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Volumen 15 - Nº 89 Octubre-Noviembre 2005 |
La publicación del número 88 de la revista, dedicado en su totalidad al aniversario del Instituto Balseiro, me parece un acto de estricta justicia, dada la necesidad de revalorizar en la Argentina el esfuerzo, el estudio y la investigación científica. Sin embargo, me resulta difícil encontrar otro motivo de elogio. La totalidad de los artículos tiene un carácter histórico, de conmemoración de sucesos pasados. Este particular enfoque hace que la lectura se haga pesada, porque los mismos nombres, hechos y circunstancias se repiten una y otra vez a lo largo de 60 páginas. Comparto con el editor que ‘Comprender la historicidad y los componentes socioculturales de la producción científica y tecnológica resulta necesario’, pero esta necesidad podría haberse reflejado en dos o tres crónicas o entrevistas (en cualquier caso, la investigación histórica del Balseiro no se agotó con este número de Ciencia Hoy). La acumulación de notas históricas parece más propia de un obituario que del 50 aniversario de una institución en crecimiento. Lamenté, fundamentalmente, la ausencia de notas de divulgación realizadas por investigadores actuales del instituto sobre las investigaciones en curso o proyectadas.
Los editores optaron por dar a todo el número un enfoque histórico,
entre otras razones, porque la complejidad de la cuestión excede
por mucho la posibilidad de despacharla ‘en dos o tres crónicas
o entrevistas’, y porque los artículos que reclama el lector
se publican regularmente en Ciencia Hoy. La siguiente lista indica a diez
de ellos:
(1) Alejandro Butera, ‘Grabación magnética’, 86:24-31,
(2) Guillermo Zampieri et al., ‘¿Dónde están
los átomos?’,
86:34-39, (3), Rodolfo Sánchez y Roberto Zysler, ‘Magnetismo
de sistemas nanoscópicos, algunas aplicaciones’,
85:40-51, (4) Alejandro Fainstein y Karen Hallberg, ‘La física
de alambres moleculares, átomos artificiales y cavidades nanoscópicas’,
84:16-23, (5) Carlos Balseiro y Gonzalo Usaj, ‘Transportando electrones
en circuitos de escala molecular’, 84:24-32, (6) Julio Guimpel y Hernán
Pastoriza, ‘Arquitectura a escala nanoscópica’, 84:34-39,
(7) Karen Hallberg, ‘Nanomemoria’, 73:24-25, (8) Ingomar Allekotte
y Diego Harari, ‘Un desafío cósmico para el Observatorio
Auger’, 71:49-60, (9) Ernesto Martínez y Rodolfo Pregliasco,
‘El sonido de una hoja. Estudio acústico de un homicidio’,
63:12-23, (10) Verónica Grünfeld, ‘Física médica
y bioenergía’, 33:59-64.
La nota sobre algunas relaciones científicas
entre Suecia y la Argentina, escrita por Eduardo Ortiz y Héctor Rubinstein
(físicos de origen argentino residentes respectivamente en Inglaterra
y Suecia) y publicada en el número 88 de Ciencia Hoy conmemorativo
del cincuentenario del Balseiro, provocó respuestas de destacados
miembros de la comunidad académica local, que se presentan a continuación.
La que hizo llegar Alberto Filevich, a su vez parte de la historia relatada
por los autores, que expresa sorpresa ante errores que no habría
interceptado el sistema de control editorial de la revista, aparte de resultar
un reconocimiento gratificante para los editores, permite reflexionar sobre
la importante cuestión de los límites del sistema de arbitraje
que se aplica para asegurar la calidad académica del material publicado.
En este caso concreto, el comité editorial entendió que el
artículo de Ortiz y Rubinstein (cuya dimensión polémica
señalaron), por su índole, cercana a las memorias de los protagonistas
de un acontecimiento, no era adecuado para ser sometido a tal procedimiento,
y que la calidad de la información se garantizaría asegurando
la difusión de los disensos, como se hace en lo que sigue.
