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Volumen
12 Nº 70
Agosto - Septiembre 2002 |
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A pesar de la grave situación socioeconómica, sigue trabajando en la Argentina una sustancial cantidad de investigadores de todas las especialidades científicas que producen resultados de calidad internacional. Sin embargo, el grado de aprovechamiento de la capacidad científica local por el sector industrial nacional es muy baja. En este artículo se analizan tanto la compleja serie de factores que explican esta situación como los mecanismos que permitirían superarla.
Los diagnósticos sobre la situación del aparato productivo argentino son muy poco halagüeños para nuestro futuro. Presentan la imagen de un país empobrecido, con un nivel de industrialización inferior al que tenía hace treinta años y con graves problemas derivados de una importante deuda externa. Señalan además la existencia de una profunda depresión del mercado interno e indican que el aumento de las exportaciones se ha hecho en gran parte en rubros formados por productos que en su mayoría son ‘commodities’ de relativamente bajo valor agregado. Entre ellos se cuentan gas natural, petróleo, granos oleaginosos y algunos productos agroindustriales de elaboración relativamente simple, como aceites y productos de la industria láctea. Los precios internacionales de tales commodities sufren frecuentes oscilaciones, lo que dificulta las predicciones de crecimiento. A la fuerte disminución de la capacidad industrial debe agregársele las consecuencias de la relación estrecha y no exenta de dificultades con la economía brasileña. La combinación de los factores mencionados redunda en una grave situación social cuyos aspectos salientes son el muy alto nivel de desempleo y el alarmante deterioro en la provisión de los servicios sociales básicos por parte del Estado.
A pesar de esta situación desoladora, la Argentina aún posee un importante sector académico constituido por investigadores bien formados que, aunque desanimados, desamparados y envejecidos por falta de una suficiente renovación generacional, aún son muy productivos en relación con las difíciles circunstancias en que les toca vivir y trabajar. Según sus especialidades, muchos de estos investigadores podrían, en principio, hacer un aporte al desarrollo de tecnologías vinculadas con sus áreas de trabajo, pero en los hechos se observa que están casi completamente desvinculados de la estructura productiva del país. Ello se relaciona con su historia: en sus orígenes, el desarrollo de la tradición científica local no fue impulsado por el desarrollo económico sino por el progresismo intelectual de algunos próceres del siglo XIX, que tenían la voluntad de transformar la Argentina según la imagen de los países más desarrollados. Los científicos, en su casi totalidad, anidaron en algunas de las universidades nacionales. En las últimas décadas, el sector creció financiado por diversos organismos del Estado tales como el CONICET.
La historia de la investigación científica en nuestro país es la de las luchas, que ya llevan un siglo, por imponer la vigencia de criterios científicos modernos en la universidad. Ciertos grupos de investigadores locales alcanzaron niveles de excelencia reconocidos internacionalmente como lo demuestran los premios Nobel otorgados, en 1947, a Bernardo A Houssay (Medicina), y en 1970 a Luis F Leloir (Química). En su mayoría, los científicos argentinos se han sentido integrantes de la ciencia mundial y han considerado que la producción de resultados científicos de validez universal era una necesaria contribución del país al progreso de la ciencia como valor universal, lo que constituía una suficiente justificación del gasto social involucrado. Sin embargo, en determinados momentos de nuestra historia, buena parte de nuestros científicos también ha manifestado una inclinación por ponerse más directamente ‘al servicio del país’ de cuyos recursos se nutrían, a través de una mayor interacción con el sector productivo. Desde los años 1960 se viene produciendo sobre esto un debate que de alguna manera aún no ha terminado. Lo que nadie discute son los criterios de excelencia académica y la visión de que la presencia de numerosos investigadores en cada ámbito académico –tanto los ‘básicos’ como los ‘aplicados’– es condición necesaria, aunque no suficiente, para que la educación superior tenga un nivel que garantice la calidad de sus egresados.
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