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Volumen 16 - Nº 91 Febrero-Marzo 2006 |
En el pasado se ha prestado considerable atención al impacto de los ‘países científicamente centrales’ sobre el desarrollo científico de países menos avanzados. Sin embargo, en lo que se refiere a la matemática entre 1920 y 1970, hemos mostrado en otra parte que, en la Argentina, el aporte de científicos extranjeros provenientes de países no necesariamente en el ‘centro’ científico ha sido un factor de considerable importancia para su desarrollo. La influencia científica de las prolongadas visitas de Julio Rey Pastor y de António Monteiro ha sido citada como un ejemplo paradigmático en ese período.
En el artículo que se nos solicitó para el número 88 de esta revista nos hemos ocupado de la influencia de los países escandinavos –nuevamente, no centrales– en el desarrollo de la física en la Argentina en la segunda mitad del siglo XX. Esta es, precisamente, la época del Instituto de Física de Bariloche. Hemos destacado en ese artículo la singular importancia del aporte escandinavo mostrando que, en ese caso, la influencia preponderante se ejerció de una manera diferente a la de la matemática. La visita de un número relativamente importante de físicos argentinos a Suecia y Dinamarca parece haber sido un factor predominante en el éxito de esa cooperación, contrariamente al caso antes citado de la matemática. Tanto el patronazgo de agencias, o fundaciones de esos países, como determinantes internos derivados de la situación política de la Argentina en esos años, que contribuyeron a acelerar esas visitas, son brevemente delineados. En nuestro artículo apuntamos razones que avalan nuestras tesis.
Cuatro colegas han enviado cartas a Ciencia Hoy con observaciones sobre nuestro artículo. Ninguna de esas cartas se refiere a las tesis que bosquejamos allí; tres de ellas precisan, con diferente veracidad, detalles personales que afectan a actores de esa historia. La cuarta aporta una visión personal acerca de los visitantes suecos de fines de la década de 1950.
Comenzaremos ocupándonos de las cuestiones de personalidades contenidas en las tres primeras cartas. Aceptamos sin reservas la protesta del Dr. Etchegoyen –a la que se adhiere el Dr. Filevich– que nos señala que es él, y no Julio Rodríguez Martino, quien ocupa el cargo de jefe del Proyecto Pierre Auger. Debemos también admitir, dentro de este género de observaciones, que si bien mencionamos el nombre del Dr. Filevich en relación con el proyecto Auger, omitimos el del Dr. Luis Masperi al referirnos a los gestores de ese proyecto.
El Dr. Civitarese se queja de que no hemos nombrado a físicos provenientes de universidades argentinas ‘formados en centros escandinavos y vinculados profesionalmente con colegas de esos países’. Nuestro artículo no tenía –no tiene– el propósito de listar nombres de colegas, sino de tratar de entender el impacto de la colaboración argentino-escandinava en el área de la física durante la segunda mitad del siglo XX.
Creemos entender que el Dr. Civitarese alude en su carta a un posible impacto de Finlandia sobre el desarrollo de la física argentina del período considerado en nuestro artículo. Sobre esta tesis no podemos pronunciarnos mientras no sea sustanciada a través de un trabajo histórico serio.
En la página 39 decimos de Margrete Heiberg, graduada en física en Göttingen, esposa del Dr. Emil Bose, director del nuevo Instituto de Física de La Plata y contratada también por esa universidad: ‘En el caso de la física en la Argentina, esa influencia [la danesa] comenzó con un caso aislado, el de Margrete Heiberg-Bose’. Opina también el Dr. Civitarese que esa científica habría escindido totalmente sus contactos con Dinamarca al adquirir la ciudadanía alemana. Uno de los autores del artículo cuestionado por el Dr. Civitarese está en este momento corrigiendo pruebas de una edición comentada de la correspondencia argentina de Bose y de su esposa Margrete; ignoramos qué documentación concreta ha servido de base al Dr. Civitarese para fundamentar su afirmación.
