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Volumen 14 - Nº 83 Octubre - Noviembre 2004 |
Es probable que, ante
la pregunta de cuál es el deber fundamental del médico, la mayoría
respondiese que consiste en curar las enfermedades. Pero dado que todavía
numerosas dolencias carecen de tratamiento, con frecuencia el médico no
puede curar y solo le queda aconsejar, aliviar y consolar. Existe sin embargo
un deber que obliga a todo médico, independientemente de su capacidad de
curar: no utilizar su ciencia y su arte para hacer daño.
Este
imperativo, así formulado, fue parte del juramento contenido en los escritos
tradicionalmente atribuidos a Hipócrates (c. 460-377 antes de Cristo).
Todavía en nuestros días es pronunciado por quienes se incorporan
a la profesión médica, como expresión de su compromiso de
obedecer las normas éticas que rigen su ejercicio. A la exigencia de no
dañar, también, hace alusión el difundido aforismo primum
non nocere (lo primero, no dañar), que igualmente tiene su remoto origen
en la tradición hipocrática. El principio de no dañar es
absoluto y no admite excepción. Nunca un acto médico puede, por
comisión, omisión, negligencia, imprudencia o complicidad, afectar
directamente o indirectamente la salud física, psíquica o social
de las personas, o su dignidad, y nunca un médico puede invocar órdenes
superiores para justificar actos de ese tipo.
El cumplimiento del principio
de no dañar está sometido a fuertes tensiones en el caso de médicos
de fuerzas armadas, cuando deben atender a enemigos prisioneros o heridos. En
tal situación dicho principio exige que el prisionero o el herido de guerra
sea tratado respetando todas las obligaciones de la práctica médica,
por peligrosa, cruel o delictiva que haya sido su conducta o la de su bando. Los
médicos militares están inhibidos de utilizar sus conocimientos
como arma, y deben negarse a aceptar las órdenes que así lo exijan.
Deben abstenerse de participar, consentir u ocultar acciones que afecten el principio
de no dañar. Lo mismo rige para los médicos de policía, hecho
que es también pertinente en nuestro país, donde frecuentemente
se formulan manifestaciones públicas hostiles o irónicas sobre los
derechos humanos de los delincuentes, que parecen sugerir que quienes hayan
delinquido o sean sospechosos de haberlo hecho deben ser privados de esos derechos.
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