Volumen 12 Nº 70
Agosto - Septiembre 2002
   


Job y Ulises
‘Every great literature has been always
allegorical.... The Iliad is only great because
all life is a battle, the Odyssey because all life
is a journey, the Book of Job because all life
is a riddle.’1
G. K. Chesterton

 

Job sufre. Su vida es una verdadera miseria: pierde todos sus bienes, sus hijos mueren en un horrible accidente, se enferma con una dolencia repulsiva. Job, un hombre recto que cree en una justicia divina que premia a los buenos y castiga a los malos, se queja amargamente. ¿Por qué me sucede esto a mí? Tres amigos tratan de responderle: la felicidad de los canallas es de patas cortas, la virtud halla en sí misma su propia recompensa, sobre todo, si sufrimos es porque, inadvertidamente, habremos cometido alguna falta grave (una versión teológica del ‘por algo será’). Job eleva una amarga queja a los cielos alimentada por su indignación de justo que padece sin merecerlo.

Como este personaje de uno de los libros que es considerado, junto con la Ilíada y la Divina Comedia, una de las grandes obras de la literatura universal (Job probablemente fue escrito después del destierro de Israel en Babilonia que tuvo lugar en la primera mitad del siglo VI aC), los científicos de la Argentina también nos preguntamos hoy: ¿por qué a mí? Sí, ¿por qué nos pasa esto? ¿Y qué es ‘esto’? Bueno, ‘esto’ es levantarse todos los días sin saber muy bien qué hacer, porque cualquier cosa que se haga irá probablemente a parar al canasto de los proyectos perdidos. ‘Esto’ es no solo no tener con qué, sino sobre todo no tener para qué –como Vladimir y Estragón, los personajes de Esperando a Godot, que inventan juegos para ocupar el vacío de un tiempo sin sentido–. ‘Esto’ es, en fin, estar preguntándose constantemente si a la larga el esfuerzo valió o valdrá la pena. Pero para qué seguir. Todos sabemos muy bien lo que es ‘esto’ y la cuota de responsabilidad que nos toca a cada uno en este estado de cosas.

Ahora bien, se nos podrá responder, ¿quiénes se creen ustedes que son para chillar tanto?, ¿pretenden acaso ser tratados con privilegios? Más aún, en una crisis despiadada que cobra sus víctimas entre los más débiles –los niños, los ancianos, los pobres– no parece haber mucho espacio para pataleos sectoriales legítimos en épocas más generosas. Cierto. Pero hay que tener en cuenta que la queja no se dirije solo y necesariamente a obtener una porción mayor de la hipocalórica torta: importa asimismo el balance nutricional de esta, la calidad de los ingredientes, el modo de preparación. Y ello sin tener en cuenta que es la comunidad científica la que posee las herramientas para aportar posibles soluciones fundamentadas a muchos de los problemas que nos acosan como sociedad. El no proteger la ciencia y la educación en tiempos de crisis equivale a arrojar por la borda el sextante en medio de la tormenta. Estos son argumentos tan trillados como incontestables. Y tan incontestables como ignorados. ¿Por qué? Porque, aunque incluyéndola, van más allá de la responsabilidad de los funcionarios de turno y calan hondo en actitudes sociales que preferimos no ver, vinculadas a la percepción de la ciencia en nuestra comunidad y reveladas por una encuesta que efectuamos en el año 1998 (Ciencia Hoy, 48: 54-61).

Y, finalmente, poco alivian estas razones el sufrimiento del paciente Job o el de sus sucedáneos, el conjunto de probos sometidos a pruebas e invariablemente reprobados, con el festín de los réprobos como telón de fondo. ¿Serán válidos los argumentos de Elifaz, Bildad y Sofar, los sabios amigos de Job? ¿Cargamos sobre nuestras espaldas alguna ignorada culpa que no puede permanecer sin castigo? Más examina uno la propia conciencia y más se convence de que la sentencia contraria parece ser la correcta. Dejemos de lado el cuento legitimador decimonónico que atribuye a los científicos virtudes de abnegación, desinterés y humanitarismo solidario. Pueden existir casos así, pero la mayoría de nosotros somos demasiado humanos y nos movemos por motivos menos altruistas. Si nos dedicamos a estas cosas es porque nos resultan divertidas, porque albergamos una pasión por resolver problemas, por una ambición cándidamente megalómana o porque no podemos hacer otra cosa. Concedido esto, queda de todas maneras la sensación de que hay algo más que decir. Y es que, cuando nos decidimos a asumir la carrera de la investigación en la Argentina, sabíamos muy bien de qué se trataba la cosa y, no obstante saberlo, continuamos. Aunque el revoltijo ambiental se empeñe en confundir las cosas, no todo es lo mismo. Hay una dignidad intrínseca en la vocación a la búsqueda del conocimiento y, en particular, de ese conocimiento riguroso, verificable y sistemático que es la ciencia. Hay un valor específico en intentar desentrañar una porción, no importa cuán mínima, del funcionamiento de la naturaleza, de las esferas de lo humano, de las condiciones de la sociedad. Simples ciudadanos por lo demás, nos distingue el haber elegido un modo de vida que en la mayoría de los casos no guarda una relación directa con el lucro o los beneficios materiales y exige una considerable cantidad de sacrificios y trabajos. Entonces la protesta de Job es pertinente.