En el artículo de Ortiz y Rubinstein se deslizan algunas inexactitudes de calibre tan grueso que sorprende que hayan escapado al comité editorial, usualmente tan celoso del material que se publica en la revista. El proyecto Pierre Auger no fue producto de una colaboración entre la Argentina y Suecia, sino entre científicos de 14 países. Suecia nunca formó parte de la colaboración internacional del proyecto Auger y no participa actualmente. Tampoco es Auger el ‘primer programa de punta de carácter genuinamente internacional’, ya que, por ejemplo, la Argentina participa desde hace bastante tiempo en el proyecto Gemini (http://www.us-gemini.noao.edu/public/public.htm). Por sugerencias de Rubinstein y de Luis Masperi, James Cronin (premio Nobel de física que estaba en Buenos Aires en un congreso sobre partículas elementales) dio el 6 de enero de 1995 una charla en el laboratorio Tandar de la CNEA, en la que anunció un taller de 6 meses de lanzamiento del proyecto Auger, elaborado desde hacía un par de años por un importante grupo de científicos. No es correcto, pues, que dicho proyecto haya sido ‘iniciado por los doctores Filevich y Rubinstein’, como se afirma en el final del artículo. Se trataba de un proyecto que estaba en marcha y que ya de alguna manera tenía vuelo propio. Julio Rodríguez Martino no tiene a su cargo la ‘dirección del instrumental instalado en Mendoza’, sino la responsabilidad de velar por la calidad de la información recogida por los detectores de fluorescencia del observatorio de Malargüe.
El artículo de Ortiz y Rubinstein del número 88 de Ciencia
Hoy contiene, en mi opinión, algunas afirmaciones cuestionables.
El premio Nobel concedido a Aage Bohr en 1975 (junto con Ben Mottelson y
James Rainwater) no significó el fin de la influencia escandinava
en el desarrollo de la física, como se sugiere en la nota: físicos
escandinavos continuaron haciendo aportes significativos en diversos campos
y toman parte hoy de diversos programas de investigación en escala
europea. El artículo menciona a personas cuya identificación
con Escandinavia parece inexistente, pues no se la advierte ni en su formación
científica ni por vinculaciones con grupos de investigación
escandinavos. Inversamente, omite a físicos provenientes de universidades
argentinas, formados en centros escandinavos y vinculados profesionalmente
con colegas de esos países, que están hoy en universidades
europeas y faltan del país desde hace unos 40 años. Además,
es inexacto afirmar que el proyecto Auger haya resultado de una colaboración
financiada por Suecia o de una iniciativa de Rubinstein. La investigación
escandinava en física no está limitada a Suecia y Dinamarca:
es importante en Finlandia (materia condensada, física de partículas,
física nuclear) y en Noruega. Suecia también apoyó
activamente a grupos experimentales argentinos en óptica molecular.
Margrete Heiberg Bose, oriunda de Dinamarca y formada en química
allí, llegó a la Argentina como esposa de Emil Bose, físico
alemán y colaborador de Walther Nernst. Participó en la confección
del plan docente del Instituto de Física de La Plata, reorganizado
y dirigido por Bose. A la muerte de este, lo reemplazó otro físico
alemán, Richard Gans. La presencia de Margrete Bose en la Argentina
no significó una vinculación directa con Dinamarca, pues luego
de adoptar la ciudadanía alemana, no mantenía contactos académicos
con su país de origen.
En la página 43 del artículo de Ortiz y Rubinstein se hace
referencia a varios investigadores suecos de considerable envergadura que
habrían visitado centros científicos de Buenos Aires y Bariloche
en el marco de una colaboración entre físicos de ambas naciones.
Se señala que el éxito más notable de esa colaboración
fue el proyecto Pierre Auger, un esfuerzo internacional en el que intervienen
instituciones de 14 países (Alemania, la Argentina, Australia, Brasil,
Eslovenia, España, Estados Unidos, Francia, Holanda, Italia, México,
Polonia, la República Checa y el Reino Unido). Suecia nunca integró
el proyecto Auger y no tuvo, por ende, una participación relevante
en él. En la página 45 del mismo artículo se afirma
que ‘el proyecto Auger ha sido otro resultado positivo de la cooperación
argentino-sueca’. Sin embargo, no resultó de tal cooperación.
Se menciona luego a los doctores Filevich y Rubinstein. El segundo no ha
participado en el proyecto Auger; sí lo ha hecho el primero: él
y Luis Masperi, omitido en la nota, fueron los pioneros de Auger en la Argentina.
Julio Rodríguez Martino realiza en la actualidad un importante trabajo
en el proyecto, pero no el erróneamente señalado en el artículo.
