Volumen 14 - Nº 80
Junio-Julio 2004

Las entidades nacionales de Cultura al garete

En las últimas semanas, la Biblioteca Nacional volvió a ocupar los titulares de los diarios en los términos a los que la institución nos tiene acostumbrados: no precisamente con buenas noticias. En las presentes circunstancias se trató de la sonora renuncia del director, el escritor Horacio Salas, quien había entrado en conflicto con los gremios que reúnen al personal de la entidad -como ya les había sucedido más de una vez a sus antecesores- y con el secretario de Cultura, su superior inmediato, al cual acusó de no apoyarlo en general y de desautorizarlo ante los sindicalistas. Como consecuencia, el secretario Torcuato Di Tella resolvió conducir en persona la Biblioteca hasta que el presidente designase al reemplazante de Salas, y anunció que pediría a los sindicatos nombres de posibles candidatos, algo que quizá no haya que tomar del todo en serio, dado que el señor Di Tella parece concebir a la boutade como la única forma posible de comunicación pública. No mucho después hizo unas muy criticadas declaraciones periodísticas sobre la escasa prioridad que él y el gobierno dan a la cultura.

Si desde hace años la Biblioteca es una verdadera vergüenza nacional, no es la única institución dependiente de la secretaría de Cultura que merece ese calificativo: el Museo Histórico Nacional no le va mucho en zaga, mientras el Teatro Cervantes pone en escena obras cuyas funciones deben ostentar el privilegio de combinar su irrelevancia cultural con ser las más costosas del planeta por espectador, y la Orquesta Sinfónica Nacional deambula sin rumbo desde hace años por los márgenes menos significativos de la actividad musical.

El gobierno actual no es responsable de la situación que comentamos, pero poco ha hecho, en el año que lleva en el poder, para mejorar las cosas. Se advirtió un paso en la dirección correcta en el Museo Nacional de Bellas Artes, si bien ese avance quedó oculto por la agresión primero y la negligencia después de que fue objeto el Fondo Nacional de las Artes, y por la ausencia de cambios en el resto del amplio espectro de instituciones que cobija la secretaría de Cultura. Quizá aquella negligencia y esta falta de cambios, incluso del anuncio de alguna idea que pudiese conducir al cambio, indiquen de manera elocuente que las instituciones culturales no merecen, en efecto, la más mínima prioridad para el gobierno nacional, por más que el jefe de gabinete lo haya desmentido en términos más inquietantes que tranquilizadores. Es bien posible, de todos modos, que ante las actuales urgencias en otros sectores y la incapacidad de muchas de las mencionadas entidades de realizar una tarea mínimamente razonable, haya buenos argumentos para defender tal actitud.

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