Volumen 13 - Nº 77
Octubre-Noviembre 2003

Cartas de lectores

 

MÁS SOBRE JAGUARES EN LA PATAGONIA

A propósito de la nota de Fernando Ramírez Rozzi ‘La cueva de los yaguaretés’, aparecida en el número 72, así como de las cartas que se publicaron en los números 74 y 75, creo que puedo agregar alguna información de interés. No cabe duda de que, en los siglos XVIII y XIX, ese félido se podía hallar en el norte de la Patagonia, hasta las costas del río Negro. A los testimonios citados por Isla podrían agregarse otros. Así, el 24 de noviembre de 1780, mientras recorría las costas del río Negro por encargo de Francisco de Viedma, José Ignacio Pérez encontró un tigre muerto, según figura en el legajo 327 del Archivo de Indias. En septiembre de 1891, el misionero salesiano Pedro Bonacina participó en la cacería de un tigre en la actual provincia de La Pampa, al norte del río Colorado, y con ese se acabaron los tigres en aquellos parajes, escribió. El español Juan de la Piedra recorrió las costas del golfo San José, en Chubut, en enero de 1779 y anotó en su diario del 7 de enero haber encontrado excremento de guanacos, carneros de la tierra, tigres y gamos; haber visto tigres y gamos los dos días siguientes, y haber encontrado rastro de tigre el 31. Se puede suponer que, más bien, se refería a puma o león, frecuente en la región. Y hay un dato del siglo XVI: los días 12 y 13 de febrero de 1580, Pedro Sarmiento de Gamboa apuntó haber observado rastro de tigres y leones en tierras magallánicas, en inmediaciones de la actual Punta Arenas.

Raúl L Carman
Buenos Aires

En su réplica a Federico Isla, publicada junto con la carta de este en el número 74, Fernando Ramírez Rozzi reitera ciertos conceptos que, a mi entender, están equivocados. Sin duda, las pinturas rupestres que comentó tienen gran valor arqueológico, artístico y zoológico. Tal vez el error cometido por el autor del artículo fue proporcionar referencias complementarias que solo tendieron a oscurecer la cuestión. Me refiero a los relatos de Isaac Morris, usados para certificar la presencia del yaguareté en la Patagonia y para asegurar que este y sus hombres desembarcaron al sur del río Colorado. Dicha aseveración no fue demostrada en su réplica con el mismo rigor con que el autor trató otras cuestiones. La opinión de Isla es la de un buen conocedor de la historia de la costa argentina, como se desprende de su libro Los exploradores de la Patagonia, Universidad Nacional de Mar del Plata, 2002. Por su lado, Ramírez Rozzi confundió al lector en su réplica al denominar ‘naufragio’ al desembarco en la costa atlántica argentina de los náufragos del Wager, un navío británico que no naufragó en el Atlántico sino en el Pacífico al sur de Valdivia. Como consecuencia de ese naufragio y de otras penurias sufridas antes por la tripulación del buque, se produjo un motín que indujo a un grupo de hombres a huir por el Atlántico hacia el Brasil en dos pequeñas embarcaciones. En esa huida, Morris y otros siete náufragos fueron abandonados en la costa mientras buscaban alimento y agua, precisamente en el lugar que está en discusión y que, según Isla y el suscripto, coincidiendo con otros autores y varios cronistas, se ubica en la zona de la actual Mar del Plata. No es cierto que las características de la costa descriptas por Morris se repitan a lo largo del litoral marítimo argentino y que aparezcan varias veces en la Patagonia, como lo señaló Ramírez Rozzi. Ellas solo se encuentran en la forma y combinación que menciona Morris en el sector marplatense, en los afloramientos de rocas cuarcíticas propios de esa zona. Dichas características, las distancias que menciona el inglés y los días de marcha no dejan mayores dudas acerca de que no se trata de la desembocadura del río Colorado. Que los náufragos del Wager se hubieran alimentado de lobos marinos proporciona un argumento más a favor de la zona marplatense, a la luz de lo que hemos publicado sobre la historia de los apostaderos de esos mamíferos marinos en tal zona (D Rodríguez y R Bastida, ‘Four hundred years in the history of pinniped colonies around Mar del Plata’, Aquatic Conservation of Marine and Fresh Water Ecosystems, 8:721-735, 1998). Por otro lado, las consideraciones del autor del artículo sobre la distribución geográfica del yaguareté no sirvieron demasiado para aclarar dudas sobre el arte rupestre. No dudo de que las pinturas comentadas representen a ese felino, ni advierto razones zoológicas, arqueológicas, estéticas o simbólicas que lleven a poner eso en cuestión. En la pintura del sector VIII (en la numeración que le dio Jean-Marie Franchomme), pueden apreciarse claramente las manchas características del animal. Coincido con Laura Miotti en que la zona de las cuevas no era típica de la especie, pero el anónimo y nómade artista bien pudo haber visto yaguaretés en tierras patagónicas, donde eran más comunes, según cronistas del siglo XVI y naturalistas del XVIII, que citaron su presencia en el norte de la Patagonia, como lo hizo Félix de Azara en 1802, probablemente con referencia a la latitud de los ríos Negro y Colorado. Con el correr del tiempo el animal se fue haciendo más raro, pero en 1860 Guillermo Hudson lo mencionó para la zona de Saladillo. Quizá debería llamarnos la atención que no haya sido incorporado al arte rupestre con una mayor frecuencia, dado el sentido simbólico que le dieron muchos pueblos aborígenes. En definitiva, lo importante de esta cuestión es el hallazgo del tristemente desaparecido Franchomme y la decisión de Ramírez Rozzi de difundirlo, lo que posibilitó, además, una interesante discusión interdisciplinaria.

