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Volumen
12 - Nº 68 Abril/Mayo 2002
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![]() Revista de Divulgación Científica y Tecnológica de la Asociación Ciencia Hoy |
Con motivo de la reciente renovación de la presidencia del CONICET, luego de los cambios de las autoridades nacionales que culminaron con la designación de Eduardo Duhalde como presidente de la República, fue tomando cuerpo una bien formulada retórica cuyo hilo conductor es el concepto de que dicha entidad debe ser llevada de regreso a su situación fundacional. En tal situación, dominada por la fuerte personalidad de Bernardo Houssay, quedaron definidos para dicha retórica los objetivos y procedimientos canónicos de un organismo modelo de promoción científica para la Argentina. Está implícita en esa mirada la idea de que las penurias actuales de la institución tienen su origen en el creciente abandono de aquellos objetivos y procedimientos, y que el restituirlos sería la manera de volver a la buena senda y de recuperar para la investigación científica el lugar que perdió en la sociedad.
Esas manifestaciones se originan sin duda en la loable intención de corregir las numerosas deficiencias y de buscar solución a los incontables problemas que aquejan al CONICET de hoy, demasiado conocidos por los lectores de Ciencia Hoy para que creamos necesario enumerarlos. En tal sentido, la bandera de la vuelta a Houssay es un llamado a recuperar valores como el orden y la racionalidad administrativa, la buena gestión de los recursos, el rigor de las evaluaciones, las exigencias de calidad académica y la productividad de los investigadores, que en muy razonable medida caracterizaron los comienzos de la institución. Y aunque en estos momentos pueda parecer inoportuno sacar el tema, plantear la vuelta a Houssay es igualmente una legítima y necesaria proclama de movilización en pos de reconstruir un marco económico que permita la existencia de investigadores científicos en el país, es decir, principalmente de restablecer escalas salariales y etapas en la carrera profesional, desde la condición de becario a la de jubilado, que proporcionen la base mínima de ingresos y seguridad que hubo en su momento y hoy quedó destruida.
Nos parece, pues, que el llamado a la vuelta a Houssay resulta sumamente oportuno si se lo entiende como el manifiesto de un programa político de recuperación institucional. Como toda proclama que busca movilizar a la sociedad para lograr determinados objetivos, es también la definición de una utopía. Quienes la formulan esperan que sea capaz de encender la imaginación de la gente, que les proporcione energías para la acción y que les señale el rumbo conceptual del avance. El CONICET de Houssay, en nuestra interpretación, posee el carácter de objeto mítico o legendario, más que el de una meta concreta a alcanzar en un tiempo establecido y mediante medidas que se puedan enunciar
Cabría, sin embargo, una interpretación más literal del concepto de vuelta a Houssay. En tal interpretación, esa vuelta constituiría un programa específico de acción tendiente a restablecer las fórmulas y procedimientos empleados en las épocas fundacionales del CONICET. ¿Sería tal cosa posible? En caso de serlo, ¿sería conveniente? Creemos que la respuesta a ambas preguntas es negativa, pero ello no constituye una mala noticia, ni resta valor al llamado a la utopía como forma de proclamar ideales que todos puedan compartir y que movilicen políticamente a la sociedad. El regreso literal al CONICET de Houssay no es posible ni conveniente, ante todo, porque ese CONICET mítico nunca existió: es la imagen idealizada –conservada en la mente de las generaciones mayores de científicos y transmitida por estos a los más jóvenes, a los que seguramente no dice mucho– de una época que, como todas, tuvo sus aciertos y sus errores, sus glorias y sus miserias. Si como mito tiene fuerza movilizadora, es porque sus aciertos y sus glorias fueron considerablemente mayores que sus errores y miserias, debido, con seguridad, a que supo encontrar soluciones adecuadas a sus circunstancias, lo cual constituye la otra gran razón que hace imposible convertir aquel retorno en un programa de acción: hoy, a más de cuarenta años, las circunstancias han cambiado.
