Volumen 11 - Nº 65- Octubre/Noviembre 2001

Revista de Divulgación Científica y Tecnológica de la Asociación Ciencia Hoy

 

 

11 se septiembre de 2001

Cuando los integrantes del comité editorial de Ciencia Hoy nos disponíamos a discutir el contenido de esta página, que en cada número aborda temas de actualidad vinculados con la política científica, las dimensiones éticas de la investigación u otros asuntos de interés para la comunidad académica, igual que el resto del mundo fuimos golpeados por la bárbara destrucción de vidas y haciendas acaecida en los Estados Unidos el 11 de septiembre último. Nunca en circunstancias comparables estuvo la opinión mundial tan instantáneamente comunicada, ni fue tan homogéneo el contenido de los medios en los principales países. Pero leyendo la prensa de nuestra ‘aldea global’ en los días siguientes al atentado –y dejando de lado las reacciones simplistas y maniqueas que convocaron a la guerra apocalíptica entre el bien y el mal absolutos, encarnados por diferentes grupos o países según quien convocara–, se pudo comprobar que casi nadie logró salir de la estupefacción y el desconcierto, y articular un análisis sereno que ayudara a comprender lo que sucedía. Tampoco se siente este comité en condiciones de hacer ese aporte, pero intentará en lo que sigue sugerir unas líneas de pensamiento que apunten al futuro y, luego, referirá al lector al poema El escudo de Aquiles de WH Auden, que transmite un mensaje más profundo que el que pueden dar las siguientes reflexiones.

En muchos sentidos, existe en la opinión pública la sensación de que la destrucción del World Trade Center y de un ala del Pentágono marcaron el fin de una era de la historia contemporánea. Si bien posiblemente ello no se pueda discernir en este momento por falta de perspectiva, es mucho más probable que hayan marcado para Occidente el fin del período de expansiva euforia que siguió al derrumbe de la Unión Soviética y de los regímenes autoritarios de Europa del este, un lapso en el que rigió la mentalidad jactanciosa insinuada en la fórmula triunfante de Francis Fukuyama El fin de la historia. Ahora nos hemos visto brutalmente arrancados de esa ilusión y hemos sido recordados de las tremendas debilidades de la civilización que hemos construido. La historia de violencia extrema, destrucción y muerte masiva que caracterizó a muchos momentos del siglo XX no ha llegado a su fin. Todo lo contrario: su presencia es aún mayor que entonces, entre otras razones porque, precisamente, la investigación científica y tecnológica condujo a aplicaciones que revolucionaron todos los aspectos de la vida, desde la medicina a los transportes y las comunicaciones, pero que también permitieron fabricar artefactos bélicos de inédito e insospechado poder destructivo (lo que incluye las armas nucleares, químicas y biológicas). Pero, al mismo tiempo, el potencial de la ciencia de crear comprensión y tolerancia, y de disolver el dogmatismo, se ha extendido de manera más bien modesta. Tampoco contribuyen a morigerar esa violencia las enormes diferencias entre una pequeña parte de la población mundial que tiene mucho y los muchos que tienen casi nada (y no solo nos referimos al dispar nivel económico sino, sobre todo, al acceso a los productos de la ciencia y la tecnología, y a las formas más elaboradas de la cultura).

Nuestros avances científicos y técnicos no han tenido como contraparte avances en los sistemas institucionales que nos permitan convertir el mundo en un lugar más civilizado y humano. El terrorismo que ahora derribó nuestras seguridades ha estado actuando por décadas, sin que hayamos sido capaces de detenerlo. Por el contrario, distintos países de Occidente lo han fomentado para atacar o mantener a raya a sus rivales, y lo han alimentado con armas en beneficio de sus industrias de material bélico. Algo parecido se podría decir del comercio internacional de drogas ilegales, que ha creado un enorme poder financiero fuera de los circuitos establecidos de control civilizado. Pero aun dejando de lado los casos extremos del terrorismo y el tráfico de estupefacientes, lo cierto es que el incremento de los movimientos internacionales de personas, bienes y dinero ha significado un creciente volumen de actividad que escapa de la regulación de los estados nacionales. No hemos logrado crear algún mecanismo de autoridad internacional que establezca un marco legal obligatorio para esa actividad y evite los abusos, aunque se puede señalar que, con los tribunales de La Haya o con la experiencia de la Unión Europea, se han dado pasos positivos en esa dirección. Quizá una de las líneas de acción cuya necesidad queda más claramente de manifiesto con los recientes acontecimientos sea la de construir sobre bases realistas estructuras gubernamentales internacionales dotadas de autoridad y los medios para hacerla cumplir.

