Volumen 11 - Nº 65
  Octubre/Noviembre 2001

 
Los nuevos movimientos religiosos

La creciente vigencia de movimientos religiosos no tradicionales, genéricamente denominados nuevos movimientos religiosos, es un llamativo fenómeno social que caractrizó a las últimas décadas. Algunos de ellos, como los afrobrasileños, reclutan sus adherentes entre los sectores medio-bajos de la sociedad. Otros, como la new age (nueva era), lo hacen entre sectores sociales medios y altos. Las notas que siguen analizan aspectos generales de este fenómeno y los casos particulares de la umbanda y la new age.

Para elaborar esta nota introductoria, Ciencia Hoy consultó a dos estudiosos de los llamados nuevos movimientos religiosos, los doctores Alejandro Frigerio y María Julia Carozzi. Ambos coincidieron en señalar que numerosos autores quitaron sustento a la noción –ampliamente aceptada durante años– de que la religión estaba perdiendo importancia y tendiendo a desaparecer de las sociedades contemporáneas. Cada vez más los observadores perciben que la religión mantiene su relevancia. Prueba de ello son los altos índices de creencia religiosa que registran las encuestas en distintos países, la expansión mundial de numerosos grupos religiosos y las corrientes renovadoras que han surgido en las iglesias tradicionales. Para el estudio de estos fenómenos, la sociología de la religión comenzó a propugnar, durante la década de 1960, la técnica de buscar explicarlos desde la perspectiva de sus actores. Tal enfoque es particularmente importante en ciertos casos, como el de los nuevos movimientos religiosos, porque, por lo general, investigadores e investigados no comparten la misma visión del mundo.

A veces, cuando se habla de ciertos grupos religiosos se emplea la palabra secta, pero se lo hace dándole al término una connotación negativa. Para evitarla, los sociólogos prefieren referirse a movimientos religiosos. La denominación nuevos movimientos religiosos fue aplicada sobre todo a aquellos que proliferaron en los Estados Unidos entre mediados de los años sesenta y setenta del siglo XX, en particular entre los jóvenes universitarios que abrazaron las protestas políticas, culturales y estéticas de esa época. Algunos de esos movimientos, incluyendo un cierto número con raíces cristianas, se originaron en ese país; otros fueron llevados allí desde el Oriente. La mayoría se expandió a las más variadas regiones del mundo. En el Cono Sur sudamericano, los que lograron mayor penetración, a juzgar por el número de adherentes, fueron los pentecostales y uno de origen más cercano, los umbandistas.

Los pentecostales y los neopentecostales se cuentan entre los grupos que más se expandieron en los últimos años en muchos países. Su denominación deriva de Pentecostés, término que en la tradición cristiana se refiere al descenso del Espíritu Santo sobre los discípulos de Jesús, lo cual se conmemora en el sexto domingo después de la Pascua. El término pentecostal designa a aquellos movimientos que enfatizan los dones del Espíritu Santo, que se suponen asociados a la expresión de sentimientos religiosos mediante acciones de entusiasmo desinhibido. Tales movimientos se iniciaron en los Estados Unidos poco después de 1800. Sin dejar de lado su inicial preocupación por la santificación y la salvación, fueron aumentando su énfasis en los dones del Espíritu Santo que recibirían los conversos. A la glosolalia –el hablar en lenguas extrañas– se le añadieron sucesivamente la profecía, la sanación, la liberación de demonios e, inclusive, la prosperidad material. Durante el transcurso del siglo XX, el movimiento pentecostal destacó cada vez más los beneficios que el converso recibirá en este mundo como prefiguración de su salvación eterna. En América latina los movimientos pentecostales, junto con los afrobrasileños, dieron cabida institucional a creencias que siempre estuvieron presentes en la cultura popular, en particular a los componentes mágicos de esa cultura, cosa que la religión católica no había hecho.

 

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