Ricardo Bastida
Universidad Nacional de Mar del Plata

FRONTERA CON EL PARAGUAY


Consultada la Cancillería sobre las dudas expresadas por el lector Artenio Driutti y publicadas en el número 76, acerca del trazado de la frontera entre la Argentina y el Paraguay allí donde la marca el río Pilcomayo, resume a continuación la respuesta recibida:

El tratado de límites del año 1876 y los tratados complementarios de límites de 1939 y 1945 establecieron que el límite entre la Argentina y el Paraguay quede determinado por el río Pilcomayo, entre Esmeralda y su desembocadura en el río Paraguay. La demarcación está totalmente terminada. Se erigieron 280 hitos en los 980 kilómetros de extensión de la frontera. El recorrido del límite demarcado y aprobado por ambos países es independiente de las variaciones del Pilcomayo o de su desaparición en algunos sectores. A fines del siglo XIX y comienzos del XX, las aguas de este río llegaban hasta el estero Patiño, a 24° de latitud sur. Hasta 1943 ese estero era un área de inundación pero hoy se ha transformado en una frontera seca. Entre 1940 y 1975 el cauce del río se rellenó a razón de 5km por año aproximadamente. En 1967 fue levantada la estación de aforo Fortín Nuevo Pilcomayo, dado que el río había pasado allí a ser un estero. Desde 1943 en adelante, la tasa media de retroceso del Pilcomayo fue de 10km por año. En el proceso histórico de definición de los límites entre ambos países, las partes actuaron sobre la base de que el Pilcomayo no podía utilizarse como límite internacional.

Javier A Sanz de Urquiza
Director de Límites y Fronteras


DIFICULTADES DE UNA TRADUCCIÓN

He leído con interés de patólogo pediátrico acostumbrado a revisar biopsias de intestino delgado de niños el artículo ‘Probióticos, prebióticos y simbióticos. Moduladores del sistema digestivo’, aparecido en el número 75. Más allá de los sugeridos efectos de estos productos quisiera señalar que entre las figuras 1A y 1B no hay diferencias, y que la 1C muestra simplemente un desprendimiento del epitelio superficial del intestino. La desorganización de la punta de la vellosidad (en el centro de la 1C) es un corte tangencial de esta. Todos los días vemos cosas como esa en las biopsias perorales de intestino delgado. La figura 1B muestra un desprendimiento traumático, artificial, del epitelio, que aparece suelto en el ángulo inferior derecho. Por su lado, las figuras 2A y 2B no son comparables, ya que la primera muestra aplanamiento vellositario y la segunda mucosa de intestino no distendido. Shigella flexneri, como otras especies de Shigella, produce atrofia y desaparición de vellosidades por enteritis, es decir por inflamación, con edema, congestión, necrosis y exudado inflamatorio, alteraciones que definitivamente no aparecen en 2A. La documentación microfotográfica no avala el supuesto efecto de los productos referidos en el artículo.