En ausencia de tal autoridad internacional, el vacío es hasta cierto punto llenado, con mayor o menor violencia, por los estados hegemónicos: Gran Bretaña en el siglo XIX, la Unión Soviética y los Estados Unidos en el mundo bipolar de la postguerra, y ahora el último como única potencia imperial. Esta situación no es buena para nadie, ni siquiera para el país que ejerce la hegemonía. Reproduce, en un plano infinitamente más complejo, sangrientas rivalidades tribales que solo se logran apaciguar cuando el cacique más poderoso se impone por la violencia (hasta que llega otro más violento y audaz que lo defenestra). Buena parte de la humanidad logró superar esa etapa en el ámbito nacional con la implantación de estados de derecho y formas legisladas, sobre todo democráticas, de gobierno. Parece necesario extrapolar el proceso al plano internacional. Posiblemente la línea de acción señalada en el párrafo anterior, que conduciría a importantes innovaciones en las relaciones entre los estados y en el derecho internacional, constituya el objetivo más importante de la política internacional de las próximas décadas.

Pero mientras tanto la gente y los gobiernos se preguntan cómo reaccionar ante el horror del terrorismo. El camino que, inevitablemente al parecer, están tomando los Estados Unidos, es el de asimilar la situación a la provocada por el ataque japonés a Pearl Harbor y considerar que el país está en guerra. El concepto, sin embargo, no es aplicable, porque la doctrina y la praxis aceptadas de la guerra se refieren a enfrentamientos armados entre estados y sus gobiernos. Mal se adaptan a otros casos, como la subversión interna o el terrorismo internacional, en los que conducen a errores de muy penosas consecuencias, de los que hay abundantes ejemplos recientes. Existe el riesgo serio de que los Estados Unidos caigan en esta trampa conceptual y política.

Existe también el no menos serio riesgo de la extrema polarización: concebir el conflicto como un choque de la civilización contra la barbarie, encarnadas respectivamente en las democracias capitalistas occidentales y el Islam –si se mira desde Occidente y viceversa para la visión musulmana– (aceptando, como parece probable en el momento en que se escriben estas líneas, que los terroristas hayan sido musulmanes). Sería una triste paradoja que la sociedad norteamericana, una de las que más logró avanzar en la aceptación del pluralismo y la tolerancia en el orden interno, bajo la presión de estas trágicas circunstancias no pueda guiarse por los mismos principios en el orden internacional. Lo que se omite advertir con la polarización son los elementos de barbarie en la cultura propia y los de civilización en la ajena. La cultura occidental no se agota en sus patologías sociales, ni en su frívolo consumismo, ni en los vicios del régimen capitalista, pero no está exenta de estas lacras. El Islam no es simplemente sinónimo de terrorismo, ni de fanática intolerancia, pero los incluye. Que integrantes de la CIA o de las fuerzas especiales que actuaron en Vietnam hayan cometido crímenes, o que los terroristas del 11 de septiembre hayan sido musulmanes, no autorizan a deducir que el pueblo norteamericano es criminal, ni que la musulmana es una sociedad de terroristas. Las monstruosidades y los errores de las partes no justifican el terrorismo, ni justifican el desconocimiento de méritos distintos de los propios. Si bien podríamos concluir que estamos viendo materializarse el choque de las civilizaciones presagiado por Samuel Huntington, posiblemente no sea esa la buena conclusión, como este mismo lo hizo saber. En todo caso, el riesgo es que entren en conflicto las facetas bárbaras de Occidente y el Islam, en detrimento de sus facetas civilizadas. Pero ello no es inevitable. El camino es el diálogo de las culturas y la tolerancia internacional.

