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Volumen
13 - Nº 76
Agosto - setiembre 2003 |
No es frecuente que los que se dedican a la investigación científica se pregunten en serio ¿qué es la ciencia? Del mismo modo los músicos, por ejemplo, o los artistas plásticos, son renuentes a interesarse por la filosofía del arte. Pero estos grupos creativos sí tienen la capacidad de reconocer los logros sobresalientes en sus campos. Todas las sociedades, aún las más arcaicas, tienen algún tipo de técnica; muchas civilizaciones antiguas poseían un conocimiento elaborado de los saberes exactos. Pero la necesidad de explicar causalmente el funcionamiento del mundo natural en términos naturales nació con la cultura griega. En los tiempos modernos se desarrollaron en Occidente las estrategias intelectuales y operativas que conocemos como método científico asociadas al desenvolvimiento de la ciencia teórica, es decir, la explicación de fenómenos mediante entidades o procesos no perceptibles. Ya durante el siglo XVII pero sobre todo en el siglo XVIII las corrientes intelectuales más dinámicas vinculaban este vasto programa de comprensión del mundo natural con el desarrollo de aplicaciones que pudieran mejorar la sociedad, lo cual no se concretó sino hasta la segunda revolución industrial a fines del siglo XIX. El deseo de conocer el porqué de las cosas cobró impulso y se retroalimentó con los desarrollos tecnológicos traducidos en factores fundamentales de la economía, pero no por eso perdió identidad: es posible trazar su curso como una hebra dorada en el entramado de la vida social desde sus orígenes en el alba de Jonia. Exhibe una robusta vitalidad hoy en día, como los demuestran el crecimiento geométrico de la actividad científica en todo el mundo. Ahora bien, en esta larga historia es posible destacar algunos jalones, ciertos momentos en los que una larga crisis se resuelve con un logro seminal que es fundamento o marco teórico de referencia de lo que luego sucede en un determinado campo. La postulación de la estructura molecular de la doble hélice del ADN, concretado en 1953, es uno de esos hitos.
Es legítimo preguntarse cuáles fueron las condiciones que posibilitaron tanto este como otros descubrimientos claves. Por entonces, el centro de gravedad de la ciencia aún se resistía a abandonar el suelo europeo. Las dos macroteorías de la física del siglo XX (cuántica y relatividad) fueron desarrolladas en Europa. La física de partículas, a partir de la segunda posguerra, así como la biología molecular, ya estuvieron bien establecidas en los Estados Unidos. Los años de la doble hélice son un período que podríamos llamar de transición en la geografía de la vanguardia de la investigación biológica. El hecho ocurrió en el laboratorio Cavendish de la universidad de Cambridge, donde en 1897 J J Thomson había descubierto el electrón el cual, como indica la placa conmemorativa colocada en la pared del edificio, es la base de toda la electrónica y la ciencia de la computación (así como la doble hélice posibilitó una explicación unificada de muchas áreas de estudio de los seres vivos). El Cavendish puede jactarse de haber tenido varios directores de considerable jerarquía, tales como Maxwell y Rutherford. En 1953 lo dirigía Lawrence Bragg, hijo de William Bragg. Padre e hijo crearon la técnica de análisis molecular mediante difracción de rayos X, que se constituyó en una fuerte tradición de investigación británica. En el laboratorio, entonces, trabajaban Perutz y Kendrew tratando de hallar la estructura molecular de ciertas proteínas. (Todos ellos, tanto como Watson y Crick, recibieron el premio Nobel; ver Los tres caminos hacia la doble hélice, en este número). Parece que el Cavendish era un buen lugar para arrancar algún secreto fundamental a la naturaleza. ¿Por qué? ¿Acaso porque era grande, lujoso o equipado a lo grande? Parece que no, ya que desde afuera el laboratorio es indistinguible de una fábrica victoriana y, además, no es excesivamente grande ni su equipamiento en ese momento era demasiado impresionante. Pero algo debía tener, y eso era algo muy difícil de lograr: una atmósfera, una situación institucional, una mentalidad que posibilita plantearse lo que en otro editorial llamamos las grandes preguntas (A la espera del futuro, Ciencia Hoy 54:10-11, 2000) y, una vez planteadas, evitar los caminos secundarios y cortar con filo seguro hasta el