Volumen 13 - Nº 73
Febrero/Marzo 2003


Cartas de lectores

LA RADIACIÓN CÓSMICA

Después de leer la historia del inicio de la investigación sobre rayos cósmicos en la Argentina, relatada por Juan Roederer en el número 71 de Ciencia Hoy –y no había tenido ocasión de leer en un medio de difusión algo tan concreto y apasionante–, y como alguien que en 1959, con 18 años, perteneció al laboratorio de radiación cósmica de la mina Aguilar, en Jujuy, quedé intrigado sobre lo que pudo haber sucedido con el Centro Nacional de Radiación Cósmica, que estaba en Villa Ortúzar y había instalado unidades de medición en varios puntos del país. Entre las tempranas actividades que describe el artículo y el actual proyecto Pierre Auger deben haber sucedido cosas que me gustaría conocer. Recuerdo que en mi época, además de los investigadores y directivos, muchos técnicos participaron en la construcción de equipos, en su montaje, en tareas de mantenimiento y mediciones permanentes efectuadas en los laboratorios activos en la materia. Estábamos convencidos de que realizábamos una tarea trascendente y sentíamos que las mediciones debían ser confiables y susceptibles de ser comparadas con los datos internacionales. Nos comunicábamos por radio con estaciones del Perú y Bolivia. A nuestra corta edad, no teníamos experiencia pero realizábamos la tarea con empeño y responsabilidad.

Héctor Espejo
Buenos Aires


ENCUESTAS ELECTORALES

En el número 71 de Ciencia Hoy, Francis Korn se preguntó si las encuestas electorales son pronósticos científicos o pasatiempos mundanos, dado que sus resultados con frecuencia no coinciden con los de los comicios. La teoría que sustentan las encuestas postula que una muestra de ciudadanos tomada al azar tiene una probabilidad conocida de tener comportamientos semejantes a los del universo. Si fallan los pronósticos, sostuvo la autora, falla la teoría. Es cierto que, como señala la nombrada, en ocasiones las encuestas contienen preguntas con escaso sentido: por ejemplo, querer saber a quién se votaría cuando los candidatos no han sido definidos. En palabras de Felipe Noguera, sería como preguntar a alguien que no tiene hambre qué quiere comer (Perfil, 30 de mayo de 1998).

Pero las deficiencias, ¿son imputables a la teoría o a su forma de aplicación? La teoría de las probabilidades, basada en la ley de los grandes números, difícilmente pueda ser cabalmente aplicada a objetos de estudio diferentes de los que le dieron origen. En nuestro caso, se trata de aplicar en el ámbito de las ciencias sociales métodos y procedimientos provenientes de las ciencias naturales y la tecnología, en las que adquirieron prestigio por sus logros explicativos y predictivos. Para advertir la diferencia de contexto, téngase presente que cuando se extrae al azar una pieza de una línea de montaje, difícilmente se niegue a ser ‘entrevistada’, pero un individuo elegido al azar que rechace ser interrogado desvirtúa los resultados de la encuesta y, por ende, la teoría. Las muestras de individuos de una población humana no son probabilísticas en los términos definidos por los manuales: su selección no se basa estrictamente en un sorteo de ellos, pues sería difícil dar con cada uno de los elegidos y conseguir que respondieran los que se lograsen encontrar. Las muestras se determinan sorteando conjuntos de individuos pertenecientes a conglomerados (generalmente, manzanas urbanas) y luego eligiendo en cada conglomerado a los efectivamente encuestados mediante cuotas definidas por características como sexo, edad, etc. Pero se tratan los resultados (llamados estimaciones porque no son conclusiones ciertas) como si tuvieran el mismo margen de error que hubiera producido una muestra probabilística.

En una encuesta sobre intención de voto generalmente se obtiene un elevado porcentaje de respuestas que indican predisposición a votar determinado candidato, hacerlo en blanco, anular el voto o no votar. Suelen denominarse respuestas efectivas. Una cantidad menor de respuestas revela indecisión o negativa a contestar. En los resultados electorales, los indecisos y los que no contestan encuestas desaparecen –necesariamente– y su número se reparte proporcionalmente entre los que dieron respuestas efectivas. Cualquiera sea el procedimiento que se emplee para relacionar encuesta con votos, esta circunstancia desvirtúa la comparación porque altera el resultado de aquella.

Los datos que se obtienen de la realidad o se miden en ella son interpretados a la luz de ciertas hipótesis para dar lugar a interpretaciones y pronósticos. Ni barómetro, termómetro, higrómetro u otros aparatos de una estación indican ‘tiempo desmejorando, algunas lluvias por la tarde’. Tampoco estipulan las radiografías, tomografías computadas, análisis de sangre o resonancias magnéticas ‘no fume y deje las grasas o no pasa del mes que viene’. Las encuestas no son oráculos ni pronosticadoras. Son, apenas, una técnica de recolección de datos; un instrumento que permite acercarse al conocimiento de la realidad; una herramienta que aporta evidencia empírica de tipo estadístico, pero que no es infalible y, desde ya, contiene limitaciones. Tampoco son horóscopos, ya que no es cuestión de creer o no creer en ellas. Si se basan en procedimientos y métodos probados, válidos y confiables, imputarles la responsabilidad de una inadecuada interpretación es lo mismo que querer endilgarle al martillo la culpa del cuadro que se cayó.

