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Volumen
12 Nº 71
Octubre - Noviembre 2002 |
![]() Si nadie me lo pregunta, entiendo perfectamente lo que es el tiempo. Pero si quiero explicarlo, me resulta imposible. De manera similar expresaba San Agustín nuestra dificultad de entender la esencia íntima del tiempo. Veremos aquí algunos argumentos para intentar aclarar este concepto o, al menos, para entender mejor las dificultades que se nos presentan cuando deseamos revelar el misterio del tiempo. |
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´Hay
un tiempo frente a tu ventana, un tiempo del cual tú no puedes
disponer´
G. de Olavide |
Es en la física donde
el concepto de tiempo ha alcanzado su mayor nivel de abstracción, precisión
y rigor, aunque esto ha sido también cuestionado (ver El tiempo
y la física, Ciencia Hoy, 19:20, 1992). De la física surgen
algunas características sorprendentes del tiempo. Esta ciencia, cumpliendo
su misión humanística, brinda conocimiento fundado sobre la naturaleza
en la que está inserta la humanidad. En este caso, el conocimiento del
tiempo a través de la física trae muchos interrogantes y dificultades
no resueltas y puede llevarnos a fascinantes y fantásticas especulaciones
que pueden superar a la más osada ciencia-ficción.
Es útil, cuando queremos entender algo difícil, acudir a metáforas para asimilarlo con otras cosas que sí entendemos. Sin embargo, a pesar de que el uso de las metáforas es un valioso instrumento didáctico, ellas no nos revelan la naturaleza íntima de las cosas. En el mejor de los casos, sirven para familiarizarnos y acostumbrarnos a sobrevivir con la dificultad. En el peor de los casos, caemos en el error de identificar, sin matices, los conceptos claros de las metáforas con los conceptos oscuros que queremos aclarar. Este error es muy común cuando pensamos en el concepto de tiempo. Es casi inevitable apelar al movimiento constante e irreversible del agua en un río sereno como metáfora para el tiempo. El tiempo fluye, ¡Qué rápido pasa el tiempo!, El tiempo no vuelve. Ahora bien, ¿desde dónde y hacia dónde fluye el tiempo? ¿A qué velocidad pasa el tiempo?; ¿a 60 minutos por hora? ¿Desde dónde no vuelve? Esta metáfora no sirve porque contiene la falacia lógica de la circularidad: no podemos explicar al tiempo porque el movimiento del agua en el río es el cambio de posición respecto del tiempo, ¡qué es lo que queremos explicar! De hecho, es extremadamente difícil pensar en el tiempo sin caer en este error de lógica. Otra metáfora confusa es asociarle al tiempo una existencia objetiva similar a la que le asignamos a los objetos materiales. Podemos perder tiempo o ganarlo. El tiempo es oro. Pero, ¿dónde está guardado el tiempo que no se pierde? ¿Cuántos quilates pesa un segundo?
En contraste con la complejidad y abstracción del tiempo tenemos objetos, sistemas físicos, extremadamente sencillos y bellos (los antiguos, no los actuales de cuarzo) que se usan para medir el tiempo. Los relojes son sistemas físicos que pueden estar en diferentes estados visitados periódicamente, por ejemplo cada vez que el péndulo vuelve a su posición inicial, y de esta forma determinan una unidad de medida de tiempo. La complejidad del tiempo y la simpleza del reloj nos sugieren definir el tiempo en forma operativa como aquella cosa que se mide con una cosa que se llama reloj. Esta opción, adoptada por muchos pensadores, nos permite zafar de la trampa del tiempo pero no es totalmente satisfactoria porque no resuelve nuestra inquietud sobre él, y además cae fácilmente en la falacia de circularidad. Desafío al lector a definir o explicar lo que es un reloj sin usar para nada el concepto de tiempo que se pretende definir. (En la descripción dada arriba de lo que es un reloj, se usó el concepto de periodicidad que no es otra cosa que la repetición, en el tiempo, de un estado del sistema.)
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