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Volumen
13 - Nº 77
Octubre-Noviembre 2003 |
Los primeros estudios sobre la capacidad de orientación de los murciélagos datan de fines del siglo XVIII, cuando el naturalista italiano Lázaro Spallanzani (1729-1799) y el médico y zoólogo suizo Louis Jurine (1751-1819) realizaron una serie de experimentos con estos animales. En 1793, Spallanzani observó que los murciélagos y las lechuzas lograban desviarse de los obstáculos al volar en una sala iluminada por velas, pero una vez estas apagadas, solo los murciélagos volaban sin chocar con nada. Para asegurarse de que no utilizaban la visión, repitió el experimento con animales cegados artificialmente y verificó que mantenían esta habilidad. Spallanzani concluyó que la visión no era esencial para la orientación de los murciélagos, pero sus estudios no dejaban claro cómo hacían para esquivar los objetos en total oscuridad (o ciegos).
En la misma época, en Ginebra, Jurine descubrió que al obstruir las orejas de los murciélagos con tapones de cera, quedaban totalmente desorientados. Spallanzani ya había intentado un experimento semejante, pero no les había tapado bien los oídos. Una vez que supo los resultados de Jurine, usó tapones más eficaces, repitió la experiencia y constató que, de este modo, los animales no lograban esquivar los objetos. Con esto, confirmó que la audición, y no así la visión, era fundamental para la orientación de los murciélagos.
Durante más de un siglo, varios investigadores abordaron lo que se conoció
como el problema de Spallanzani, pero sus conclusiones (y las de
Jurine) no fueron aceptadas. En 1912, después del naufragio del Titanic,
y para evitar tragedias semejantes, el inventor norteamericano Hiram Maxim (1840-1916)
propuso, sobre la base del sistema utilizado por los murciélagos para
esquivar los objetos en la oscuridad, la construcción de un aparato que
detectaba obstáculos en el mar. Pero como el funcionamiento de aquel
sistema aún no estaba del todo claro, Maxim postuló que los murciélagos
utilizaban sonidos de baja frecuencia. El sonar (el aparato propuesto)
surgió durante la primera guerra mundial, cuando fue utilizado para detectar
submarinos, y en 1920 se demostró que los sonidos de alta frecuencia
eran más apropiados para la detección de objetos.
A fines de los años 30, el biofísico norteamericano Donald
Griffin (1915- ), siendo aún alumno de la Universidad de Harvard, comprobó,
usando micrófonos capaces de captar ultrasonidos, que algunas especies
de murciélagos emitían constantemente pulsos de sonidos de alta
frecuencia durante el vuelo. También descubrió que, al aproximarse
a los obstáculos, estos murciélagos emitían más
pulsos en intervalos menores de tiempo.
Griffin repitió y perfeccionó los experimentos de Spallanzani
y le dio al sistema de orientación espacial adoptado por los murciélagos
el nombre de ecolocalización (echolocation, en inglés). Hasta
los años 50, la ecolocalización se consideraba un método
eficiente para evitar las colisiones, pero nunca se imaginó que podía
ser utilizado en la captura de presas. Fue recién al estudiar el comportamiento
de los murciélagos en la naturaleza, cuando instaló sus equipos
en un lago donde diversas especies
de murciélagos buscaban alimento, que Griffin percibió que utilizaban
el mecanismo activamente para detectar y capturar insectos.