núcleo del asunto. Aunque la estructura de la doble hélice pudo haberse encontrado en otros laboratorios, el caso es que sucedió en el Cavendish. ¿Por qué? Porque ahí un becario de 23 años de otro país fue aceptado para trabajar sin más trámite que una breve entrevista con el director, porque ahí había un investigador (Crick) que más o menos hacía cualquier cosa menos lo que tenía que hacer, porque según parece la gente invertía una parte considerable de su tiempo en pensar ociosamente, charlar con los colegas, jugar al tenis e ir a escuchar seminarios irrelevantes en un paisaje estéticamente propicio e intelectualmente estimulante, porque había mucha gente curiosa dando vueltas algunos de los cuales eran incluso inteligentes o al menos sabían de lo que hablaban, porque parece que nadie se preocupaba demasiado por llenar informes, porque el taller hacía lo que tenía que hacer cuando lo tenía que hacer y lo hacía bien, en fin, porque alguien había cuidado que nunca se apagara del todo la llama que Newton, tres siglos antes, había encendido. Queda como ejercicio para el lector imaginar la posibilidad de una situación paralela en nuestro medio local. La Unit for Research on the Molecular Structure of Molecular Systems, el laboratorio donde Watson y Crick trabajaban, fue creada por el Medical Research Council en 1947 para Perutz y Kendrew. Hasta 1953, es decir, durante siete años, no sucedió allí nada interesante. Pero el largo y necesario tiempo de incubación dio sus resultados. Además de la doble hélice y de la estructura molecular de la hemoglobina y la mioglobina debidas a Perutz y Kendrew, Sydney Brenner (junto con Crick y otros) dilucidaron el triplete del código genético y la función del ARN mensajero; Hugh Huxley postuló el deslizamiento de filamentos de proteína como mecanismo de contracción celular; Vernon Ingram halló que el defecto de la hemoglobina de la anemia falciforme se debía a una mutación que producía la sustitución de un solo aminoácido mientras tanto, Fred Sanger estaba en el departamento de bioquímica encontrando la secuencia de aminoácidos de la insulina. La fusión de estos grupos originó en 1962 el Molecular Biology Laboratory de Cambridge y, en total, de toda esta historia salieron 13 premios Nobel (incluido el de César Milstein, por el descubrimiento de los monoclonales en colaboración con G Köhler).
¿Tiene sentido hacer algún descubrimiento fundamental? El 30 por ciento del producto bruto de los Estados Unidos depende de aplicaciones de la mecánica cuántica (mencionado en Peter Atkins, Galileo's Finger, Oxford University Press, 2003). Hay otra dimensión, menos cuantificable, menos utilitaria pero no por eso menos real, que tiene que ver con el capital intelectual de una sociedad. Los colegios que tienen ciertas aspiraciones preparan a sus alumnos para participar en olimpíadas y competencias y, si ganan, los distinguen. Lo mismo sucede con los países. Por supuesto, en la mayor parte de los colegios se enseña de modo rutinario. Lo mismo sucede con los países. Ambos, los rutinarios y los creativos pueden alcanzar logros de distinto tipo, pero solo los creativos alcanzan el derecho a considerar que han aportado algo al noble proceso de entender el curso de la naturaleza. Sería algo extraordinario que a un director de escuela (o a un funcionario político) le interese entender la naturaleza. Es un poco más posible que una comunidad tenga entre sus integrantes a algunos que se interesen por estas cosas. Hay muy pocas personas que encuentran que la investigación científica es un desafío vital tan estimulante como para dedicarse a ella. Hay aún muchas menos que lo hagan tolerando vivir en condiciones indignas y perdiendo plata en el proceso. A guisa de un segundo ejercicio intelectual, proponemos al lector que compare la historia aquí recordada con el contraste entre la cantidad de información irrelevante que se solicita desde la universidad o las instituciones de ciencia y técnica a los investigadores (acompañada de amenazas de sanciones como suspensión del sueldo) y la ínfima y demorada entrega de recursos. La decisión de alcanzar metas científicas significativas, del tipo que hace marchar la historia, es costosa en extremo. Es mucho más sencillo hacer una nueva base de datos o diseñar un formulario electrónico que crear las condiciones para hallar el secreto de la vida'.
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