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Volumen
13 - Nº 76
Agosto - setiembre 2003 |
FRONTERAS POLÍTICAS Y MIGRACIONES
Acerca de la mesa redonda Migraciones de ayer y de hoy, publicada en el número 72, y más precisamente sobre la afirmación de que el límite entre la Argentina y el Paraguay, marcado por el río Pilcomayo, es móvil, porque también lo es el cauce de dicho río, señalo que el brazo sur de este, entre su desembocadura en el Paraguay y, aproximadamente, Palma Sola, tiene un cauce definido, también denominado cauce inferior. Desde allí hacia las nacientes, el río no tiene cauce preciso y consiste en grandes avenidas de agua y sedimento: según cómo se deposite este, el agua se dirige hacia un país más que hacia el otro. Los mapas de uso escolar suelen mostrar un cauce del río, aun en el tramo en que realmente no existe. Para los indígenas, naturalmente, la cuestión era inexistente, pues las fronteras políticas actuales nada tienen que ver con las que separaban a las etnias que habitaban originalmente la región. Las fronteras políticas resultan poco relevantes para quienes deciden emigrar. Si se analiza el comportamiento de ciertas colectividades, como aquellas que en el siglo XIX llegaron del nordeste de la actual Italia, entonces parte del imperio Austro Húngaro, tanto del Friuli, como del Véneto, de la Lombardía o del Tirol meridional, se advierte que se instalaron igual en el Chaco argentino que en los estados de Santa Catarina y Rio Grande do Sul en el Brasil. Hoy encontramos los mismos apellidos en ambos países. Inmigrantes alemanes que originariamente fueron al sur del Brasil terminaron afincándose en Misiones, por la mayor facilidad para acceder a la propiedad de la tierra. Entre las regiones del país donde se asentaron bolivianos, habría que agregar a la provincia de Corrientes, particularmente en las localidades de Bella Vista, Santa Lucía y Lavalle. Llegaron para trabajar en el cultivo, clasificación y empaque del tomate, por la experiencia que habían recogido en Salta y Jujuy. Al comienzo era un número pequeño, que se fue incrementando por efecto de que los inicialmente llegados, cuando progresaban y se convertían en propietarios y acopiadores, traían a sus conocidos o gente de su confianza. Otro caso interesante es el de la migración interna de santiagueños para realizar tareas de despanojado del maíz (castración de la flor masculina para la producción de híbridos), actividad hoy superada por el uso de otras técnicas de producción. En el noroeste, según tengo entendido, hubo a comienzos del siglo XX alguna llegada de personal indio (es decir de la India) para trabajar en los ingenios azucareros, algo que nunca pude confirmar fehacientemente.
El río Pilcomayo tiene, en efecto, un comportamiento errático no bien conocido en 1878 cuando, por un laudo del presidente Hayes de los Estados Unidos, se lo estableció como límite entre la Argentina y el Paraguay. Por ello, las comisiones demarcadoras encontraron dificultades que llevaron a la firma de tratados complementarios en 1939 y 1945, el último ratificado en 1949. Es, precisamente, el curso del Pilcomayo tal como existía en 1945 el que sirve de base al trazado del límite, de modo que posteriores variaciones del cauce no afectan a la soberanía territorial, aunque crean graves problemas a los pobladores por el uso del agua, los que, con frecuencia, alcanzan dimensión internacional. La cuestión de límites en el Pilcomayo, pues, está definitivamente resuelta. La cartografía del Instituto Geográfico Militar en escala 1:250.000, elaborada a partir de imágenes satelitales de 1995, muestra claramente la discordancia en muchos tramos entre la línea sinuosa del límite, acorde con el curso de 1945, y el cauce del río cincuenta años después. A grandes rasgos puede decirse que el límite internacional sigue la vaguada del Pilcomayo desde Esmeralda, punto en que concurren las fronteras de la Argentina, Bolivia y Paraguay, hasta el punto Horqueta, cinco kilómetros al este del fortín Nuevo Pilcomayo. De allí el curso, en estiaje y según el río de 1945, corre por Zanja de la China y continúa hacia el norte del ex fortín Güemes, La Palmita y la ex posta General Lavalle. De tal lugar arrumba al este a través de bañados y pasa al norte del punto Santa Ana, al sur de tapera Madrid y al norte del puesto Isleta, hasta la ex laguna La Bella, la que atraviesa hasta alcanzar el cauce de su emisario principal, situado unos 600 metros al nornordeste del ex fortín Salazar. De ese punto sigue en línea recta hasta Salto Palmar para continuar luego por el actual Brazo Sur, reconocido por la comisión de estudio de 1909, hasta Juntas de Fontana, donde se le une el Brazo Norte. Unificado el cauce, el límite coincide con la vaguada hasta su desembocadura en el río Paraguay. Por otro lado, para considerar los problemas de los pobladores de la zona, que también alcanzan al territorio de Bolivia, los tres países acordaron la creación de la Comisión Trinacional para el Desarrollo de la Cuenca del Río Pilcomayo el 9 de febrero de 1995. Dichos pobladores de la frontera actúan más interesados en el agua que en el territorio, pero en el curso inferior la cuestión territorial es relevante, unida al tráfico hormiga y a las diferentes oportunidades de trabajo imperantes a uno y otro lado del límite, según la situación económica de cada país. Así nacen vínculos de amistad, cuando no lazos de familia, con hijos nacidos a uno u otro lado de la frontera. Esta situación es común en todas las poblaciones fronterizas sean Clorinda-Asunción, Formosa-Alberdi, Posadas-Encarnación, La Quiaca-Villazon u otras.