Daniel Cabrera
Buenos Aires

LA TIERRA DE LAS PROMESAS

Mi abuelo, que desembarcó en la Argentina en la primera posguerra, no toleraba un No me gusta o No quiero más ante un plato de comida. En el sur de Italia, cuando terminó la guerra, si encontrábamos una rata hacíamos un festín, replicaba. El artículo ‘Migraciones de ayer y hoy’ (Ciencia Hoy, 72:46-60) me recordó la historia de tantos que, como él, dejaron atrás un país de hambre para lanzarse a la tierra de las promesas. Hacia fines del siglo XIX, en el momento de constituirse como nación, nuestro país necesitaba inmigrantes que vinieran a poblar el territorio, a explotar los recursos naturales y a activar las incipientes industrias. La ley 817 de Inmigración, de 1876, dio cuenta a las claras de las intenciones del Estado argentino. Consideraba inmigrante [...] a todo extranjero jornalero, artesano, industrial, agricultor o profesor que, siendo menor de sesenta años y acreditando su moralidad y sus actitudes, llegase a la República para establecerse en ella, en buques a vapor o a vela, pagando pasaje de segunda o tercera clase, o teniendo el viaje pagado por cuenta de la Nación, de las provincias, o de las empresas particulares protectoras de la inmigración y la colonización (art. 12). También establecía el derecho de los inmigrantes a ser alojados y mantenidos convenientemente a expensas de la Nación, durante los cinco días siguientes a su desembarco (art. 45); el propósito de las autoridades de propender por todos los medios a su alcance a la colocación de los inmigrantes en el arte, oficio o industria a que prefiriesen dedicarse (art. 48), lo mismo que, para aquel que prefiera fijar su residencia en cualquiera de las provincias interiores de la República, o en alguna de sus Colonias, la obligación del Estado de transportarlo inmediatamente con su familia y equipajes hasta el punto de su elección, sin pagar remuneración alguna (art. 51).

Uno puede imaginarlos, ansiosos, bajando del barco, ávidos de procurarse un destino. Llegaban a la tierra de las promesas. Mi abuelo no conoció otra jornada laboral que la que dictaba el sol, y tuvo la mayor satisfacción de su vida el día que mamá le mostró su título de abogada. Solo entonces supo que no dejaría este país: la Argentina había dejado de ser la tierra de las promesas para convertirse en la tierra de las realidades. Aquí se criaron y estudiaron sus hijos, aquí nacieron sus nietos. Sin embargo, nunca se nacionalizó, y cuando le pregunté por qué me contestó Siempre había una esperanza de volver. Carecer de ciudadanía argentina sirvió al poder político de principios del siglo XX para expulsar a integrantes de asociaciones anarquistas. La ley 4144 de Residencia sancionada en 1902, durante la segunda presidencia de Roca y luego de una huelga de carreros y estibadores, estableció la facultad del Ejecutivo de ordenar la salida del territorio de la Nación a todo extranjero que haya sido condenado o sea perseguido por los tribunales extranjeros por crímenes o delitos comunes (art. 1), lo mismo que la de todo extranjero cuya conducta comprometa la seguridad nacional o perturbe el orden público (art. 2). Así pasaron a ser sospechosos, porque seguían atados a Europa y no querían nacionalizarse argentinos. Pero construyeron la Nación y la hicieron grande. Hoy, esa circunstancia de no haberse nacionalizado provoca ante los consulados españoles e italianos largas colas de jóvenes ávidos por recuperar la ciudadanía de sus abuelos. De las esperanzas de volver a las ganas de irse. Quizás estemos tan convencidos de que la Argentina se convirtió en la tierra de las realidades, que nos cuesta pensar que pueda continuar siendo la tierra de las promesas.

María Julia Arcioni
Buenos Aires


LA ARGENTINA Y LA UNIVERSIDAD

La lectura de ‘¿Qué pasa con la UBA?’ (editorial de Ciencia Hoy, 72:10-11) me hizo pensar que, parafraseando a Malraux, los pueblos tienen las universidades que se les parecen. ¿Qué pasa con los argentinos? Tuvimos una economía de renta, como los países petroleros, basada en vacas y trigo, y ella generó una cultura de renta; en buen romance, de vivir de upa, lo inverso que la laboriosa ética weberiana. Pero promediando la primera mitad del siglo pasado las vacas y el trigo no fueran suficientes para continuar con esa vida, y no reaccionamos de manera racional para sustituirla con eficacia. Nos adaptamos a las nuevas y menguadas circunstancias: reemplazamos la excelencia por la apariencia ostentosa, muchas veces basada en la avivada. La Argentina es un país hecho exclusivamente por vivos, que posibilitaron de este modo que fuera inevitable que llegara a la ruina, afirmó Borges.

En la universidad ello condujo al triunfo de la mediocridad, de la cantidad sobre la calidad, del diploma para ser enmarcado y exhibido pero no honrado. La investigación fue considerada lujo elitista, y la educación se transformó –salvo honrosas excepciones– en repetición adocenada de información obsoleta. En consecuencia, hoy presenciamos la emigración de una parte de la excelencia universitaria y la resignación impotente de la parte que no migró. El resto se disputa arduamente un vacío que no cesa de crecer. Igual que en la política nacional. En suma, solo si la Argentina cambia a fondo podrá cambiar la UBA.

Marcelo E Aftalión
Buenos Aires

 

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