El contexto de la investigación actual, tanto en la Argentina como en el mundo, no es el que imperaba hacia 1960. La pequeña comunidad científica del país, concentrada en pocos lugares y en escasos campos disciplinarios, que manejaba paternalmente Houssay como presidente del primer directorio del CONICET, ha crecido y se ha diversificado. Una institución que al comienzo solo daba becas de formación y remuneraba por contratos a término a un pequeño número de investigadores, ahora tiene varios miles de personas en sus planillas salariales e instalaciones dispersas por todo el país. Y la ciencia académica, una actividad que transcurría en un marco epistemológico y ético estable, se enfrenta ahora con cuestionamientos en ambos frentes, a tal punto que se ha acuñado la expresión ciencia postacadémica para definir la investigación actual (véanse el editorial ‘La creación del conocimiento en las sociedades contemporáneas’, Ciencia Hoy, 41:7-8, 1997 –en el que la distinción entre ciencia de ‘modo 1’ y de ‘modo 2’ equivale a los conceptos de ciencia académica y postacadémica que acabamos de usar–, y John Ziman, Real Science, Cambridge University Press, 2000). Además, la praxis misma de la ciencia ha cambiado sustancialmente en las últimas décadas. Nuevas cuestiones ocupan el lugar central de la agenda científica, al tiempo que se ha transformado la forma de adquirir, procesar y transmitir los datos que sirven de base a las inferencias de los investigadores. Lo último se debe al espectacular avance de la instrumentación de laboratorio y de campo, es decir, a la aparición de nuevos equipos, máquinas, instrumentos y técnicas para investigar. Temas como la biología estructural, la manipulación genética, la biofísica molecular, la bioinformática, la química y física de nuevos materiales, la nanotecnología y los estudios de las consecuencias ambientales del desarrollo eran prácticamente inexistentes cuando se fundó el CONICET. Todo ello ha encarecido enormemente la investigación y, también, aumentado el rédito económico de las innovaciones que se pudieren derivar. Al mismo tiempo, la investigación exige cada vez más la colaboración de académicos con conocimientos y destrezas diferentes, pertenecientes a distintas disciplinas e instituciones, y, en muchos casos, la participación de empresas cuya lógica es la del mercado. Este nuevo modo de hacer ciencia no se ajusta a los patrones tradicionales del CONICET ni a sus mecanismos de evaluación y promoción. La relación entre investigación científica y desarrollo socioeconómico, que en los años de Houssay se concebía como una de causalidad directa, se ha revelado como un proceso muy complejo que, además de adecuadas inversiones públicas y privadas, requiere la interacción de múltiples actores sociales.
En los términos del párrafo anterior, la bandera de volver a Houssay debe interpretarse como un llamado a recuperar los valores esenciales de la institución y a poner creatividad para definir nuevos procedimientos de promoción de la ciencia, adecuados a las circunstancias particulares del momento en el país y en la investigación. No se trata de algo sencillo de hacer, porque en todos los campos de la vida social, aquí y en otros países, las seguridades de la segunda mitad del siglo XX se han convertido en las inseguridades actuales. En esto también el pasaje del mundo moderno al postmoderno se está revelando difícil. En el caso particular del CONICET, a ello se suma la dificultad de reflexionar acerca del largo plazo en momentos en que no se sabe cómo sobrevivir en el presente inmediato, agravada por las circunstancias de provisionalidad en que por fuerza deben actuar las autoridades de este momento, pues el país tiene ahora un gobierno de transición designado por un tiempo reducido. Pero la inacción no es alternativa: está bien, pues, levantar la bandera de la renovación, aun cuando es posible que se deba dedicar todo el tiempo y todas las energías a impedir que el actual edificio se derrumbe y quede muy poco de ambos para construir los cimientos del nuevo. No obstante, es oportuno reflexionar acerca de cómo erigir este último.
Mirando solo al CONICET y no al conjunto de la política oficial de ciencia y tecnología, quizá lo esencial de esa reflexión –en cuyos detalles no podemos entrar aquí– se reduzca a unos pocos temas: las funciones de la institución; la relación entre esas funciones y las de otras dos entidades que tienen un cometido importante en la investigación científica, las universidades y la ANPCyT; las relaciones con el resto de la sociedad, sobre todo desde la perspectiva de la utilidad social de la investigación; la diversidad disciplinaria, en particular, la posición de las ciencias sociales, las humanidades y la tecnología; el futuro de la carrera del investigador; la política de institutos y centros regionales, y no muchas cosas más. Se podrá afirmar que el ideal de la vuelta a Houssay se habrá cumplido cuando para cada una de estas cuestiones se hayan encontrado enfoques que vayan más allá de las circunstancias de mediados del siglo XX y respondan a las del comienzo del XXI.