Leyendo, observando y calculando (en lo que puede un aficionado muy curioso), encontré un error en las fases de la luna dadas por la Guía del cielo nocturno publicada en el número 72. Aparentemente se omitió la luna nueva del 31 de mayo. La hora de cambio de fase sería la 1:20. El mismo error está en algunos almanaques.
El error que el lector advirtió no es tal: es una
convención de notación. Cuando en un mes se produce un quinto
cambio de fase, se lo marca al lado del primero, separándolos con una
barra. En la Guía observada, la Luna nueva correspondiente
al 1 de mayo a las 09:15 está junto con la del 31 de mayo a la 1:20.
Como complemento del excelente artículo de R Martín Negri publicado en el número 69, se puede mencionar que desde 2000 existe en el país otro desarrollo de nariz electrónica, realizado por un grupo en el que participó el nombrado junto con investigadores de la CNEA, de CITEFA, de la Universidad Nacional de San Martín y de la Facultad de Ingeniería de la UBA. El prototipo realizado se construyó utilizando sensores no comerciales. Es relevante destacar la importancia de haber elaborado los sensores, ya que se trata de un desarrollo tecnológico de punta. Además, el grupo dispone de una nariz comercial Libra, facilitada por la empresa italiana Technobiochip y la Universidad de Tor Vergata de Roma para realizar estudios comparativos de su rendimiento en comparación con el de la que desarrolló. El lector interesado encontrará más información en www.e-nose.com.ar o en www.tandar.cnea.gov.ar (grupo MEMS).
No hace mucho, una periodista de La Nación publicó en ese diario unos comentarios, atribuidos a Aníbal Gattone, miembro del comité editorial de Ciencia Hoy, que comparaban la emigración de científicos con la de futbolistas, y concluían en la conveniencia de la primera e inconveniencia de la segunda. La más bien confusa nota no permitía descubrir el razonamiento del autor de la comparación, por lo que solo puedo adivinarlo, pero, con esa advertencia, la conclusión me parece errónea. Hacer la comparación, sin embargo, resulta una ocurrencia interesante, sobre la que me permitiré unas breves reflexiones. Ante todo las semejanzas. Se trata de personas con habilidades especiales cuyo ejercicio no tiene mayores restricciones geográficas o políticas, y para cuyo cultivo encuentran un campo más propicio en el extranjero que en el país. Lo mismo cabría afirmar de ciertos artistas. Se trata, también, de individuos ante todo interesados en dedicarse a la práctica personal de la ciencia, el arte o el deporte (a diferencia de los empresarios o políticos, que organizan la actividad de otros). Y, por último, el producto de sus habilidades tiene un valor social que permite a sus poseedores obtener una retribución económica (sujeta, claro está, a la magnitud de ese valor para cada sociedad y a la riqueza de esta). También hay diferencias. La principal es que los mencionados productos son mucho más aptos para convertirlos en objeto de transacciones de mercado si se trata de deportistas (no hay porqué limitarse al fútbol: tenis, básquetbol y rugby están en la misma situación) que de científicos. Los artistas estarían en posición intermedia. Ello se debe a que en el primer caso dichos productos son bienes que los economistas llaman privados, por contraste con el segundo, que desemboca en bienes públicos. La diferencia reside en dos características de estos: que, una vez producidos, pueden ser puestos sin costo adicional a disposición de cuantos consumidores los deseen, y que, si son provistos a uno o unos pocos consumidores, no se puede impedir que otros los consuman (puedo aprender y enseñar a otros sin costo las ideas revolucionarias de la genética molecular, y nadie me puede impedir que las asimile y aproveche, ni que las asimilen y las aprovechen cuantos otros lo deseen, pero no puedo acceder sin pagar la entrada a la final de Wimbledon, y una vez que se colmó el estadio no pueden entrar más espectadores). De ahí que los deportistas actúen esencialmente en un régimen de mercado y los académicos dependan, aquí y en cualquier parte, del dinero público. Pero de ello no se deduce, a mi juicio, que la emigración de unos sea más perjudicial para la sociedad que la de otros, salvo que la afirmación solo esté reflejando las preferencias del doctor Gattone y sus colegas (y del firmante de esta carta, dicho sea de paso), recogidas reverencialmente por la cronista.
De mi artículo Crónica de un despojo anunciado, publicado en el número 75 de Ciencia Hoy, fue omitido el siguiente párrafo: En enero de 2003 un grupo de aproximadamente sesenta coleccionistas y dealers norteamericanos nucleados en el American Council for Cultural Policy (liderados por Ashton Hawkins, ex asesor del Metropolitan Museum) firmaron una solicitud al presidente Bush para que una vez tomado el poder en Irak se derogaran leyes que restringían sus posibilidades de adquirir piezas arqueológicas. Este hecho permite considerar críticamente que el descuido de las tropas de ocupación y su pasividad frente a los saqueos de museos y bibliotecas de Irak había sido, por lo menos, previsto como posibilidad por intereses económicos particulares que, aun antes de comenzado el conflicto, buscaban obtener con importantes beneficios.
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