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Volumen 14 - Nº 83 Octubre - Noviembre 2004 |
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El cultivo de plantas genéticamente modificadas o de plantas transgénicas puede generar grandes beneficios, pero también dar lugar a riesgos para los ecosistemas agrícolas y naturales. Esos riesgos –acerca de los que aún se sabe poco– dependen, entre otras cosas, de que tales plantas se crucen espontáneamente con especies silvestres emparentadas y produzcan híbridos que se diseminen en el ambiente.
En los últimos tiempos se ha debatido mucho acerca de las posibles consecuencias de una agricultura que recurra a organismos genéticamente modificados (OGM); en particular, la discusión ha versado sobre los efectos que estos organismos podrían producir en la salud humana y el ambiente natural. La cuestión sigue abierta, entre otras razones, porque la información sobre el asunto no llegó a la sociedad en el momento en que hubiese debido llegar, ni ilustró suficientemente al público. Por ejemplo, los consumidores argentinos se enteraron de que consumían soja genéticamente modificada cuando la mayor parte de la superficie dedicada a ese cultivo ya se sembraba con tal tipo de planta. Y en el momento en que se enteraron no les llegó razonable ilustración sobre las cuestiones en juego (ver ‘Sobre organismos transgénicos: asuntos económicos y éticos’, Ciencia Hoy, 67: 56-61, 2002, e ‘Impacto ambiental de los cultivos transgénicos’, Ciencia Hoy, 75: 26-37, 2003). El resultado fue que, exacerbadas por temores ante lo desconocido, afloraron mezcladas diversas preocupaciones de la sociedad, como la seguridad alimentaria, la salud animal, la agricultura industrializada y la influencia de las grandes empresas multinacionales. Además, se difundieron visiones radicales, tanto a favor como en contra de los OGM, basadas en posiciones subjetivas y en ideologías, antes que en un análisis racional de ventajas y desventajas. No es de extrañar, pues, que las encuestas de opinión hayan puesto de manifiesto que la percepción pública de los riesgos de los OGM suele estar distorsionada con relación a la realidad de esos riesgos. Como se puede apreciar en el cuadro, algunos de esos riesgos son exagerados por el público y otros no son suficientemente valorados.
Las plantas que hoy se cultivan y el ganado que se cría son el resultado de una prolongada acción del hombre sobre la naturaleza, en un proceso que se inició hace miles años, en lo que la historia denominó la revolución neolítica, por la que las bandas de cazadores recolectores pasaron gradualmente a vivir como agricultores y pastores. Al principio dicha acción tuvo lugar de forma más o menos intuitiva, pero luego pasó a hacerse de manera programada, por ciclos sucesivos de selección de plantas o animales con características deseables y de cruzamiento de los individuos elegidos para producir una progenie con los rasgos deseados. A ese mejoramiento genético tradicional se ha adicionado ahora uno moderno, que se vale de distintas herramientas para facilitar o acelerar los procesos. Tales herramientas incluyen manipulaciones de células, órganos y tejidos in vitro. Según algunos investigadores, todos los organismos vegetales u animales que son producto de la intervención humana y se obtienen mediante la reproducción sexual son OGM en un sentido amplio.
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