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Volumen 14 - Nº
80
Abril - Mayo 2004 |
El 18 de marzo último, en un acto en la Casa Rosada que encabezaron el presidente de la Nación, el ministro de Educación, Ciencia y Tecnología y el presidente del Conicet, el gobierno anunció aumentos del presupuesto oficial destinado a financiar la investigación científica y tecnológica. Se trató, en esencia, de una asignación adicional de dinero para (i) otorgar becas a quienes procuran iniciarse en la actividad becas doctorales y postdoctorales, (ii) permitir a los que completaron su formación superior ingresar en la carrera del investigador del Conicet y (iii) otorgar incrementos salariales a becarios y miembros de dicha carrera. Tales incrementos son significativos y hasta adecuados para los becarios, pero se hacen crecientemente modestos para los investigadores de los diferentes niveles, sobre todo los más altos. Así un becario doctoral pasaría de una asignación mensual de unos $730 a unos $1170; un becario postdoctoral de $950 a $1300; un investigador del nivel inicial de $1000 a $1440 pero, en el otro extremo de la escala, un científico de la máxima categoría, para llegar a la cual necesitó por las normas vigentes haber realizado una contribución internacionalmente reconocida a su disciplina, pasaría de ganar $3600 a $3800 mensuales.
Según la información que pudo recoger Ciencia Hoy, la iniciativa
gubernamental implicó movilizar alrededor de 43 millones de pesos, provenientes
de reforzar el presupuesto del Conicet y de reasignar en este partidas destinadas
a mejorar edificios, labor que, por ello, quedó suspendida. Los comunicados
oficiales indicaron que se incorporarían así unos 1400 becarios
al sistema de formación, más unos 550 nuevos investigadores, guarismos
sin duda significativos pues implican una recuperación importante de
los muy menguados planteles de personal en las respectivas categorías.
Se estimó que, en cifras redondas, el número de becarios doctorales
aumentaría de unos 1700 a unos 2700, es decir un 60 por ciento; el de
becarios postdoctorales de unos 420 a unos 770, o un 85 por ciento, y los investigadores
profesionales del nivel inicial de la carrera, inapropiadamente llamados investigadores
asistentes, crecerían de unos 460 a algo más de 1000, lo que implica
una expansión del 120 por ciento. La mayor parte trabajará en
las universidades y facultades en que se realiza investigación científica
y tecnológica, que son la minoría y están concentradas
en pocos lugares, de modo que en ellas también habrá un efecto
importante. Un número menor se desempeñará en centros o
institutos ajenos a la universidad.
La reacción de la prensa ante la noticia fue favorable, como lo fueron
las opiniones de los miembros de la comunidad académica. Con hidalguía
y sin disidencias, los integrantes de esta, entrevistados por los medios, se
mostraron complacidos con que se concentraran los recursos en estudiantes e
investigadores jóvenes, y se abstuvieron de indicar que los de mayor
edad, es decir, los grupos a los que invariablemente pertenecían los
entrevistados, mejoraban muy poco su situación. El espíritu de
optimismo que creó la noticia (y que estos editores comparten), no borró
de todos modos la conciencia de que, con los aumentos, la remuneración
de un joven investigador de excepcionales antecedentes no estará muy
por encima del sueldo de mercado de un empleado común de oficina, y que
sus perspectivas de alcanzar algún desahogo económico, aun en
caso de tener un desempeño exitoso, serán prácticamente
inexistentes.
La última afirmación no tiene el propósito de criticar
el paso dado por las autoridades sino el de señalar que es solo el primero
del largo recorrido necesario para llevar la actividad científica local
a un más razonable nivel en cuanto a tamaño, productividad y posibilidad
de competir en la arena internacional. La decisión oficial evidencia
un sano sentido de las prioridades y señala que el gobierno ha prestado
atención al asunto. La comunidad académica espera que ahora considere
otras medidas, muchas de las cuales, y no las menos importantes, requieren ideas
y decisión política más que dinero.
