moderno

Estudiar la evolución humana desde un enfoque exclusivamente homínido sería tan poco viable como imaginar un mar sólido o una torre bidimensional. No descarto que alguien acepte el reto y demuestre la factibilidad de los dos segundos supuestos mediante algún artificio dialéctico, pero ello en modo alguno sería aplicable al problema humano, porque existen dos postulados básicos en Antropología Biológica respecto del tema. Uno precisa que el hombre no es un ente separado del resto de los mamíferos, porque todos ellos tuvieron (tuvimos) un antecesor común que, aun si no hubiere evidencia fósil, su existencia no cabría ser puesta en duda por un simple razonamiento evolutivo: la diversidad actual de los mamíferos se basa en un mecanismo de diferenciación que parte de un punto generador. Y esto es válido no solo para la clase que nos ocupa sino también para todas las especies que hayan existido, existan y estén por existir. El segundo postulado indica que, como el reino animal constituye un ‘continuum’ (puesto que no hay diferencias cualitativas entre próximos), no es dable aceptar un estudio racional de la evolución humana partiendo del hombre mismo. Dicho estudio sería forzosamente abrupto (porque estudiaría a un hombre sin raíz), fragmentario (porque estudiaría a un hombre separado de sus parientes cercanos) e inconexo (porque no se entendería el porqué del hombre mismo en la naturaleza). Estas son las causas que me llevan a presentar parte de lo que se conoce de nuestra filogenia en forma de tríptico que, comenzando con un simio fósil que dio mucho que hablar (Proconsul heseloni), sigue con uno de los últimos y más antiguos antecesores descubiertos (Orrorin tugenensis) y finaliza con el ‘nacimiento’ de una nueva especie de nuestra estirpe (Homo floresiensis).

El periplo del Proconsul

Figura 1. Cráneo de Proconsul heseloni (antes P. africanus) del Mioceno medio de Kenya. Su gran desarrollo facial respecto del neurocráneo lo aproxima –entre otros caracteres– a los cercopitécidos en mayor medida que a los póngidos. Puede apreciarse la presencia de caninos procidentes con sus correspondientes diastemas.

A raíz de una reciente obra publicada por Alan Walker y Pat Shipman (ver ‘Lecturas sugeridas’), en donde reseñan sus experiencias en la investigación sobre Proconsul –un género de primates fósiles del Mioceno inferior de Kenya, con cerca de 20 Ma (20 millones de años) de antigüedad– apareció un comentario en Nature que reactualizó el interés que este grupo fósil despierta, tanto en primatólogos como en antropólogos. El hallazgo se compone de un conjunto de esqueletos incompletos que integran varias especies. La más importante fue denominada sucesivamente Proconsul africanus, Dryopithecus punjabicus y Proconsul heseloni, nombre que detenta en la actualidad (figura 1). Fue descubierto por Likey en 1947 y consiste en un cráneo en admirable estado de conservación. En aquel momento se generó cierta disputa respecto de si se trataba de un gran cercopitécido (mono cuadrúpedo tipo mandril), de un pequeño póngido (los vulgarmente llamados simios) o de un hominoideo (no confundir con homínido, que corresponde a la familia exclusiva del hombre). Además de P. heseloni componen este género P. major, de un tamaño aproximado al del gorila actual, y P. nyanzae, también descubierto por Likey en la isla de Rusinga, situada en el lago Victoria, Kenya. Este último se asemeja en parte al chimpancé actual, pero conserva muchos detalles de cercopitécido. Por la estructura ósea de sus extremidades, parece asemejarse a los póngidos vivientes (chimpancé, gorila, orangután y gibón). Sin embargo, no habrían practicado la braquiación –un tipo de locomoción suspensoria que requiere de fuerte capacidad de aprehensión manual, manteniendo el cuerpo erecto (posición ortógrada) como lo hacen los simios actuales– sino manteniendo una marcha cuadrúpeda (pronógrada) como lo hacen los verdaderos cercopitécidos. Completan este atractivo mosaico los restos descubiertos en Kapak, al noreste de Uganda. Parecería no haber disputa alguna tanto sobre la procedencia de estos fósiles como en cuanto a su precedencia pues, a juzgar por los restos hallados, se trata –aun para el propio Walker– de monos fósiles que vivieron cerca del momento en que hombres y monos divergieron, hace unos 20-25 Ma. La posición de Walker es coincidente con las antigüedades asignadas a estos fósiles y es concordante con la de los fósiles dryopitecinos del Mioceno medio, algunos de los cuales ya presentaban características propias de los monos antropomorfos actuales.

 

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