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Volumen 15 - Nº 85 Febrero-Marzo 2005 |

Comentario sobre la producción científica internacional escrito por los editores.
La revista científica británica Nature (430:311-316, 2004), una de las más respetadas del mundo, publicó el 22 de julio de 2004 un artículo firmado por David A King (nacido en Sudáfrica, profesor de química física en Cambridge, asesor científico del gobierno del Reino Unido desde 2000 y director de la Office of Science and Technology de ese país) con el título The scientific impact of nations y el subtítulo What different countries get for their research spending (Qué obtienen diferentes países por su gasto en investigación). El escrito analizó cifras de producción científica correspondientes a un lapso de diez años (1993-2002), que reflejan lo sucedido en un conjunto de naciones con distintos niveles de desarrollo, y relacionó esa producción con el gasto en ciencia y tecnología realizado por esos mismos países y con su producto bruto interno global y por habitante. El organismo que dirige King es responsable de aplicar la política gubernamental británica en ciencia y tecnología, y también asigna el dinero estatal destinado a investigación.
Las estadísticas sobre ciencia y tecnología proporcionan información de base para intentar comprender las desigualdades entre el avance científico y tecnológico de los países e, incluso, sus diferencias económicas y sociales. Los datos presentados en el artículo permitirían, según el autor, juzgar la posición científica de un país, algo necesario para establecer prioridades científicas y financiar la ciencia. King indicó, sin embargo, una dificultad: Hay muchas maneras de evaluar la calidad de la investigación científica, pero pocas han resultado satisfactorias. La manera usualmente considerada menos objetable es la a veces llamada bibliometría (o cientometría) y consiste en relevar, en primer término, la cantidad de artículos que difunden resultados de investigación original aparecidos en revistas sujetas a control editorial por el juicio de los pares (peer review), y, en segundo lugar, relevar la cantidad de veces que esos artículos fueron citados en publicaciones semejantes. Ese es el camino que eligió King, cuyo análisis actualiza y completa el realizado una década antes por Robert M May, un zoólogo de Oxford y en su momento también asesor científico del gobierno, que se ocupó del período 1981-1994 y publicó sus conclusiones en Science (‘Scientific wealth of nations’, 275:793-796, 1997), la revista norteamericana homóloga de Nature. El primero tomó la información de bases de datos recopiladas por Thomson ISI (antes Institute for Scientific Information), que registran lo publicado por más de 8000 revistas científicas y tecnológicas de diversos países.
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