Volumen 15 - Nº 89
Octubre-Noviembre 2005

Una mirada desde la arqueología, usando meetodos específicos, sobre ciertas sociedades humanas contemporáneas puede proporcionar claves que permitan interpretar objetos producidos por culturas extinguidas.




Figura 1. Campamento hoti.

Cuando los arqueólogos encuentran objetos en la superficie del suelo, enterrados o aflorando de una barranca, tratan de deducir de ellos información sobre la gente que los hizo. Intentan por diferentes medios –cada vez más complejos– que esos objetos y el sitio en que los encontraron sean lo más elocuentes posible sobre la conducta de las sociedades del pasado, para poder reconstruir la trayectoria histórica de la humanidad y explicar la complejidad del fenómeno humano. Sin embargo, los objetos no hablan por sí mismos y solo se transforman en información cuando los investigadores encuentran la manera de decodificar los datos que contienen. Desde una solitaria punta de flecha a la más monumental de las pirámides, siempre debe aplicarse un método que permita inferir de la manera más adecuada y objetiva posible la información que encierran las cosas encontradas y las capas de suelo que las contienen o cubren (el contexto estratigráfico). Cuando Jean-François Champollion encontró grabado en la piedra de la Roseta un mismo texto en tres lenguas, una de las cuales, griego, era conocida, pudo descifrar las otras dos y comenzar a establecer el significado de los jeroglíficos egipcios. Fue un hallazgo afortunado.

La mayoría de los arqueólogos no tiene la fortuna de Champollion y no trabaja con escritos. Debe hacerlo con los restos de las actividades ordinarias de gente de otros tiempos que, en casi todos los casos, no tenía escritura. Suelen ser restos que quedaron olvidados sin ningún ánimo de trascendencia, resultado de acciones cotidianas y simples como comer una pata de venado, tallar una punta de flecha, construir un andén de cultivo o abrir un canal para regar. En todo el mundo abundan tales testimonios no intencionales de sociedades extintas. Sin duda, algunas obras fueron concebidas con un sentido de trascendencia: monumentos, pinturas rupestres o construcciones religiosas. Pero la porción más importante del registro arqueológico está constituida por lo que la gente desechó a lo largo de su vida: huesos partidos, fragmentos de vasijas, viviendas abandonadas, trozos de herramientas y una infinidad de objetos y residuos que quedaron en el suelo como resultado de las actividades cotidianas a lo largo de cientos de miles de años.

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