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Volumen
11 - Nº 64 Agosto/septiembre 2001
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Todas las lunas, la Luna
Una disquisición sobre sus fases
y otros fenómenos
Horacio Tignanelli
Facultad de Ciencias Astronómicas y Geofísicas, UNLP
Desde diferentes lugares de la Tierra, ¿se ve la Luna de la misma forma? Observadores ubicados en hemisferios diferentes de la Tierra, ¿ven la misma fase lunar? ¿Por qué no hay un eclipse de Sol cada Luna nueva y uno de Luna cada Luna llena?
Aunque la astronomía sorprenda de manera permanente con descubrimientos de objetos peculiares y con la construcción de elaboradas teorías que dan cuenta de fenómenos cósmicos complejos y lejanos en el espacio y el tiempo, la simple observación continúa siendo la base de su sistema conceptual y, tal vez, una de sus facetas más seductoras. Esta nota se refiere principalmente a la Luna y sus fases. Se propone explicar por qué las últimas se producen y cómo se ve la Luna en distintos momentos de su ciclo y desde distintos lugares de la Tierra. Vale la pena resaltar, de cualquier forma, que para comprender un fenómeno astronómico conviene, ante todo, mirar el cielo y, después, recurrir a las explicaciones que proporciona la astronomía, para contrastarlas con lo que se pudo observar. Este proceso es particularmente atractivo aplicado a la Luna, por lo sencillo que resulta observarla. Solo se requiere un poco de paciencia y constancia.
Si dejamos de lado el Sol, la Luna es el más llamativo de los cuerpos visibles en el cielo y el único visitado hasta el momento por seres humanos. Es de naturaleza planetaria y se distingue, entre otras cosas, por ser el único satélite natural de la Tierra, ubicado a algo menos de 385.000km de la superficie de esta. La Luna ha sido contemplada y analizada desde la más remota antigüedad, como lo atestiguan múltiples y variados registros históricos, que dan cuenta de los cambios de forma que acompañan sus movimientos aparentes. Entre tales movimientos se desatacan tres que suceden de forma simultánea: gira en órbita alrededor de nuestro planeta, rota sobre su eje y se traslada alrededor del Sol en compañía de la Tierra. Completa un giro en torno a ésta y una rotación sobre sí misma en prácticamente el mismo tiempo, coincidencia que no es casual y se explica por ciertas características de la atracción gravitatoria de la Tierra, en particular por la acción de las mareas. Una consecuencia de lo anterior es que, desde la Tierra, siempre se vea la misma cara de la Luna. O, por lo menos, casi la misma cara, ya que nuestro satélite experimenta unas ligeras pero continuas oscilaciones con relación a nosotros, como si fueran leves inclinaciones de cabeza, que descubrió Galileo en el siglo XVII y se denominan libraciones lunares. Es así que un 41% de la superficie de la Luna está siempre visible desde la Tierra, un 18% a veces se ve y a veces no y el restante 41% no se ve nunca. De hecho, la humanidad solo pudo saber cómo es ese invisible 41%, o ‘el otro lado de la Luna’, cuando logró fotografiarlo desde naves espaciales, en la década de 1960.
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