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En
nuestro planeta la vida comenzó en los océanos hace unos cuatro mil millones
de años cuando se formaron las primeras moléculas con las propiedades
que se le asignan a la materia viva (ver ‘El
origen de la vida, Ciencia Hoy, Vol. 3 N° 17: 58-64, 1992). Cuando
entre estas moléculas apareció la clorofila, se tornó posible aprovechar
la energía de la radiación solar para formar azúcares a partir del agua
y del dióxido de carbono de la atmósfera mediante el proceso llamado fotosíntesis,
durante el cual también se libera oxígeno a la atmósfera (ver ‘Agua,
carbono, luz y vida, Ciencia Hoy, Vol. 5 N° 27: 41-55, 1994).
Los azúcares permitieron que las primeras células vegetales engrosaran
su membrana y acumularan reservas alimenticias. Estas células fueron las
antecesoras de las algas y de todas las plantas verdes. El oxígeno generado
por la fotosíntesis actuó como veneno para los seres más primitivos que
cubrían sus necesidades de energía mediante la fermentación (proceso que
transcurre en ausencia de oxígeno) los que para sobrevivir se refugiaron
en medios no oxigenados, como el cieno del fondo de ríos, lagos y mares,
donde permanecen todavía. Solo las algas verdes poseen clorofila la que
es mucho más estable que los pigmentos de las algas pardas y rojas. Por
eso únicamente las primeras pudieron generar descendientes que fueron
los ancestros de todas las plantas terrestres mientras que las algas pardas
y las rojas sobrevivieron restringiéndose a medios a los que no llega
la radiación solar.
Las
primeras plantas con hojas fueron los musgos a los que la evidencia fósil
asigna un origen muy antiguo. Los musgos no evolucionaron, no se adaptaron
a la vida aérea y si bien poseen lignina (componente esencial de
la madera a la que le proporciona su rigidez), no supieron utilizarla.
Los musgos, junto a las coníferas y las plantas con flores, constituyen
la primera civilización vegetal que abandonó el medio marino para conquistar
la tierra. Las primeras plantas que ‘aprendieron’ a aprovechar la madera
fueron los helechos, los que constituyeron así la primera gran civilización
vegetal adaptada a la vida terrestre. Hace cuatrocientos millones de años,
después de una terrible sequía que asoló la tierra, surgieron las primeras
plantas erectas como la Rhinia. Las primeras plantas provistas
de madera proliferaron en la Era Primaria inicialmente como hierbas y
luego como árboles cada vez más grandes, que formaron los enormes bosques
del Carbonífero, desaparecidos en la actualidad transformados en los yacimientos
de hulla. Estos yacimientos indican la existencia de inmensos bosques
pantanosos, constituidos por equisetos gigantes (de los que actualmente
solo quedan algunas especies), helechos con semilla y árboles con óvulos
primitivos que, surgiendo de los pantanos, formaban un extraño paisaje
vegetal. Helechos, equisetos y selaginelas (plantas con notoria separación
de sexos) pertenecen a tres grandes líneas vegetales que desde el comienzo
de la Era Primaria han evolucionado paralelamente. Esa evolución concluyó
con el desarrollo, hace unos trescientos millones de años del óvulo, un
nuevo órgano propio de las plantas con semilla. La semilla es un óvulo
fecundado, donde se desarrolla el embrión, este permanece en un estado
de vida latente; acumula reservas de alimentos para reanudar su crecimiento
en el momento de su germinación.
Se acepta que la formación de metabolitos secundarios, o de productos
del metabolismo especial, mencionado en el texto central como principal
fuente de sustancias con efectos biológicos, se produjo a partir de la
aparición de las plantas con óvulos y que su máxima expresión se logró
con las Angiospermas (plantas con flores), cuya aparición en el
curso de la evolución es muy posterior a la de las plantas con óvulos.
Las primeras plantas provistas de óvulos han desaparecido dejando como
rastro solo algunos fósiles. Únicamente el Ginkgo, árbol venerable,
verdadero fósil viviente, proporciona alguna idea de lo que fueron los
primeros óvulos. El Ginkgo es el más antiguo de los árboles; existen
dos clases de individuos: machos y hembras, reconocibles por su aspecto
diferente. A pesar de su característica de fósil viviente perdido en la
evolución, Ginkgo biloba L. es capaz de adaptarse rápidamente al
medio como lo demuestra en el ejemplo de Hiroshima y Nagasaki mencionado
en el texto central. Este árbol se mantiene merced al cuidado de los seres
humanos. En el lejano Oriente se lo considera como sagrado y se lo cultiva
alrededor de templos y pagodas, en donde forman verdaderas reservas naturales,
que conservan ejemplares muy viejos. Se le atribuía al Ginkgo la
capacidad de alejar los incendios. Esta creencia cobró nuevo vigor cuando
el gigantesco incendio que acompañó al terremoto que destruyó Tokio en
1923, no afectó a un templo que estaba rodeado por numerosos Ginkgos.
También se lo cultiva en jardines botánicos y a lo largo de las calles.
Para fines decorativos solo hay que usar árboles masculinos, porque los
óvulos no fecundados de los femeninos, al caer al suelo generan un olor
sumamente desagradable. El Ginkgo resiste bien la contaminación,
los gases tóxicos emitidos por los motores de combustión interna y la
sequedad del ambiente urbano. En nuestro país se lo encuentra frecuentemente
en plazas públicas (las fotos ilustran dos ejemplares de Ginkgo situados
en Figueroa Alcorta y Tagle.
Los helechos también son fósiles vivientes conservados hasta nuestros
días y que testimonian cómo habrá sido la vegetación en la Era Primaria
(los Ginkgos son fósiles sobrevivientes de los bosques de la Era
Secundaria, con óvulos, sin semillas y sin frutos). Las primeras plantas
con semillas fueron Coníferas (pinos, abetos, sequoias, cedros, cipreses,
araucarias, etc.) que aparecieron en la Era Secundaria cientos de miles
de siglos después iniciando una nueva gran civilización vegetal. Luego
de una expansión inicial, las Coníferas retrocedieron por efecto de la
presión evolutiva de la última gran civilización vegetal constituida por
las plantas con flores, las cuales poseen ovario y producen frutos. Estas
se expandieron con un empuje irresistible que empezó hace cien millones
de años y que no ha cesado de aumentar estableciendo nuevas relaciones,
en beneficio mutuo, entre los animales y las plantas.
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