Contrariamente a lo que afirman Ortiz y Rubinstein, el impacto de los primeros profesores suecos que trabajaron en la Argentina fue muy importante. Fui alumno de dos de ellos, Tor R Gerholm e Ingmar Bergström. Cuando el segundo vino a Bariloche, yo estaba en mi último año de estudios, y su excelente curso de física nuclear fue uno de los primeros y el más extenso contacto que tuvimos los estudiantes con un investigador activo y prestigioso en física experimental moderna. A pesar del limitado tiempo y escasos recursos, gracias a su iniciativa y liderazgo, pudimos publicar el primer experimento serio en física nuclear realizado en Bariloche. Luego, con Alberto Jech, fui ayudante en el curso que dio Bergström en la Facultad de Ciencias Exactas en Buenos Aires. Su contrato, en realidad, había sido para trabajar en la UBA y no en la CNEA como afirman los autores. Yo luego pasé tres años en Suecia y me doctoré en Estocolmo (no en Upsala) en 1962. Enrique Bonacalza y Alberto Filevich hicieron algo semejante. Bergström dirigió la tesis doctoral de los tres. En los años y décadas siguientes, muchos siguieron nuestros pasos, gracias en gran medida a que Bergström siguió promoviendo viajes y colaboraciones. Su influencia directa en la Argentina está ampliamente documentada en numerosos trabajos publicados en revistas científicas de prestigio internacional. Pero más importante aún fue la influencia indirecta, es decir la labor realizada, a través de los años, por sus alumnos y los alumnos de sus alumnos. Agrego post scriptum que la persona fotografiada con Roederer y Bemporad en el aeropuerto de Bariloche (p. 49) no soy yo. No la puedo identificar.
Como integrante del primer grupo de docentes del Instituto de Física de Bariloche, en 1955, felicito a los editores de Ciencia Hoy por la excelente cobertura del cincuentenario de la institución en el número 88, y aprovecho para hacer algunos comentarios sobre INVAP SE, que se constituyó oficialmente como empresa el 1° de septiembre de 1976. Todos sus creadores pertenecían al Centro Atómico y al Instituto Balseiro. Por su fecha de nacimiento, se la asocia con el gobierno militar de 1976-83 y se la considera, erróneamente, una ‘empresa del Proceso’. La realidad es que las tareas de investigación aplicada empezaron a realizarse mucho antes en el Centro Atómico. En 1974, quienes las ejecutaban entendieron que era conveniente independizarlas de las limitaciones impuestas por las normas de la administración pública y ampliarlas a desarrollos tecnológicos que trascendiesen las necesidades de la CNEA. La consecuente creación de INVAP tuvo el apoyo de las autoridades de esta y de la provincia de Río Negro mucho antes del golpe militar: en 1976 solo se consolidó estatutariamente. Por otra parte, se ha especulado sobre los propósitos del enriquecimiento de uranio, realizado en secreto por la empresa bajo el gobierno militar. Aunque las sospechas de fines bélicos sean comprensibles, el hecho es que tales fines no existieron (consúltese a J Hymans, ‘Of Gauchos and Gringos: Why Argentina never wanted the Bomb and why Americans thought it did’, Security Studies, 10, 3:153-185, 2001). En el citado número de Ciencia Hoy se afirma que INVAP fue ‘creador’ del satélite SAC-C. Como contratista principal, la empresa diseñó y construyó todos los satélites puestos en órbita por la Argentina, y también instaló y maneja –junto con su propietaria, la CONAE– la estación terrestre del SAC-C, donde se recoge la información enviada a tierra por este. Pero quien define las misiones del satélite es la última y no INVAP. Y en cuanto a la polémica causada por el acuerdo –finalmente aprobado por el Congreso Nacional– entre los gobiernos de Australia y la Argentina (y no entre INVAP y su cliente, el organismo nuclear australiano) a propósito del destino de los residuos del reactor de investigación, estaba estipulado taxativamente que su lugar de almacenamiento fuera Australia; la Argentina solo se comprometió a ‘gestionar’ el acondicionamiento, no a realizarlo en su territorio. Como están las cosas en este momento, lo más probable es que los combustibles quemados sean aceptados por los EEUU, de donde es originario el uranio enriquecido con el que CNEA fabrica los combustibles para Australia.
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