Pero también la justicia internacional. La sociedad civilizada de naciones no puede admitir el terrorismo que se abatió sobre Nueva York y Washington. Tampoco la intolerancia, la discriminación o el dominio del más fuerte o el más violento. Se ha hablado muchas veces y con distintas intenciones de un nuevo orden internacional. El reciente terrorismo no parece dejarnos abierta otra alternativa que la de ponernos a construirlo.

EL ESCUDO DE AQUILES (1955)
WH Auden (1907-1973) - Traducción Miguel de Asúa
Ella miró buscando por sobre su hombro
Viñas y olivos,
Bien gobernadas ciudades de mármol
Y barcos sobre mares indómitos,
Pero allí sobre el metal brillante
Sus manos habían puesto en cambio
Un yermo artificial
Y un cielo de plomo.

Una planicie sin nada distintivo, desnuda y marrón,
Ninguna hoja de hierba, ningún signo de vecindad,
Nada para comer y ningún lugar donde sentarse,
Y aún, congregada sobre esa monotonía,
Se erguía una ininteligible multitud,
Un millón de ojos, un millón de botas en fila,
Sin expresión, esperando un signo.

Desde el aire una voz sin rostro
Demostraba estadísticamente que cierta causa era justa
En tonos tan secos y planos como el lugar:
Nadie se entusiasmaba y nada se discutía;
Columna tras columna en una nube de humo
Ellos se alejaron marchando, sobrellevando una convicción
Cuya lógica los llenó de pesadumbre, en alguna otra parte.

Ella miró buscando por sobre su hombro
Rituales piadosos,
Bueyes enguirnaldados de blancas flores,
Libación y sacrificio,
Pero allí sobre el metal brillante
Donde debía haber estado el altar,
Vio la luz vacilante de la forja
Una muy otra escena.

Alambre de púas cercaba un lugar cualquiera
Donde aburridos oficiales holgazaneaban (uno de ellos hizo una broma)
Y los centinelas sudaban pues el día era caluroso:
Un grupo de buena gente común
Miraba desde afuera sin moverse ni hablar
Mientras tres pálidas figuras eran conducidas y atadas
A tres postes erigidos en la tierra.

La masa y la majestad de este mundo, todo
Lo que es de peso y siempre pesa lo mismo
Estaba en manos de otros; ellos eran pequeños
Y no podían esperar ayuda y ninguna ayuda llegó:
Lo que sus enemigos querían hacer se hizo, su vergüenza
Fue todo lo que el peor podría desear; perdieron su orgullo
Y murieron en tanto hombres antes que sus cuerpos murieran.

Ella miró buscando por sobre su hombro
Los atletas en sus juegos,
Hombres y mujeres danzando
Moviendo sus dulces miembros
Veloces, veloces, según la música,
Pero allí en el escudo brillante,
Sus manos no habían puesto un piso de baile
Sino una campo asfixiado de cizaña.

Un andrajoso chiquilín, perdido y solo,
Vagaba sobre ese baldío, un pájaro
Voló escapando de su piedra certera.
Que haya jóvenes violadas, que dos chicos apuñalen a un tercero,
Eran axiomas para él, que nunca había oído hablar
De un mundo donde las promesas son cumplidas,
O uno puede llorar porque el otro llora.

El forjador de armas de apretados labios,
Hefesto, se alejó cojeando,
Tetis la de los pechos brillantes
Clamó su desaliento
Por lo que el dios había forjado
Para agradar a su hijo, el fuerte
Matador de hombres, Aquiles, el de corazón de hierro
Quien no habría de vivir mucho más.

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Quienes deseen leer la versión original, The Shield of Achilles, pueden
buscarla en el sitio de la Academy of American Poets, <www.poets.org>.

 

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