En las cartas de los Drs. Civitarese, Etchegoyen y Filevich, se afirma que Suecia nunca formó parte del Proyecto Auger. Por supuesto. En ninguna parte en nuestro artículo afirmamos que Suecia haya formado parte del Proyecto Auger. Uno de los autores del artículo integra la comunidad de físicos de Suecia desde hace ya largos años: sería difícil pensar que pudiéramos ignorar ese hecho.
En la página 43, refiriéndonos al acuerdo de colaboración argentino-sueca, gestado por Lars Bergström, Carlson, Dussel, Liotta y Rubinstein decimos que: ‘Posiblemente el éxito más importante de esta colaboración fue el Proyecto Auger’. Repetimos, ‘de esa colaboración’, de ninguna manera decimos que Suecia formara parte del proyecto Auger como nación.
Finalmente, hace notar el Dr. Filevich que el Proyecto Auger no es, como dice nuestro trabajo en la página 45, ‘posiblemente el primer programa de punta de carácter genuinamente internacional en el campo específico de la física en la Argentina’, y cita como contraprueba el proyecto Gemini. Sin embargo, hay una diferencia importante entre los dos proyectos: Gemini no está basado en la Argentina, mientras que Auger –como decimos– sí está basado ‘en la Argentina’. Esta es la razón de nuestra afirmación, que creemos correcta.
Es históricamente erróneo afirmar que Gemini abrió las puertas de la colaboración internacional de la Argentina en áreas de las ciencias físicas. La Argentina ha participado en proyectos internacionales relacionados con las ciencias físicas desde mucho tiempo antes que Gemini. Limitándonos a su período de vida independiente, se solicitó su participación en áreas del magnetismo terrestre desde fines del siglo XIX y, luego, repetidamente en diversos tópicos de geofísica. Uno de los proyectos más importantes del siglo XX (discutido ya en el XIX) es el que realizó la Comisión Nacional para la Medición de un Arco de Meridiano a partir de 1936, bajo la dirección Félix Aguilar. Entre los objetivos de ese proyecto internacional, que la Argentina cumplió con éxito, estaba englobada la geofísica, el magnetismo, la gravimetría y, por fin, la determinación de la forma de la Tierra.
El Dr. Filevich sostiene que nuestro artículo no debió haberse publicado, pues contiene ‘inexactitudes de calibre tan grueso que sorprende que hayan escapado al comité editorial, usualmente tan celoso del material que se publica en la revista’. En cuanto a la revisión de nuestro artículo por Ciencia Hoy, pensamos quefue profesional, inteligente y detallada. En cuanto a las inexactitudes, dejamos al lector de esta carta formar su propio juicio. Creemos firmemente que uno de los corolarios de una buena formación científica es la comprensión de los discursos simbólicos o textuales con objetividad y con precisión, y la capacidad de disenso sin recurrir a actitudes represivas.
En la cuarta carta, el Dr. Thieberger señala que ‘el impacto de los primeros profesores suecos que trabajaron en la Argentina fue muy importante. Fui alumno de dos de ellos, Tor R Gerholm e Ingmar Bergström’.
En las diez semanas de duración de la Escuela de Verano de Bariloche esos profesores utilizaron un método de enseñanza de la física experimental que era corriente en Suecia y en muchos otros países. Quizás, con una mayor extensión que lo que generalmente se hacía allí en cursos de física experimental hacia fines de la década de 1950. En el caso de las universidades de Buenos Aires o La Plata esa función estaba asignada a los llamados trabajos de seminario. Aquella visión de la enseñanza aconsejaba introducir a los alumnos a nivel de graduación a dar sus primeros pasos en la investigación científica experimental. La introducción de nuevas formas de enseñanza en Bariloche, y el indudable entusiasmo que los profesores suecos hayan podido transmitir a sus alumnos es cosa muy distinta a que fueran ‘gestores de líneas de investigación completamente nuevas en la Argentina’; esa es la proposición que nuestro artículo refuta en la página 44.
