Volumen 14 - Nº 79
Febrero - Marzo 2004

        Puede ser útil la contaminación radiactiva

El común de la gente cree que la radiactividad y las radiaciones existentes en la naturaleza son solo productos del enorme desarrollo científico y tecnológico que la humanidad tuvo durante el siglo XX. Nada más lejos de la verdad.

La verdad es que, desde su formación hace aproximadamente cuatro mil seiscientos millones de años, la Tierra ha sido radiactiva. Consecuentemente, desde sus orígenes la vida en nuestro planeta siempre estuvo expuesta a cierto nivel de radiación natural, proveniente de los rayos cósmicos y del decaimiento de núcleos radiactivos.

Los elementos radiactivos naturales que se hallan en el aire, el agua y el suelo, incluso en nuestros cuerpos y en los alimentos, pueden clasificarse en: primordiales, creados antes de la formación de la Tierra, o cosmogénicos, formados como resultado de reacciones entre los núcleos de los gases que constituyen la atmósfera y los rayos cósmicos que caen sobre la Tierra. El potasio 40 (40K), el uranio 238 (238U), el uranio 235 (235U) y el torio 232 (232Th) son, entre otros,  radioisótopos  primordiales. Además los tres últimos en sus procesos de desintegración producen una serie de otros núcleos radiactivos. En cambio, el carbono 14 (14C) y el tritio (3H), un isótopo del hidrógeno, son ejemplos de radioisótopos de origen cosmogénico.

El advenimiento de la era nuclear, a mediados del siglo pasado, trajo aparejada la producción de nuevos radioisótopos, ahora creados por el hombre, como por ejemplo: el cesio 137 (137Cs) y el estroncio 90 (90Sr). Estos radioisótopos, llamados antropogénicos por su origen, agregaron globalmente cantidades pequeñas al inventario de la radiactividad natural. Haremos una breve descripción sobre cómo el hombre puede producir núcleos radiactivos como el cesio 137, motivo de nuestro artículo. De cómo sin meditarlo lo esparció y de cómo luego, en algunas ocasiones, pudo en parte reparar su error utilizando la contaminación que generó.

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