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Volumen
13 - Nº 76
Agosto - setiembre 2003 |
Memoria de
la Ciencia
Miguel de Asúa
El 25 de abril de 1953, hace 50 años, Watson y Crick publicaron en Nature su fundamental artículo sobre la estructura del ADN. La saga de este descubrimiento, en el que compitieron varios grupos y personas, constituye uno de los más espectaculares episodios de la historia de la ciencia en el siglo XX y ha sido extensamente estudiado. Pero se ha prestado poca atención al papel jugado por los enfoques metodológicos alternativos utilizados por los distintos protagonistas, un tema que quizás merezca una atención detenida.
Con motivo de cumplirse los 50 años del descubrimiento de la estructura del ADN por Watson y Crick, una catarata de artículos sobre el tema inundó las publicaciones científicas especializadas y la prensa general internacional1. Aquí vamos a detenernos en un aspecto particular de esta historia, poniendo de relieve algunas cuestiones metodológicas. El siglo XV fue el de la revolución de nuestra imagen del universo (Copérnico, Kepler), el XVII el de la física (Galileo y los Principia de Newton, 1687), el XVIII el de la química con Lavoisier, el XIX el de las ciencias naturales con Lyell (Principles of Geology, 1830) y Darwin (Origin of Species, 1859), y el XX el de la biología, con la estructura del ADN por Watson y Crick (1953). Esta es una simplificación extrema de los momentos revolucionarios de la ciencia y, por lo tanto, sujeta a muchas críticas, pero a grandes rasgos puede defenderse. El caso es que la dilucidación de la estructura de la molécula de ADN fue el evento que catalizó de manera decisiva el desarrollo de la biología molecular y, por consiguiente, el fundamento del enfoque más productivo de la biología durante la segunda mitad del siglo XX (dejamos de lado los problemas asociados a la cuestionable vocación hegemónica de dicho enfoque).
![]() (Derecha). La fotografía de difracción de rayos X de la forma B de ADN tomada por Rosalind Franklin el 10 de mayo de 1952. |
Antes de sumergirnos en nuestro asunto, parece necesario aclarar algunos aspectos que habitualmente se dejan de lado. Si bien Francis Crick y James Watson resultaron los protagonistas indudables de esta historia, muchas voces se han levantado por el poco crédito que inicialmente se otorgó a Rosalind Franklin por su participación en las épicas jornadas transcurridas entre 1951 y comienzos de 1953. Por otro lado, el checo Erwin Chargaff del Rockefeller Institute, cuyo hallazgo de las relaciones cuantitativas entre bases púricas y pirimídicas en el ADN fue una pieza importante del problema, exhibió ante todo el mundo una ácida decepción por no haber recibido nunca el premio Nobel (Chargaff, Heraclitean Fire: Sketches from a Life Before Nature [1978]). James Watson publicó su muy difundido The Double Helix. A Personal Account of the Discovery of the Structure of DNA (1968, hay edición en castellano, La doble hélice, Biblioteca Científica Salvat) y Crick su What Mad Pursuit. A Personal View of Scientific Discovery (1988, editado en castellano como Qué loco propósito, Barcelona: Tusquets, 1993), libros en los que los integrantes del famoso dúo relatan sus no siempre coincidentes recuerdos de aquellos días gloriosos. Hay además, por supuesto, una gran cantidad de artículos y entrevistas a los participantes relacionados con los sucesos, publicados en revistas científicas. Como toda la literatura de memorias, la producida por científicos y científicas se caracteriza por la convicción de los autores de que, por haber sido actores de un episodio, tienen acceso a la auténtica verdad de lo sucedido (esto en el mejor de los casos y sin tener en cuenta segundas intenciones). Lo cual nos lleva a tomar conciencia sobre la importancia de los trabajos propiamente históricos, ya que es el historiador de la ciencia quien tiene delante de sí las diversas versiones y su tarea consiste en proporcionar un relato que, aunque inevitablemente orientado por ciertas hipótesis interpretativas, debe tratar de ajustarse a los hechos hasta donde sea posible y evitar puntos de vista unilaterales. En este género de historia especializada, además de los muchos papers en journals de historia y sociología de la ciencia, hay dos biografías sobre Rosalind Franklin (Anne Sayre, Rosalind Franklin and DNA [1975, hay edición castellana, Rosalind Franklin y el ADN, Madrid: Horas y horas, 1975] y la más equilibrada de Brenda Maddox, Rosalind Franklin. The Dark Lady of DNA [2002]; ver también Maddox, The double helix and the wronged heroine, Nature 421, 2003, 407-8, donde se critica el enfoque de Sayre). Como panorama general, está el libro fundamental del historiador de la biología Robert Olby, The Path to the Double Helix. The Discovery of DNA (1974, hay edición en castellano, El camino hacia la doble hélice, Madrid: Alianza, 1991). Una mirada superficial a este trabajo, técnico y de lectura árida, nos muestra que gran parte del esfuerzo de su autor tuvo que concentrarse en conciliar o al menos en dejar sentadas las contradictorias afirmaciones de los protagonistas sobre cómo sucedió todo.
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