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Volumen 15 - Nº 86 Abril-Mayo 2005 |
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No sería raro que algún lector, caminando a la orilla del mar en una playa de suave pendiente, haya visto en el agua, cerca de la costa y donde solo había escasos centímetros de profundidad, flotar una gran cantidad de medusas (más comúnmente llamadas aguas vivas en estas latitudes y en inglés jellyfish, peces de gelatina). Es también posible que, al observar el fenómeno, le haya llamado la atención el hecho de que dicha aglomeración de medusas –llamada por los biólogos marinos un banco– estaba sujeta a un desplazamiento un tanto errático, que obedecía más al vaivén de las olas que a sus propios impulsos. La realidad es que, en la situación advertida por el hipotético lector, esos organismos marinos –que, en muchos casos, miden unos 50 centímetros de diámetro y están dotados de brazos en torno a su boca– habían sido víctimas de las corrientes costeras, el viento y las mareas, y se encontraban sin la capacidad de vencer la fuerza de arrastre del agua. Tras el descenso de la marea, miles quedarían tirados sobre la arena (figura 1). Accidentes como ese, que diezman a poblaciones enteras, se producen porque las medusas necesitan de cierta profundidad de agua para movilizarse a impulsos de sus contracciones, y para no quedar a la merced de los elementos y de su propia inconsistencia, como supuestamente habría sucedido en el imaginario caso relatado.
A pesar de su aparente fragilidad, las medusas son organismos muy antiguos en la escala del tiempo geológico. Hay evidencias de que habitaban los mares ya en el período cámbrico, que terminó hace unos 500 millones de años. Sus características anatómicas (figura 2) fueron lo suficientemente adecuadas como para que sobreviviesen desde entonces hasta el presente, por más que recientes estudios encontraron pruebas de varamientos y mortandades del tipo descripto hace 600 millones de años. Su configuración física es tan simple como funcional: están constituidas por un cuerpo gelatinoso, con una densidad no lejana de la del agua marina, que configura una cavidad central en forma de bolsa rodeada por dos capas de células que conforman una epidermis y una gastrodermis. Esa cavidad fue bautizada con el nombre de celenterón, que no significa otra cosa que estómago hueco. Entre ambos mantos celulares hay una jalea temblorosa llamada mesoglea, que les sirve de estructura de sostén, poblada por células nerviosas y musculares errantes, así como por canales en los que circulan alimentos líquidos. Dicho cuerpo está rodeado, además, por la corona de tentáculos. Las medusas poseen un sistema locomotor basado en la súbita expulsión de chorros de agua, a diferencia de otros animales marinos tanto o más antiguos, como las esponjas, que no se desplazan sino que viven adheridos a un sustrato. Un largo proceso de diversificación las llevó a habitar gran variedad de ambientes marinos, desde las aguas costeras al mar abierto, en la superficie y en las profundidades, con dimensiones que van de lo microscópico hasta los 2 metros de diámetro, en este caso con brazos y tentáculos que superan la decena de metros de longitud.
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