Volumen 13 - Nº 76
Agosto - setiembre 2003

Los orígenes del sexo La reproducción sexual se originó muy tempranamente en el curso de la evolución de las especies, superando a la más primitiva reproducción asexual. La reproducción sexual, a diferencia de la asexual, permite que las mutaciones favorables de los genes de un determinado organismo se distribuyan rápidamente entre otros organismos similares mientras que se eliminan rápidamente las mutaciones letales. Gracias a la reproducción sexual la biosfera está dotada de una gran variedad de genomas que cambian permanentemente, dando origen al desarrollo de individuos genéticamente únicos y prácticamente irrepetibles, enriqueciendo así con diversidad y belleza el mundo de los seres vivos.

 


Figura 1. Creación de Eva a partir del costado de Adán (Niccolo, 1138).

El libro del Génesis de la Biblia contiene dos relatos que describen la creación del ser humano. En uno de ellos (Génesis, 2: 21-24), se dice que el Creador decidió que Adán, el primer hombre, debía tener una compañera, para lo cual, de un Adán profundamente dormido, extrajo una costilla a partir de la cual creó a Eva. En el otro (Génesis, 1: 21-24), atribuido a una tradición más reciente, hombre y mujer fueron creados separada y simultáneamente. La primera de las tradiciones está reflejada en muchas de las obras de arte de la profundamente religiosa Edad Media. Un ejemplo de ello son los bajorrelieves de la Iglesia de San Zeno, en Verona, obra del escultor Niccolo en 1138, uno de los cuales se muestra en la figura 1.

Las tradiciones suelen reflejar vivencias propias de los pueblos de donde se originan. En este sentido puede suponerse que las descripciones de la creación del ser humano en el libro del Génesis indican la conciencia acerca de la unidad fundamental entre el hombre y la mujer, constituyentes de la especie humana. La atribución de la prioridad de la creación al varón en la tradición más antigua, probablemente expresa la actitud común en muchas sociedades de la antigüedad –y aún del presente– de relegar la mujer a un segundo plano. Esta actitud contrasta con la realidad biológica que señala que en todos los vertebrados, incluyendo al ser humano, el sexo femenino es el primario por defecto en un sentido tanto evolutivo como embriológico, vale decir que en ausencia de otro factor que lo condicione, un organismo desarrollará características propias del sexo femenino. La prueba de esto es la célebre experiencia del fisiólogo francés André Jost, publicada en 1947, en la que se demostró que la extirpación temprana de las gónadas (glándulas sexuales que pueden estar destinadas a ser ovario o testículo) de un mamífero en gestación, siempre determina que el feto, y eventualmente el adulto, se diferencie adquiriendo características femeninas en el tracto genital interno y externo.

La predominancia de lo femenino se expresa también en los orígenes evolutivos de los vertebrados, y en las clases más primitivas de estos, como es el caso de los peces. En las fases iniciales de formación de los animales vertebrados (como los peces), las gónadas primitivas en un mismo individuo pueden diferenciarse en ovarios, testículos o en ambos tipos. Cuando sucede lo último se constituyen organismos hermafroditas. Este término proviene de Hermaphroditos, que en la mitología griega es el nombre del hijo del dios Hermes y la diosa Afrodita. Hermafrodito fue abrazado por la ninfa Salmacis hasta que sus cuerpos se fundieron para formar uno solo en el que coexistían ambos sexos. El hermafrodita ha sido tema de numerosas obras de arte; un ejemplo de esto se muestra en la figura 2.

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