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Volumen 14 - Nº
80
Abril - Mayo 2004 |
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Acerca del informe sobre las ciencias del mar en la Argentina que, a modo de editorial, publicara Ciencia Hoy en el número 78, estimo que, a pesar de su corta estadía en el país, el comité que lo redactó hizo una acertada lectura del estado actual de la oceanografía y de las instituciones que le están consagradas. Pienso, sin embargo, que no es fácil comprender el estado de postración en que se encuentra la disciplina si se desconocen algunos hitos históricos de su desarrollo en los últimos cincuenta años. En 1990, en el número 10 de la revista (pp. 58-61) describí la creación en 1960 del Instituto Interuniversitario de Biología Marina de Mar del Plata, hoy llamado Instituto Nacional de Investigación y Desarrollo Pesquero, INIDEP, una entidad innovadora por su carácter interinstitucional e interdisciplinario, aunque por circunstancias fortuitas fuera llamada de biología marina. En 1985 se creó una comisión asesora de ciencias del mar en el CONICET, cuyos fines también fueron promover investigaciones interinstitucionales e interdisciplinarias, poner énfasis en la formación de jóvenes investigadores y racionalizar el uso de los costosos barcos de investigación y los múltiples laboratorios instalados desde Ushuaia a Mar del Plata. La tarea de esa comisión, que tuve el honor de presidir, está reflejada en el informe Diseño de una política científica para el Mar Argentino, de 1989, que resulta un complemento útil del escrito por el comité reunido por Antorchas. A principios de la década de 1990, la mencionada comisión asesora fue disuelta y su informe quedó sin atención. Las políticas aplicadas a las ciencias marinas no solo significaron el deterioro de las investigaciones sino, también, la enajenación de los recursos oceánicos, especialmente los pesqueros, y su insostenible explotación. Es nuestro deseo que en el siglo XXI se concreten las viejas aspiraciones de los pioneros de las ciencias del mar, por las que lucharon desde fines del XIX. Es de esperar que no se continúe desconociendo esa cuarta parte del territorio nacional cubierto por el mar epicontinental. Las ciencias del mar podrán entonces cumplir con su cometido.
Astronomía precolombina
En la nota Guía del cielo nocturno, publicada en el número 78 de Ciencia Hoy, Pedro Saizar incluyó un pequeño recuadro titulado ‘La astronomía y la conquista de América’, en el cual relata cómo Colón aprovechó un eclipse de luna, que estaba en condiciones de predecir usando las efemérides astronómicas de Johannes Regiomantanus, para demostrar su poder a los indios. No creo que la astronomía haya sido utilizada de esta manera durante la conquista, porque los aborígenes de América eran mucho más conocedores del cielo que los marinos europeos. Se podría hablar de su diseño de calendarios, de su conocimiento de las fases de la luna (fases que conocían sin la ayuda del telescopio) y de los eclipses solares y lunares.
El episodio que relató el recuadro figura tanto en la Historia del almirante don Cristóbal Colón, escrita por su hijo Hernando y publicada en Italia en 1571 después de la muerte de este (capítulo 103), como en la Historia general de las Indias 1492-1520 de fray Bartolomé de las Casas, incluido en esta sobre la base de la fuente anterior. Por otro lado, se refiere a los indios del Caribe, que carecían de los conocimientos astronómicos de las culturas mesoamericanas. Estas, en efecto, tenían la capacidad de predecir eclipses, pero ejercida mediante calendarios y algoritmos. En otras palabras, no era producto de una comprensión del fenómeno basada en un sistema cosmológico o, si se prefiere, un modelo geométrico del movimiento de los astros. Algo parecido sucedió en la antigua Mesopotamia y en otras culturas en las que la contemplación del cielo era el resultado de la práctica de realizar augurios. La cuestión fundamental que plantea la carta de la lectora es la posibilidad de comparar la astronomía de las civilizaciones mesoamericanas con la del occidente latino de principios del siglo XVI. Ello, sencillamente, carece de todo sentido. No se puede especular acerca de cuán avanzados estaban los mayas o aztecas en conocimiento astronómico porque los presupuestos, conceptos, instrumentos y metas de las observaciones del cielo en esas culturas eran, en gran medida, inconmensurables con sus equivalentes en el ámbito europeo, que condujeron a la ciencia actual.
Malezas comestibles
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Con relación al artículo Valor nutricional de las malezas comestibles, aparecido en el número 76 de Ciencia Hoy, los colonos galeses que llegaron al Chubut en 1865 solían consumir lengua de vaca [también llamada ‘romaza’, Rumex crispus] para paliar en parte la falta de alimentos de los primeros años. John Daniel Evans, descendiente de esos pobladores iniciales, recordó acerca de su infancia: Mi madre me llevaba en el anca de una yegüita negra […] que habíamos obtenido en trueque del cacique Uisel. Todos los días íbamos a juntar lengua de vaca cerca de la casa de Elizabeth Hughes. Nunca vi hierba como esa. Era de gran tamaño, las hojas parecían de ruibarbo y la había en abundancia. Mi madre la hervía en un colador de lata, que durante años conservó el color verde de la lengua de vaca. Relató también que con otros muchachos jóvenes juntaba la maleza cerca de Rawson: …salíamos temprano por la mañana y llegábamos hasta cerca de Plass Hedd[Mansión de paz, la casa de Lewis Jones, un patriarca de la colonia], llevábamos latas para hervirla y luego comerla. Ese era nuestro almuerzo y cena. Los indios decían que los pichi huincas[chicos blancos] salían a comer yuyos como el uaca y el cauello, o sea la vaca y el caballo. Las citas están en Clery Evans, John Daniel Evans el molinero, edición del autor, Trelew, 1994.
FE DE ERRATAS
En el artículo ‘¿Puede ser útil la contaminación radiactiva?’ (Ciencia Hoy 79, p. 60) la figura 4 tiene un error. El último pico a la derecha de la figura, más bajo que los demás y rotulado ‘1983’ debe decir ‘1986’, año en que, efectivamente, tuvo lugar el accidente de Chernobyl.
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