Por ello dijimos en la página 43: ‘Aunque se les debe acreditar la organización de un simposio en Bariloche, no podría tampoco afirmarse que la visita de esos científicos dejó huellas permanentes en el avance de la física en la Argentina en temas de áreas de punta’. Sobre este punto nos remitimos a la evidencia dejada por otro físico de Bariloche de esos mismo años, el Dr. Leopoldo Falikov, profesor en Berkeley, y uno de los físicos argentinos más distinguidos de su generación.
En un artículo publicado en 1970 en el Bulletin of Atomic Scientists (pp. 8-10 y 41-45) señala el Dr. Falikov que ‘a constant stream of visitors from abroad was a normal feature of life at the Instituto Balseiro’. Y, dice luego, ‘There was and still is, however, a large gap between the quality of the formal training, with its excellent course work, laboratories and problem sessions and the quality of the research work which, although competent, never reached a high quality at international level’ (las itálicas son nuestras). Esto fue escrito en noviembre de 1970, más de diez años después del período al que se refiere el Dr. Thieberger. Pareciera que la marca dejada en la investigación, y a la que el Dr. Thieberger alude en su carta, no fue detectada como particularmente significativa por el Dr. Falikov.
Es importante recordar que esa época era ya muy diferente a la de alrededor de 1910, cuando el Dr. Bose y los profesores formados en Alemania que se sumaron a su grupo llegaron al Instituto de Física de La Plata. Hacia fines de la segunda mitad de la década de 1950 el perfil del investigador científico estaba claramente delineado en la Argentina, que contaba ya con un premio Nobel en el área de las ciencias y con físicos argentinos de envergadura internacional. Dentro de las generaciones jóvenes hemos citado, como un ejemplo, a Balseiro, Giambiaggi y Roederer. Cómo aprovechó nuestro país del talento de esos físicos es un tema que esta fuera de los límites de nuestro artículo.
En el comentario del Dr. Thieberger acerca de sus dos profesores suecos, se señala que tuvieron un gran impacto como intermediarios a través de la obra científica de sus alumnos. Decimos en la página 44, que ellos ‘fueron, en cambio, los negociadores de una conexión [las itálicas no están en nuestro artículo] con la física contemporánea de Suecia’ y afirmamos inmediatamente que ‘Esto sí fue importante’. Creemos que sobre este punto, su visión y la nuestra no son excluyentes.
Otros aspectos de la carta del Dr. Thieberger se refieren a su biografía personal; sobre ellos no tenemos comentario alguno que hacer.
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Escribo a propósito del mito de la fluencia viscosa de los vitrales de las iglesias góticas medievales, al que se refiere el recuadro titulado ‘Digresión’, aparecido en el número 90 de Ciencia Hoy como parte del artículo de Horacio Corti sobre soluciones acuosas vitrificadas. Como en todo mito, llama la atención su persistencia a pesar de la falta de estudios científicos que lo confirmen. El solo hecho de observar un vitral, y ver cómo están montadas las piezas de vidrio coloreado lleva a concluir que se trata de una hipótesis falsa. Se han llevado a cabo diversos tipos de cálculo, partiendo de la viscosidad de vidrios de distinta composición, y todos concluyen en que, para que se produzca a temperatura ambiente un flujo viscoso observable, se requeriría un tiempo enorme. Diferente sería el comportamiento de los vidrios comunes a temperaturas elevadas, por encima de los 500º C. Por otra parte, ¿por qué sería este fenómeno solo propio de los vitrales y no se observaría en vidrios de las más diversas composiciones, los más antiguos de los cuales datan de por lo menos hace cinco milenios? Queda por aclarar cómo surgió el mito para los vitrales, y por qué se mantiene. No es el único que rodea al vidrio. Está también el que sostiene que una voz muy aguda y potente de soprano o tenor puede romper una copa de champagne. O el que atribuye el descubrimiento del vidrio a unos mercaderes que, al pernoctar sobre la arena de un río, dejaron encendido un fuego cuyo calor hizo fundir la arena con el nitrato de sodio que llevaban de Egipto a Sumeria.
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