Ricardo Drut
Facultad de Ciencias Médicas
Universidad Nacional de La Plata

Responden los autores desde el Brasil:

En la traducción del artículo originalmente publicado en Ciência Hoje, las leyendas rezaban:
Figura 1. Aspecto histopatológico da mucosa do intestino delgado de ratos não-tratados (A e B) e tratados (C) com Saccharomyces boulardii e desafiados com Vibrio cholerae (B e C).
Figura 2. Aspecto histopatológico da mucosa do intestino delgado de camundongos não-tratados (A) ou tratados (B) com Sacharomyces boulardii e desafiados com Shigella flexneri.
La leyenda de la figura 1 quedó un poco confusa en la versión publicada en Ciencia Hoy. Representaría: (A) ratón normal; (B) ratón infectado con Vibrio cholerae (sin tratamiento con Sacharomyces boulardii); y (C) ratón infectado con Vibrio cholerae y tratado con Saccharomyces boulardii. Hay diferencias muy claras entre 1A y 1B, que representan la mucosa intestinal de un ratón normal y de uno infectado con Vibrio cholerae, a saber: (i) el epitelio en 1A está íntegro, lo que puede ser fácilmente notado por el contorno nítido que da la coloración por el PAS; (ii) el área PAS positiva está ausente de la figura 1B, pues el epitelio fue destruido, y (iii) la estructura subepitelial está desorganizada en la figura 1B, lo contrario de lo que se ve en la 1A. Si se compara 1C con 1A y 1B, se advierte que en la primera el epitelio intestinal está más preservado y que tiene apenas una pequeña lesión en la punta de una vellosidad, como notó el propio lector. Pero la estructura de la lámina está desorganizada bajo esa lesión superficial, de lo que se deduce que el Saccharomyces boulardii confiere protección parcial de los daños causados por el Vibrio cholerae

En la figura 2A el aplanamiento vellositario no ocurre por distensión de la luz sino por la lesión causada por la Shigella flexneri. No hay evidencia de distensión de la luz intestinal. En la figura 2B la mucosa está normal. El ratón recibió la misma dosis de Shigella flexneri que el de la figura 2A, pero también tratamiento con Sacharomyces boulardii. Nuevamente, hay una protección contra las lesiones conferidas por esta.

Para salvar otras dificultades de la traducción, agreguemos que los animales de la figura 1 son ratas (en portugués ratos, género Rattus), mientras que los de la 2 son ratones (en portugués camundongos, género Mus), a pesar de que esto no hace mucha diferencia en el contexto del artículo.

Jacques R Nicoli y Leda Quércia Vieira
Universidad Federal de Minas Gerais

MUSEO INCENDIADO

El 1° de julio ocurrió un hecho triste que, como es característico de la época en que vivimos, pasó como una ráfaga por los medios de comunicación y fue olvidado poco después por la mayoría. Me refiero al incendio que destruyó parcialmente la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Rosario y casi totalmente al Museo Provincial de Ciencias Naturales Ángel Gallardo, que compartían el mismo edificio. Esta última institución fue fundada por mi abuelo, Pascual Maciá, que fue su primer director y permaneció en la función hasta poco antes de morir. Por ello me produjo un especial dolor saber que la mayoría de las colecciones del museo se perdieron para siempre por el fuego originado en las bengalas arrojadas por manifestantes. Desconozco si las razones de la manifestación eran justas. Pero los reclamos sociales pierden su validez cuando en lugar de mejorar el mundo, lo degradan. Las piezas del Museo Ángel Gallardo pertenecían también a quienes dispararon esas bengalas, como a cualquier otro ciudadano. Ahora, igual que el resto de la sociedad, nunca más podrán disfrutar de ellas.

Arnaldo Maciá
Facultad de Ciencias Naturales y Museo, UNLP


IndiceInicioSiguiente
Pág. 10/11