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Volumen 14 - Nº 83 Octubre - Noviembre 2004 |

El 2 de octubre de 1832 Charles Darwin, por entonces naturalista en el barco HMS Beagle, recolectó ejemplares de una planta en la costa de la provincia de Buenos Aires, en el lugar donde hoy se encuentra la pequeña localidad balnearia de Pehuén-Có, a pocos kilómetros de la ciudad de Bahía Blanca.
Algunos años más tarde le escribió
a Joseph Hooker, quien acababa de regresar de su viaje como naturalista por las
regiones antárticas, preguntándole si estaría interesado
en clasificar las plantas que él había recogido en América
del Sur. Hooker aceptó el ofrecimiento y este fue el inicio de una gran
amistad entre ambos. El botánico inglés fue el primero en enterarse
de las ideas de Darwin acerca de la evolución, como se desprende de otra
carta que este último le envió tiempo después, en la que
le confesaba:
Estoy casi convencido (contrariamente a la opinión con la que comencé) de que las especies no son (esto es casi como confesar un asesinato) inmutables Pienso que he encontrado (esto es una presunción) la manera simple por medio de la cual las especies se vuelven exquisitamente adaptadas a sus variados fines.
La manera simple era, por supuesto,
la selección natural.
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