Volumen 10 Nº 59
Octubre-Noviembre 2000

Piguem nonraltá o Campo del Cielo
Meteoritos en el monte chaqueño

J. Fernández Niello y R.G. Liberman
Departamento de Física, CNEA

 

Estos incansables viajeros del sistema solar encuentran, ocasionalmente, reposo en nuestra Tierra. Los meteoritos adquieren un interés científico cada vez mayor a medida que se perfeccionan las técnicas de investigación destinadas a develar la preciosa información en ellos contenida. Más allá de este interés, tan propio de nuestro tiempo, se llega a sentir, ante ellos, un asombro reverente, tal vez no demasiado distante de aquel que pudo llevar a su sacralización en épocas remota.

En el límite entre las provincias de Chaco y Santiago del Estero, en una región situada a 27°39’ de latitud Sur y 61°44’ de longitud Oeste, existe una zona conocida como Campo del Cielo, nombre que alude a la presencia, desde tiempos remotos, de enormes trozos de meteorito. En realidad, esta denominación traduce la expresión piguem nonraltá utilizada por los aborígenes que veneraban el lugar. Si bien estos fragmentos de meteorito podrían considerarse como una curiosidad local, el conocimiento de su historia trasciende el campo regional para convertirse en una cuestión de interés astrofísico, dado que son piezas de laboratorio valiosísimas para brindar información acerca de la historia del sistema solar mismo.

 

 

Los meteoritos representan una de las tantas formas de material extraterrestre que se deposita constantemente sobre la superficie de la Tierra y que en el curso de un año puede llegar a una masa estimada de entre 50.000 y 200.000 toneladas, incluyendo polvo cósmico. Sus orígenes se remontan a la creación de nuestro sistema planetario, formado hace unos 4500 millones de años a partir de la nebulosa solar. En la figura 1 se esquematiza la evolución histórica de un meteorito. La formación de los elementos químicos en el interior de las estrellas se produjo mediante diferentes procesos nucleares, a altas temperaturas y presiones. Luego de estos procesos estelares de nucleosíntesis, la materia alcanzó el espacio interestelar, donde, por colapso gravitatorio, se formó una nebulosa solar. Posteriormente, gas y polvo se condensaron y amalgamaron en grandes pedazos, los llamados planetesimales, que fueron chocando e interactuando entre sí dando, lentamente, forma a grandes cuerpos a partir de los cuales se desarrollaron finalmente los planetas. Sin embargo, un remanente de los planetesimales de diferente composición permaneció en el espacio interplanetario. Dos grupos de cuerpos de esa materia solar primitiva giran aún hoy alrededor del Sol: los cometas y los asteroides.

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