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Volumen
10 Nº 59
Octubre-Noviembre 2000 |
Cualquier lector atento de la prensa cotidiana habrá podido advertir el contraste entre dos noticias que se difundieron en las últimas semanas. La primera es que el ministerio de Ciencia y Tecnología del Brasil anunció que su presupuesto para 2001 aumentaría en un 47,6% con relación a 2000, y que el año próximo dicho presupuesto será el mayor de la historia de ese país. La segunda es que el poder Ejecutivo argentino envió al Congreso el proyecto de presupuesto nacional para 2001, con una asignación para ciencia y tecnología similar a la correspondiente a 2000, que, a su vez, había sido reducida respecto de la de 1999. En notable contraposición con el caso brasileño, es posible que sea el menor presupuesto de la historia reciente de este país. Da qué pensar.
Casi al mismo tiempo que las noticias anteriores, se difundió otra
de la que este número de Ciencia Hoy se ocupa en la sección
Ciencia en el mundo, colocada en seguida del presente editorial. Se trata
de los resultados de un esfuerzo cooperativo realizado por cerca de 200
investigadores que trabajan en 35 laboratorios científicos del estado
de São Paulo. Fue esencialmente financiado por la Fundação
de Amparo à Pesquisa de dicho estado y reveló en todo detalle
la estructura genética (o dicho de manera más técnica,
el secuenciamiento del genoma) de la bacteria Xylella fastidiosa, que, infectándolas,
hace estragos en las importantes plantaciones paulinas de cítricos.
Un prestigioso semanario de lengua inglesa escribió que, de ahora
en más, la contribución del Brasil a la cultura universal,
además de café, fútbol y samba, incluiría a
la investigación científica. No exageró.
De la lectura de los dos párrafos anteriores se puede concluir que
los dirigentes de la sociedad brasileña se han puesto de acuerdo
en dos cosas que no parece integrar el universo de las preocupaciones de
sus pares de la Argentina. La primera es que hoy los países de menor
desarrollo relativo (como la Argentina, el Brasil o la India) pueden hacer
aportes de primera magnitud al empeño internacional de creación
de conocimiento. La segunda, corolario inevitable de la anterior, es que
resulta importante (además de socialmente rentable) hacer esfuerzos
de magnitud -es decir, asignar recursos financieros y humanos- para promover
la actividad científica. ¿Qué llevó a que en
la Argentina no se llegue en estos momentos a las mismas conclusiones?
Entre aproximadamente 1920 y 1950, por iniciativas individuales, se establecieron
en el país algunos grupos de investigación de alta calidad.
El activo proselitismo de sus fundadores en favor de la ciencia dio lugar
a la creación, poco antes de 1960, de instituciones de financiación
de esta, como el CONICET, y a la modernización de las universidades
públicas por la institución del profesor investigador con
dedicación exclusiva. La investigación se convirtió
así en una opción profesional ávidamente aceptada por
algunos jóvenes graduados, lo que dio lugar a que en el país
se formara una pequeña comunidad científica. En ella prevalecía
la convicción -compartida por otros grupos sociales- de que la ciencia,
sobre todo por su capacidad de transformar todos los niveles de la educación,
contribuiría a modernizar la Argentina, y que el país, en
poco tiempo, formaría parte del mundo desarrollado.
Como se advierte, la ciencia profesional nació impulsada por una
visión coherente del cometido de la investigación en la sociedad.
En las décadas del sesenta y comienzos del setenta, en muchos círculos
ella fue sustituida por otra, igualmente coherente, vinculada con el pensamiento
político desarrollista y con las ideas de la izquierda nacional.
En esos círculos se veía a la ciencia como la base de una
tecnología vernácula que permitiese disminuir la dependencia
externa. Ciencia Hoy no abre juicio acerca de si estas visiones fueron acertadas
en su época. Pero la evolución del mundo y la de la propia
ciencia (así como la de la tecnología) han dejado atrás
esos programa de acción científica y colocado a sus defensores
ante el dilema de cambiar de enfoque o proclamar la imposibilidad de hacer
ciencia de avanzada en el país. Ciertas instituciones en las que
tales ideas tuvieron alguna relevancia enfrentan igual dilema, que incluso
amenaza su misma existencia. ¿Qué los llevó a esa situación?
Las expectativas optimistas contenidas en ambas visiones no se concretaron.
Por razones complejas que no es del caso discutir aquí, en vez de
integrarse al mundo desarrollado o de emprender un camino autónomo,
la sociedad argentina avanzó hacia la intolerancia y el autoritarismo,
que culminaron en la violación de los derechos cívicos y de
las instituciones democráticas, en el deterioro del sentido de la
justicia, la hiperinflación y la corrupción. Fuera de círculos
reducidos, la ciencia dejó de ser considerada una actividad socialmente
relevante. Y cuando se produjo una reacción, centrada en la instauración
de nuevas reglas económicas, la investigación quedó
fuera del campo de interés de los dirigentes. Hoy la sociedad argentina,
incluidos los investigadores tomados colectivamente, no tienen en claro
hacia dónde debe ir la ciencia local. Tanto el gobierno como la oposición
hablan de modernización y de inserción del país en
la economía global, pero aunque declamen la importancia de la ciencia,
no logran definir concretamente qué funciones tendría la investigación
en un país que busca incorporarse a esa economía global.
El caso del genoma de la X. fastidiosa es aleccionador porque indica, precisamente,
hacia dónde puede ir la ciencia en lugares como la Argentina. Contiene
una nueva y moderna visión coherente del cometido de la investigación
en la sociedad. De la misma manera que hoy los caminos más atractivos
de progreso económico son los que conducen a encontrar formas de
competir con productos innovadores y de alto valor agregado en los mercados
internacionales -cosa que ya están haciendo diversos países-,
el desafío científico es encontrar nichos especializados en
los que la ciencia local tendría ventajas comparativas y podría
competir con éxito en el concierto internacional de generación
de conocimiento. Muchos investigadores argentinos actúan de esa manera,
pero lo hacen en forma individual, trabajando aquí o en el extranjero.
São Paulo acaba de demostrar que se puede hacer en forma organizada
y colectiva. Ya lo había hecho antes la India, particularmente en
áreas como las ciencias de la computación y conexas, que este
año generarían para ese país exportaciones del orden
de los 4000 millones de dólares, producidos por unas 800 empresas
especializadas sobre todo en software y concentradas fuertemente en torno
a la ciudad de Bangalore, en el sureño estado de Karnataka.
El contraste de la situación argentina con los casos brasileño e indio podría ser un buen estímulo y una luz orientadora del próximo debate legislativo sobre la promoción oficial de la ciencia. Invitamos a quienes intervengan en tal debate a destinarle una seria reflexión. Invitamos también a la comunidad científica a que se ponga en movimiento en esa dirección, porque la sociedad no lo hará si ella misma no encabeza la marcha. Los dilemas en que muchos creen encontrarse se pueden superar. La ciencia argentina podría tener un futuro brillante. Solo hay que empezar a construirlo.
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