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Volumen 16 - Nº 91 Febrero-Marzo 2006 |
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La ciencia es una actividad social, y quienes la practican deben intercambiar ideas con la mayor claridad y también datos con la mayor exactitud. Para ello, utilizan una gama de recursos que van desde expresiones matemáticas y gráficos hasta palabras del lenguaje cotidiano, además de unos cuantos neologismos (en general, se trata de términos técnicos inventados a propósito). Una tercera posibilidad es una representación visual, por ejemplo, un dibujo o un esquema.
Tanto para los textos como en las ilustraciones, los científicos muchas veces ‘toman prestadas’ palabras o imágenes de otros ámbitos. Tal es el caso de Rutherford, por ejemplo, quien hace ya tiempo comparó la estructura del átomo con un sistema solar. Más recientemente, conceptos que provienen del campo de la comunicación humana se utilizaron para describir aspectos básicos de la biología molecular. Así, las palabras ‘transcripción’, ‘traducción’, ‘código’, ‘mensajero’ o ‘receptor’ pasaron a tener un nuevo significado en el lenguaje de los laboratorios, entre tubos de ensayo, guardapolvos e instrumentos sofisticados.
El procedimiento de usar palabras, conceptos o imágenes en un nuevo contexto resulta en la creación de metáforas, cuando se dice que una cosa es otra en un sentido general (por ejemplo: el átomo es un sistema solar en miniatura), o analogías, cuando se razona sobre la base de la existencia de atributos semejantes en seres o cosas diferentes, imaginando una cosa como si fuera otra (algunas propiedades del átomo pueden comprenderse considerándolo como si fuera un sistema solar en miniatura). Las metáforas y, quizá en mayor grado, las analogías son interesantes desde el punto de vista epistemológico pues sirven como modelos para construir nuevos conocimientos, pero también son útiles en la comunicación intra e interdisciplinaria, y en la enseñanza y popularización de la ciencia. Los procesos de su construcción e interpretación son, además, un fértil terreno para los estudios de los procesos cognitivos.
En este artículo se trata de exponer la historia de una representación de la evolución de los seres vivos: el ‘árbol de la vida’. Se narrará cómo surgió la idea de describir la evolución biológica usando como un modelo la imagen de un árbol con sus ramificaciones, y cómo esa imagen fue cambiando a lo largo de dos siglos. En una reciente actualización que apareció en la revista norteamericana Science se definió a esta representación como una ‘metáfora del gran esquema de la evolución’. Sin embargo, Charles Darwin, el ‘padre de la teoría de la evolución’, ilustró por medio de un árbol no solo el resultado de la evolución (los organismos actuales y sus ancestros) sino también sus causas (por ejemplo, los conceptos de selección natural y la supervivencia del más apto; ver recuadro ‘El árbol de la vida, según Darwin’). El uso del árbol como modelo descriptivo y explicativo permite caracterizarlo más adecuadamente como una analogía de la evolución.
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