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Volumen 15 - Nº 85 Febrero-Marzo 2005 |

En
1600, bajo el reinado de Elizabeth I, cuando en Londres se podían apreciar las
obras de Shakespeare y la peste bubónica ocasionaba desmanes en la población citadina,
un médico y físico inglés, William Gilbert, publicó un tratado de magnetismo conocido
como De Magnete.
En sus seis tomos escritos en latín, se describían
aspectos sobre el fenómeno magnético y se enunciaba la hipótesis de que el centro
de la Tierra era un gran imán. Este centro genera un ‘campo magnético’ que es
capaz de orientar la aguja imantada de una brújula. No sabemos cuán motivados
estaban los estudios de William Gilbert por aplicaciones tecnológicas, pero concretamente
dio una explicación cabal al funcionamiento del compás para la navegación. Si
bien chinos, árabes y el mismo Colón lo habían utilizado anteriormente, la razón
de su funcionamiento y por qué su aguja no apuntaba hacia el norte geográfico
no tenían todavía una respuesta clara. Las consecuencias de sus estudios sistemáticos,
los primeros que podríamos llamar científicos en el área de magnetismo, permitirían
años más tarde que los marinos se internasen mar adentro con mayor tranquilidad
y poder seguir, por ejemplo, una ruta sin perder el rumbo por inclemencias del
tiempo y sin la necesidad de ver las estrellas para orientarse. Este avance tecnológico
le sirvió a Inglaterra para iniciar una etapa de navegación transatlántica que
le permitió la conquista de América del Norte con sus consecuentes beneficios
económicos. También sabemos que las investigaciones de Gilbert, médico y físico
londinense, sirvieron de base para los trabajos de otros gigantes como Newton,
Halley, Gauss y Oersted.
Cuatrocientos años después siguen surgiendo aplicaciones en las que el magnetismo cumple un papel importante. Una de esas áreas es la fabricación y estudio de materiales magnéticos y nanoestructurados. Para fabricar estos últimos es necesario manipular objetos del tamaño de los átomos, las moléculas o los agrupamientos de moléculas; aquellos cuya longitud va desde 1 hasta los 100 nanómetros (nm). La finalidad es crear materiales para dispositivos y sistemas con nuevas propiedades que permitan funciones específicas que emulen, o no, a la naturaleza. Para hacernos una imagen de los tamaños involucrados, usaremos como referencia el diámetro de un cabello humano que es de aproximadamente 10.000nm. La molécula de agua mide alrededor de 1nm y el espesor de una película delgada y el tamaño de una nanopartícula van desde unos pocos nm a algunas decenas de nm. Si asignamos al diámetro de un cabello humano las dimensiones de una cancha de fútbol, un nanómetro correspondería a una moneda de cinco centavos.
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