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Volumen 14 - Nº 83 Octubre - Noviembre 2004 |
![]() | Pablo D Cetica y María Susana Merani Centro de Investigaciones en Reproducción, Facultad de Medicina, UBA
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El espermatozoide –o gameto masculino– es una célula sumamente especializada; su morfología parece haber sido modelada de acuerdo con la función que debe desempeñar: la de fecundar al gameto femenino. A partir de estudios comparativos entre diversas especies de animales se ha observado que la forma y las dimensiones de los espermatozoides son muy variables. Parecería que una importante diferenciación evolutiva se ha establecido en estas células debido a la intensa presión selectiva a la que han estado sometidas. Este artículo tiene la intención de realizar un breve recorrido por el camino evolutivo de los espermatozoides, analizando los cambios morfológicos que ha experimentado esta célula desde sus orígenes hasta llegar a los mamíferos, en particular el hombre.
En 1677, el tallador de lentes holandés Antony Von Leeuwenhoek observó al microscopio el eyaculado de un enfermo de sífilis y encontró unos ‘animáculos móviles del esperma’ o ‘espermatozoos’ a quienes les atribuyó la causa de la enfermedad. Pero al examinar el semen de hombres sanos y de otros animales, Von Leeuwenhoek se convenció de que los espermatozoides eran componentes normales del semen y que estaban relacionados con la reproducción. Luego de aproximadamente un siglo de polémica al respecto, el italiano Lazzaro Spalanzani pudo, en 1780, inseminar artificialmente a una perra, concluyendo que el espermatozoide es la célula de origen masculino que está implicada en el proceso de fecundación. Los avances tecnológicos en microscopía óptica y electrónica, citología, genética, bioquímica, endocrinología y fisiología que sucedieron durante el transcurso de los siglos XIX y XX han finalmente terminado de aclarar la estructura del espermatozoide y su función en la reproducción.
Según modelos teóricos, se supone que los primitivos individuos de reproducción sexual poseían un solo tipo de gameto de dimensiones intermedias, fenómeno denominado isogamia. En esa población, algunos individuos habrían producido pocos gametos de gran tamaño, y otros muchos gametos pero más pequeños. Los gametos más grandes tendrían mayores oportunidades de sobrevivir como cigoto pero disminuirían las probabilidades de fusión debido a su menor número; en cambio, los más pequeños tendrían menores posibilidades de supervivencia como cigoto pero aumentaría el número de fusiones exitosas. Por lo tanto, la evolución hacia la coexistencia de dos tipos de gametos –o anisogamia– tiende a optimizar el proceso reproductivo. Así, encontramos los enormes gametos femeninos –o huevos– que aseguran la sobrevida del embrión, y los muchos y muy pequeños gametos masculinos –los espermatozoides– que desarrollaron la habilidad de llegar al huevo y fecundarlo.
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