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Volumen 14 - Nº 84 Diciembre 2004 Enero 2005 |
La rigurosidad es una de las máximas virtudes científicas y académicas. La ciencia moderna se erigió sobre los pilares de la aplicación intensiva de las matemáticas al estudio de la naturaleza, la experimentación y la idea de que la teoría puede decirnos algo acerca de la estructura del mundo más allá de lo percibido por los sentidos. Las ciencias humanas, tal como las entendemos hoy en día, descienden de los esfuerzos filológicos de los humanistas del Renacimiento europeo. La búsqueda, adquisición y transmisión del conocimiento son actividades que demandan fatigas considerables de aquellos que se atreven a emprenderlas. El rigor del método científico está asociado a la verificación públicamente comprobable y a la cuantificación de la contrastación empírica de las teorías. Las ciencias son impensables sin el control crítico, tal como lo percibe la imagen popular del científico como un personaje ensimismado y absorbido en la exactitud de sus cálculos.
El
calificativo popular de chanta resume un conjunto de significados
que tienen por denominador común la charlatanería, una despreocupada
desconsideración de todo tipo de regla, el disimulo y la pretensión
de querer pasar por lo que no se es. Según el sentir general, el chanta
no es necesariamente malintencionado. Se lo concibe como un holgazán alegre,
un vivo siempre un paso más acá de lo propiamente ilegal,
un experto en el arte del como si que sabe cómo llenar con
retórica inflada los baches de su ignorancia y con chapucería su
falta de trabajo. Tipo social más bien urbano que rural, el chanta es por
lo general acogido sin demasiados escrúpulos con esa generosa indulgencia
por las faltas menores que nos es tan cara. A lo sumo una reconvención
amigable lo integra, conciliadoramente, al redil, como una oveja que nunca llega
a ser negra a lo sumo gris pálida.
Uno pensaría que aquellos dedicados a la ciencia pueden ser muchas cosas,
pero difícilmente chantas por lo menos en lo que concierne a su
actividad profesional. En general esto es así, ya que instrumentos como
el juicio de los pares y los sistemas de arbitraje suelen funcionar, con excepciones,
como un dique efectivo contra los trabajos de mala calidad. Por otro lado, en
las ciencias más consolidadas funciona un mecanismo informal y subterráneo
de evaluación grupal gracias al cual todos saben razonablemente bien
quién es quién. Ahora bien, parecería que últimamente
ha surgido en nuestros medios científicos y académicos un tipo
intermedio entre los tipos extremos de los investigadores serios y aquellos
que no lo son: se trata de los semichantas. La identificación
de estos personajes exige refinar nuestra taxonomía conceptual ya que
su capacidad de mimetización con los académicos serios es mucho
mayor que la de los chantas confesos. Por lo general, el semichanta no es más
concienzudo o responsable que este, sino que despliega una mayor habilidad para
parecerlo. Es experto en una sola cosa: el arte del disimulo.
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