Pensemos ahora en otro personaje de la literatura universal que sufrió muchas calamidades: Ulises. Los 24 cantos de la Odisea cuentan todas sus aventuras y desventuras durante el trayecto a Ítaca. En ellas Ulises revela su notable astucia y caudal de recursos para salir indemne de situaciones difíciles. El héroe raramente se queja. Sometido a los caprichos de los dioses y a los azares de un destino ciego, ¿contra qué o quién podría alzar su voz? Los poemas homéricos sitúan la guerra de Troya en el escenario y el contexto de valores de una sociedad posterior, la de la ‘edad media’ griega (entre 1100 y 750 aC, aproximadamente). Era esta una sociedad aristocrática, en la cual se esperaba que los nobles cumplieran su función social: esa era su ‘virtud’ (areté). La fuerza, el ingenio, la excelencia en la batalla, la defensa del honor y la búsqueda de la supremacía personal eran valores desde entonces propios de las sociedades señoriales. ‘Musa, dime del hábil varón’ comienza famosamente el poema. Este ‘hábil varón’ ‘muchos males pasó por las rutas marinas luchando/ por sí mismo y su vida y la vuelta al hogar de sus hombres’. El engaño, la rapiña, la violencia no son censuradas, por el contrario, eran lo que se esperaba –siempre que estuvieran asociadas a un grado superlativo de coraje y perseverancia– de un héroe homérico. El ‘to strive, to seek, to find, and not to yield’ [pugnar, buscar, hallar y no ceder] con que concluye el ‘Ulysses’ de Tennyson, es considerado por varios como el epítome del ideal imperialista victoriano.


Icono bizantino de fines del siglo XII en el Monasterio de Santa Catalina (Sinaí, Egipto).

A veces parece que se espera que cada uno de nosotros sea un Ulises, un individuo excepcional capaz de exponerse a peligros, sortear todos los obstáculos con agudeza y, quizás, no ser demasiado escrupuloso en cuanto a los medios utilizados. Siempre hay personalidades destacadas y capaces de emprender hazañas legendarias, pero la mayor parte del género humano, científicos incluidos, somos más bien comunes y corrientes. El recurso de la heroicidad presupone el silencio de la protesta –las estatuas de bronce no lloran– y la implícita necesidad de aceptar el statu quo. La sociología de la ciencia, una disciplina que nació a mediados del siglo XX, puso sobre el tapete de manera definitiva los aspectos sociales de la empresa científica. El desarrollo de la ciencia en los países adelantados durante el mismo período no hizo sino confirmar lo que ya se sabe: la ciencia es por excelencia una actividad grupal. Es obvio que esta actividad está motorizada por talentos fuera de serie que nos arrebatan de admiración (en el fondo, los científicos somos irremediablemente ‘cholulos’) y marcan los grandes hitos que todos soñamos alguna vez marcar. Pero el culto de las ‘estrellas’ puede oscurecer el hecho de que, cada vez más, lo que importa es un sistema racional que posibilite un lugar en él a cualquier persona con inclinaciones y ganas de trabajar.

Los grises antihéroes que día a día vamos al laboratorio o a la biblioteca somos tan débiles como para necesitar un sistema confiable de premios y castigos. Es posible jugar a ser Ulises por un rato o envolverse en el gesto estoico y desapegado o ceder a grandilocuencias voluntaristas. Quizás a algunos esto les resulte; en todo caso es bueno encontrarse de vez en cuando con algún Ulises, los cuales son siempre inspiradores. Pero la mayoría, como Job, piensa que hay algo como la justicia, necesita que el esfuerzo se vea recompensado y, en caso de que no lo sea, se queja. Un Ulises es comprensible dentro de un ethos aristocrático, cuya inherente ‘red de seguridad’ vacía de significado, en muchos casos, el riesgo asumido. El escritor inglés Evelyn Waugh, en su novela satírica Decadence and Fall (1928), introduce un personaje, el capitán Grimes, un inútil que no dura en ningún trabajo más de seis semanas, pero siempre consigue otro debido a que, como él mismo dice, nadie va a dejar en la calle a un ‘public-school man’ (o sea, egresado de una privilegiada escuela privada). ¿Cuántos nos encontramos en la situación de Grimes?

Más bien parece que nuestra vida está simbolizada por una imagen bizantina (ver ilustración). En ella, se advierte a unos pobres mortales tratar de ascender una escalera hacia el cielo mientras unos seres diabólicos intentan por medio de garfios y otros instrumentos hacerlos caer. Y sí, a pesar de los peldaños rotos, de la seducción del abismo y la fatiga, seguimos colgados como sea. Con la desesperación indignada de Job, aferrados, esperando, gritando que las cosas deberían ser de otra manera. El último libro –perdido– del llamado ciclo épico de Troya, que cuenta el regreso de los héroes griegos a la patria, se llama Nostos, palabra griega que significa viaje de vuelta al hogar (de ahí nostalgia, el dolor provocado por el recuerdo del hogar). Quizás, en última instancia, también tengamos algo de esos navegantes: el anhelo, el deseo, la urgencia de volver a una patria que nunca damos por perdida.


1 'Toda la gran literatura ha sido siempre alegórica... La Ilíada es grande sólo porque toda vida es una batalla, la Odisea porque toda    vida es un viaje, el libro de Job porque toda vida es un enigma'.



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