Posiblemente una de las primeras y más trascendentales cuestiones a
encarar sea modernizar y dar racionalidad a la constelación de organismos
públicos de fomento o ejecución de ciencia y tecnología,
y al mismo tiempo crear condiciones que alienten la participación privada
en el sector. La realidad es que esa constelación data de hace aproximadamente
medio siglo y en muchos casos se mantuvo inmóvil dentro de las ideas
fundacionales, adaptadas a circunstancias hace mucho desaparecidas, o progresó
en direcciones que hoy tampoco tienen vigencia. Un buen ejemplo de esta necesidad
de modernización es, precisamente, el Conicet, el corazón del
sistema y el organismo por antonomasia de promoción científica,
cuyas dificultades son tales que un gobierno anterior simplemente desesperó
de encararlas y creó un ente nuevo, la Agencia Nacional de Promoción
Científica y Tecnológica. En consecuencia, sería imprescindible
establecer un único plan estratégico que incluyera a ambos, así
como a otros entes de la constelación que se desplazan en órbita
con rumbos no muy ciertos, como la Comisión Nacional de Energía
Atómica, el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria, el
Instituto Nacional de Tecnología Industrial y el Instituto Nacional de
Investigación y Desarrollo Pesquero.
Cada uno de los organismos nombrados responde a una situación particular,
tiene virtudes propias y adolece de problemas específicos. La carrera
del investigador del Conicet posiblemente sea el mejor mecanismo de selección
y control de calidad que exista en el país lo cual no significa
que sea impecable pero la plétora de institutos propios y centros
regionales de ese organismo (incrementados estos con los que impúdicamente
hicieron construir en sus pueblos natales varios jerarcas de gobiernos recientes),
con las honrosas excepciones que siempre existen, seguramente produce magros
resultados con relación al elevado costo que ocasiona. Habría
que mirar con toda seriedad la posibilidad, por ejemplo, de concentrar las funciones
del Conicet en la carrera del investigador, con su antesala de becas internas
y externas de formación doctoral y postdoctoral (estas en las disciplinas
en que son aplicables), concentrar la Agencia en la tarea de dar subsidios para
pagar los gastos de investigación (que no tienen por qué excluir
becas integradas a proyectos, ni subsidios para colaboraciones con el extranjero,
ni recursos para viajes académicos, ni equipos de mediano y alto costo
de uso compartido por diversos grupos) y poner centros regionales e institutos
bajo otras tutelas, en particular, según sus temas, universidades, provincias,
municipios o entidades privadas sin fines de lucro que reciban apoyo del mundo
empresario.
La CNEA es un maravilloso caso de eximios actores que, como en una pieza de
Pirandello, perdieron el libreto, ya que estructuras que nacieron y vivieron
con la visión estratégica de un plan nuclear nacional quedaron
sin norte con la desaparición de este. No hay duda de que muchos integrantes
de la institución tienen ideas claras y valiosas sobre posibles nuevos
rumbos a tomar (y, como suele suceder en este bendito país, algunos ya
las empezaron a poner en práctica por su cuenta), pero falta que en las
esferas superiores del gobierno se formule la nueva orientación estratégica,
se instaure un sentido de conducción institucional, se articulen las
necesarias políticas y se reasignen correspondientemente los recursos.
Mientras eso no empiece a suceder, continuará la desorientación
e irá creciendo el deterioro que se aprecia a poco que se mire con cuidado.
El INTA, el INTI y el INIDEP enfrentan el singular desafío de articular
investigación científica con las necesidades de los respectivos
sectores empresariales y de dar estímulo a la iniciativa privada para
que transforme el conocimiento académico en aplicaciones, algo en lo
que el país está sumamente atrasado, y para encarar lo cual la
tradición local y la cultura de los centros de investigación están
mucho menos preparados que para la producción primaria del conocimiento
científico o tecnológico.
Bienvenida sea la decisión del gobierno de hacer los ajustes presupuestarios
comentados. Que ellos y la inyección de optimismo que provocaron sirvan
de estímulo para encarar las cuestiones de fondo. Hay mucho para hacer
que no requiere dinero. Incluso hay mucho dinero desperdiciado en el sistema,
mucho más que el modesto incremento que motivó este editorial.
Ya es hora de poner esfuerzo en usarlo más productivamente.
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