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Volumen
13 - Nº 76
Agosto - setiembre 2003 |
Nací
en Gral. Roca, en el alto valle del Río Negro; hice la secundaria en un pueblito
de Córdoba y de ahí me vine a Buenos Aires a los 18 años, a estudiar. Elegí
biología porque pensé que la ciencia era algo que tenía que estudiar, y que
no iba a poder escribir. Como casi todo el mundo, empecé queriendo ser bióloga
marina. Hacia la mitad de la carrera se produjo el boom de la biología
molecular. Había que ser, entonces, bióloga molecular. Una empieza a cursar
genética y biología molecular e inmediatamente se da cuenta de hasta qué punto
le resultan aburridas e intolerables; por lo menos, es lo que me sucedió.
A la larga una va encontrando el lugar en el cual se siente más cómoda. Para
mí fue en fisiología del sistema nervioso. Antes de terminar la licenciatura
fui a trabajar a un laboratorio de la facultad de Medicina, atraída por el
tema del tiempo: la cronobiología o los ritmos biológicos.
Sí. Luego de terminar la monografía de licenciatura, empecé el doctorado en ese lugar, trabajando con modelos animales de depresión, siempre en el área de los ritmos biológicos. El final fue un poco triste en ese laboratorio, porque muchos de sus integrantes se fueron por un conflicto con el director. Yo también lo hubiera tenido, pero en cuanto terminé me fui a los Estados Unidos a hacer el postdoc, con una jefa adorable.
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